El antiguo templo del pueblo se erguía como una ruina sagrada, un testigo olvidado del tiempo. Las piedras agrietadas estaban cubiertas de musgo, y los vitrales rotos dejaban entrar jirones de luz pálida que teñían las paredes de colores moribundos. Allí donde antes se escuchaban rezos y cánticos, ahora reinaba un silencio sofocante, quebrado solo por el silbido del viento colándose entre las grietas.
En medio de aquel lugar profanado, una larga mesa se alzaba cubierta de manjares. Carnes humeantes, frutas rebosantes, copas de vino espeso como sangre. A la cabecera, Kristal devoraba con calma, cada bocado una declaración de poder. Sus labios brillaban teñidos de rojo, su mirada oscura recorría las sombras como si todo le perteneciera.
A unos metros, envuelta en túnicas negras desgastadas por el tiempo, estaba Leila, la bruja más antigua de las tierras. Su cuerpo parecía frágil, pero en sus ojos amarillentos ardía un fuego que ni la edad ni las persecuciones habían logrado apagar. Había sobrevivido a cazadores, hogueras y maldiciones. Y aunque Kristal la había convocado como aliada, no dejaba de mirarla con desdén.
—¿Qué miras, vieja inútil? —soltó Kristal, dejando caer un hueso roído sobre la mesa con un golpe seco—. ¿Acaso dudas de mi poder?
Leila frunció los labios, pero no apartó la mirada.
—Dudo de tu control. Los lobos son fieros, los vampiros astutos. No basta con un banquete y palabras de venganza. Necesitarás algo más que rabia.
Kristal se inclinó hacia adelante, sus uñas largas arañando el mantel bordado hasta rasgarlo.
—Cállate. No necesito sermones. Yo soy la reina que va a unir a los brujos y arrasar con lobos y vampiros por igual. Tú solo estás aquí porque tus años te hacen útil… por ahora.
Leila soportó la rudeza en silencio, aunque su voz salió afilada como un cuchillo:
—¿Y por eso mataste a Dorian?......te estas volviendo descuidada…debemos ser astutas...
El aire del templo se volvió pesado. El nombre resonó como un eco en las paredes rotas. Kristal dejó la copa de vino a un lado y sonrió con frialdad.
—Dorian era un débil. —Su tono destilaba desprecio—. Un cobarde que jamás hubiera tenido el valor de enfrentarse a Zar. Habría mendigado su perdón en lugar de luchar. No necesitaba un lastre a mi lado.
Leila entrecerró los ojos, su voz cargada de reproche.
—Dorian tenía algo de poder. Podrías haberlo usado un poco más. Te hubiera servido en lo que planeas.
Kristal golpeó la mesa con ambas manos, haciendo vibrar las copas.
—¡No! —rugió—. No lo necesitaba. Necesito aliados que sangren por mi causa. Y si no lo entiendes, tal vez seas tú la próxima en unirte a Dorian bajo tierra.
El silencio volvió a pesar. Leila respiró hondo, asimilando la amenaza, pero no retrocedió. Sabía que la ambición de Kristal no tenía límites, y esa misma ambición podía destruirla o coronarla.
Un trueno retumbó en la distancia, como si el cielo mismo hubiera escuchado el juramento de sangre. Las velas temblaron, proyectando sombras grotescas en las paredes del templo.
Y entonces, una voz grave interrumpió la tensión.
—Interesante… muy interesante.
Ambas giraron la cabeza al mismo tiempo. Entre los escombros de la entrada del templo, con la luz de la luna recortando su silueta, apareció Azrael, el rey vampiro. Sus ojos rojos brillaban con un resplandor letal, su porte dominaba el lugar con una frialdad que congelaba el aire.
Caminó lentamente, el eco de sus pasos resonando como un presagio.
—Kristal —dijo con una sonrisa torcida, divertida—. Creo que deberíamos
hablar de esos planes que tienes para destruirme.
El aire se volvió helado. Las sombras del templo parecieron inclinarse hacia él, como si reconocieran a un verdadero depredador.
Kristal apretó la copa con tanta fuerza que el cristal estalló en su mano, y una gota de sangre cayó sobre el mantel.
—Azrael…por un momento pense que tu figura era una leyenda —murmuró, con la voz cargada de furia contenida—. No deberías estar aquí.
Él rió suavemente, un sonido grave y cruel que llenó cada rincón del templo.
—Oh, claro que sí. Este es exactamente el lugar donde debo estar.
