Elara pasó el día entre las paredes cálidas de la casa que alguna vez fue suya y el territorio controlado por la manada del Sur. Aunque su primo Daniel la cuidaba y la protegía, sentía el peso de todas las miradas. Los lobos, incluso los jóvenes, la miraban con desconfianza; los niños se alejaban de ella, dejando espacio, murmurando entre ellos. El rumor de que trabajaba para los vampiros, que había traicionado a su propia manada, se había diseminado como fuego seco.
Notó cómo las lobas bajaban la mirada al notarla y cómo tomaban las manos de sus pequeños con fuerza; todo estaba bastante mal allí. No sabía cuánto tiempo la tolerarían.
Aun así, nadie le faltaba el respeto frente a Daniel. Ese era el único lazo que mantenía a raya la hostilidad. Pero la sensación de soledad la acompañaba, y cada paso que daba entre los árboles parecía recordarle que estaba observada.
Decidió caminar. Necesitaba aire, y el bosque le ofrecía el único lugar donde podía pensar sin sentir que las palabras de los demás la atravesaban como cuchillos. Mientras avanzaba entre sombras y troncos, el viento susurraba entre las hojas, y un escalofrío recorrió su espalda.
Algo estaba allí. No podía verlo, pero lo sentía: una presencia potente, fría, que hacía que su pelaje se erizara. Los ojos de Elara cambiaron de color, reflejando una luz intensa, instintiva, alertando a cualquier intruso.
Y entonces apareció. De pie, entre los troncos, silencioso y dominante: Zar Stone, su Alfa.
—Elara —dijo, con la voz grave, retumbando entre los árboles—.
Ella se detuvo, sus colmillos apenas visibles, su mirada fija en él.
—Zar… —dijo con un hilo de voz—. No te acerques.
—¿No te acerques? —repitió él, dando un paso más—. ¿Así me hablas después de lo que pasó? Después de que todos piensan que… —su voz se quebró— no puedo creerlo… la futura luna de la manada… eres mi pareja.
Elara lo miró, con el rostro duro, pero con el corazón latiendo salvajemente.
—No trabajo para ellos, Zar. Nunca lo hice —su voz se elevó, cargada de rabia contenida—. Y no voy a dejar que los rumores decidan quién soy. Es cierto que los ayudé, pero fue porque los míos me fallaron. Eso está claro.
—¿RUMORES? —rugió él, los músculos tensos, la mandíbula apretada—. ¡No son rumores! ¡La manada entera sabe que traicionaste a los tuyos! ¡Que me traicionaste a mí! … ¿Acaso viniste a esconderte aquí? ¿Cuál es tu relación con Azrael?
—No tienes vergüenza, lobo estúpido —dijo ella, acercándose un paso, los ojos brillando como fuego bajo la sombra de los árboles—. Mírame a los ojos y verás que no hay traición, pero sí verás venganza.
Zar la miró fijamente, y por un momento el mundo se silenció. Todo su poder, su furia, su miedo… todo estaba contenido en ese instante, frente a frente con la loba que lo había marcado como nadie más podía.
—No sé qué pensar, Elara —dijo finalmente, la voz más baja, cargada de confusión y rabia—. Lo que hiciste… tu silencio… no sé si debo matarte o protegerte.
Elara jamás pensó lo que sucedería después. El mismo Zar la rodeó con sus manos de manera salvaje y pegó su cuerpo al suyo, tomando su boca con urgencia. Ambos cuerpos ardían, y evidentemente se entendían muy bien.
El Alfa no la soltaba; solo lo hizo un poco para hablar.
—No vine a atacarte —dijo él, respirando hondo—. Vine a preguntarte. ¿Por qué estás con ellos? ¿Por qué me haces esto?
—Porque me llevaron, Zar. Me secuestraron. Me quisieron moldear, convertir en alguien que no soy. Y sobreviví —dijo ella con voz firme—. Eso es todo lo que necesitas saber.
El Alfa la observó, y por primera vez desde que se encontraron, la furia se mezcló con un dejo de comprensión.
—No puedo confiar en ti todavía —susurró—. Pero… tampoco puedo dejar de amarte, así que mi solución es fácil: vendrás conmigo a mi manada, a nuestra manada.
—No… yo no puedo… no estoy de acuerdo… —la mirada del lobo se endureció aún más, volviéndose de un amarillo intenso que seducía demasiado a Elara, haciéndola sentir mareada.
El Alfa, tomándola en brazos, la arrinconó suavemente contra un árbol.
—Sabes que puedo usar mi voz de mando, mi voz de Alfa… y será difícil que te niegues a eso —su voz se volvió casi un susurro—. Aun así, cerca de aquí hay dos lobos de mi manada y un brujo que puede hacerte dormir para que ni te enteres del viaje… Sabes que no quiero hacerlo… pero si me obligas, pequeña…
—No te atreverías —retó Elara, mientras sus hormonas la traicionaban, deseando al hombre que tenía delante.
La mano del Alfa se deslizó bajo su ropa, dejándola expuesta.
—Van a vernos —susurró Elara, mientras sentía la boca del Alfa tomando uno de sus pezones.
—Nadie nos verá… porque sería una sentencia de muerte —respondió él.
—Zar… por favor… me estás torturando —la voz de la loba se entrecortaba entre gemidos y reclamos, sin embargo, el lobo no podía contenerse.
—Demonios… sabes tan bien… necesitaba esto… y sé que tu también…
Los labios del lobo succionaron con fuerza, dejando pequeñas marcas en la piel de Elara; suavemente se separó de ella, acomodando su ropa.
—Esto es lo más difícil que he hecho, pero si no me detengo, te tomaré aquí y no es un lugar muy cómodo… quiero que sea en nuestra habitación… al menos esta vez…
Las mejillas de Elara se enrojecieron, sin darse cuenta. Estaba ardiendo.
—Tu manada va a matarme… piensan que soy una traidora… y en parte no lo niego.
—Mi manada tiene que saber que Kristal es la responsable de esto… pero ya está muerta, y eso es lo que cuenta. Nadie te faltará el respeto porque no lo permitiré. Punto.
—Confías demasiado en tu poder de líder… —murmuró ella.
—Además de eso… sé que estás confundida. Acabo de comprobarlo cuando te besé y sentí tu piel… todavía me reconocés como tu compañero… Esos gemidos no pueden fingirse, preciosa…
Elara miró hacia otro lado, queriendo desaparecer de la tierra, ya que era cierto lo que decía; se había sentido muy bien.