El aire todavía olía a humo y a hierro cuando Leila terminó el hechizo. Habían aparecido lejos del templo, en lo profundo de un valle donde las montañas parecían cuchillas apuntando al cielo. El suelo estaba quemado, cubierto de cenizas viejas que susurraban con cada paso. Kristal observó a la bruja: su piel había perdido color, sus venas se marcaban bajo la carne, y su respiración era irregular. El conjuro la estaba consumiendo. —¿Qué demonios hiciste, Leila? —gruñó Kristal, cruzándose de brazos sin perder esa mirada de adolescente molesta. Leila apenas sonrió, con los labios partidos. —Lo único que podía salvarnos. Azrael nos hubiera destruido ahí mismo, no estamos lista para enfrentarlo. Kristal chasqueó la lengua, caminando alrededor de ella como un depredador que examina su presa