Y el templo entero contuvo la respiración, sabiendo que lo que estaba por suceder podría cambiar el destino de todos.
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Azrael dio unos pasos hacia la mesa.
Sus botas resonaban en las piedras antiguas como si cada movimiento marcara un destino ineludible. Los ojos rojos del vampiro brillaban con esa mezcla de calma y amenaza que solo él sabía conjugar.
Kristal lo miraba desafiante, aún con los dedos manchados de sangre por el cristal roto. La bruja Leila, en cambio, dio un pequeño paso hacia atrás, como si supiera que el peligro que los rodeaba no era de este mundo, sino de un poder mucho más viejo.
—No necesito presentaciones —dijo Azrael, su voz baja, profunda—. Tú sabes quién soy. Y yo sé lo que quieres, Kristal.
—¿Ah, sí? —respondió la loba con una sonrisa torcida, ladeando la cabeza—. Entonces dime, ¿qué es lo que quiero?
Azrael dejó escapar una leve risa, grave, que heló el aire.
—Quieres poder. Quieres ver a Zar arrodillado, a Elara muerta, a tu nombre resonando en todas las manadas como la loba que destruyó a su propio rey. Quieres que la historia te recuerde como algo más que una sombra despechada.
Kristal apretó la mandíbula, pero sus ojos centellearon. Era verdad, y él lo sabía.
—Podría ayudarte a conseguirlo —continuó Azrael, acercándose lentamente—. Podría darte un ejército de vampiros, brujos y espectros de la noche. Juntos podríamos arrasar con las manadas y domar a los rebeldes que aún me desafían. Solo necesito una cosa de ti… obediencia.
Kristal se puso de pie, la silla rechinó contra el suelo de piedra.
—¿Obediencia? —escupió la palabra con rabia—. Yo no obedezco a nadie. Ni a Zar, ni a Elara, ni mucho menos a un vampiro que cree que puede usarme como una marioneta....mirame....todos me creen muerta y yo en cambio los engañe a todos.
Azrael arqueó una ceja, su sonrisa nunca se borró.
—Ten cuidado, loba. Muchos antes que tú me desafiaron y ahora descansan bajo tierra. Tu orgullo puede ser tu perdición.
Kristal avanzó, quedando frente a él, a un suspiro de distancia.
—Por ahora prefiero no servirte, Azrael.
La tensión chisporroteaba en el aire. Azrael la observó en silencio unos segundos, hasta que su mirada cambió: de la diversión al hambre. En un instante, su mano se alzó y atrapó la barbilla de Kristal con fuerza, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Podrías ser Reina —susurró, su voz un veneno que rozaba lo tentador—. Reina de la oscuridad junto a mí. Lo tienes en la sangre… lo huelo.
Kristal le escupió en el rostro.
—tal vez no necesito un Rey
El aire explotó con energía cuando Leila, que hasta entonces había guardado silencio, levantó ambas manos y recitó un hechizo en una lengua olvidada. Sus ojos se encendieron de un amarillo brillante, las paredes del templo vibraron, y un círculo de fuego azul comenzó a rodearlas a ella y a Kristal.
—¡Vieja insensata! —gruñó Azrael, retrocediendo un paso cuando las llamas crecieron—. ¡No te atrevas!
Leila ignoró el rugido, su voz se hizo más fuerte, desgarrando el aire.
—No somos tus piezas, Azrael. ¡No hoy!
El vampiro estiró la mano, intentando atravesar el círculo, pero una chispa lo hizo retroceder con un siseo, como si hubiese tocado fuego sagrado. Sus ojos se llenaron de odio puro.
Kristal, aún aturdida, giró hacia Leila.
—¿Qué estás haciendo?
—Salvándote, aunque no lo merezcas —escupió la bruja, la voz firme pese al esfuerzo—.
En un destello cegador, el fuego azul las envolvió. El suelo tembló, el aire se quebró en un trueno seco, y en un abrir y cerrar de ojos, Kristal y Leila desaparecieron.
Azrael quedó solo en el templo, las sombras inclinándose hacia él como súbditos temerosos. Su respiración era lenta, peligrosa.
—Huirán —murmuró, limpiándose el rostro con el dorso de la mano donde aún brillaba la saliva de Kristal—. Pero no por mucho tiempo.
Y con una carcajada grave que hizo vibrar los cimientos del templo, el rey vampiro juró que la cacería apenas comenzaba.