La noche se espesaba con pensamientos y sueños cargados de oscuridad y es que la verdad de a poco encontraba el camino para regresar.
Elara despertó con un sobresalto, la respiración entrecortada, los ojos abiertos como si buscaran escapar de algo invisible. Había tenido un sueño… uno tan intenso que aún le quemaba la piel.
En el sueño, ella era vampira, esposa de Azrael. Sus manos se entrelazaban con las suyas mientras él la observaba con una mezcla de poder y crueldad.
La amaba eso era de lo que no podía dudar, sus colmillos rozando su cuello la hacían sentir un animal sin control, enredándose en noches interminables.
—eres mi adicción, lo único que deseo—juraba el vampiro mientras probaba su deliciosa sangre.
Pero de pronto todo se volvía claro ,lo veía ordenar asesinatos, castigos, torturas a aquellos que se atrevían a cruzar su territorio. Y ella… ella no podía estar de acuerdo. Su corazón se retorcía con cada acto de violencia que él cometía, impotente ante la monstruosidad que había amado.
—¡No! —gritó en la penumbra de la habitación, arrancándose las sábanas de encima—. ¡No puede ser así!
Azrael estaba allí, pero en la realidad de la noche, no existía. Solo quedaba el recuerdo del terror y la impotencia, que aún la envolvía como un sudario. Su cuerpo temblaba, y la sensación de asfixia la empujó a levantarse.
Se vistió con manos temblorosas y salió al bosque, buscando el aire frío que la despertara del todo, la nieve bajo sus pies como un contacto con la realidad. Cada inhalación era un intento de calmar el eco del sueño que aún martillaba en su cabeza.
Pero la oscuridad del bosque no estaba tranquila. Entre los árboles, un aullido cargado de odio la hizo detenerse. Una loba emergió de las sombras, los ojos llenos de furia, y sin mediar palabra, la atacó.
—¡No tienes idea de con quién te metes!....no esta noche —gruñó Elara, transformándose en su forma lupina, poderosa y ágil, respondiendo a la amenaza.
La pelea fue rápida y violenta. Colmillos y garras chocaron, la nieve manchada de sangre y adrenalina. Aunque Elara logró acorralar a la loba, esta se escapó con un rugido furioso, dejando su presencia marcada solo por un olor intenso y amargo en el aire.
El golpe de la adrenalina la dejó temblando, y entonces los dolores comenzaron. Primero un punzante latido en la cabeza, después un martilleo que le atravesaba el cráneo. Los recuerdos de su manada y de su vínculo con Zar Stone comenzaron a filtrarse, fragmentos de imágenes y sensaciones mezcladas con el miedo que aún llevaba dentro.
—No… no… —susurró, tambaleándose mientras la memoria y la realidad luchaban por imponerse.
Sus piernas cedieron y cayó al suelo, la nieve absorbiendo su peso mientras se desvanecía en la oscuridad. Su último pensamiento antes de perder el conocimiento fue el aroma de su manada, el calor de pertenecer, el lazo que la unía a Zar Stone.
“Siempre voy a estar para ti” aquellas palabras que el lobo le había repetido más de una vez volvían imprimiéndose en cada uno de los latidos de su alma.
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Cuando despertó, no estaba sola. La luz era más cálida, más cercana, más segura. El bosque había quedado atrás. La sensación de peligro se había disipado, reemplazada por la presencia vigilante de alguien familiar. Lentamente, abrió los ojos y comprendió que estaba en la manada del sur, en la casa de su primo Daniel.
Elara abrió lentamente los ojos. La penumbra de la habitación era cálida, con un leve olor a madera y humo de chimenea. Tardó unos segundos en reconocer el lugar, pero cuando la puerta se abrió y la silueta de Daniel apareció, todo encajó. Estaba en la manada del Sur, en la casa de su primo.
—Al fin …aun no puedo creerlo —dijo Daniel, dejando escapar un suspiro de alivio mientras se acercaba a su lado—. Te encontré desmayada en el bosque, parecía que estabas escapando .
Elara se incorporó lentamente, con la mirada perdida.
—Quizás… o quizás no.
Daniel frunció el ceño, sentándose frente a ella.
—Parecías fuera de ti, Elara. Te vi con la loba ¿quién era?
Ella dudó. El recuerdo del sueño con Azrael, el vampiro que la había tomado como su esposa en aquella ilusión retorcida, aún le helaba la sangre. Había sido tan real… su crueldad, sus ojos fríos, la sensación de pertenecer a algo oscuro que ella jamás habría elegido. Tragó saliva.
—No lo sé...no aun. Mi cabeza en estos momentos está hecha un desastre. Tuve sueños en donde sucedian actos de crueldad, Daniel, demasiado. No podía soportar lo que hacía, lo que era. Y yo… yo también era una vampira.
Daniel la miró en silencio, sorprendido por la confesión. Luego negó con la cabeza.
—Ese maldito… sabía que estaba loco, pero jamás imaginé que se atreviera a tanto. Secuestrarte, retorcerte la mente así…debes calmarte, ahora estas a salvo y ahora puedes armar el rompecabezas con tranquilidad.
Elara apretó las sábanas con las manos temblorosas.
—Todo parecía real, Dani. Sentía el frío en mis venas, sentía el peso de ser suya… y aun así, dentro de mí, había una parte que gritaba que no pertenecía allí. Que no debía ser eso.
Él apoyó una mano sobre su hombro.
—Escuchame. Ya pasó. Estás aqui, conmigo, con los tuyos. Pero necesito saber la verdad. ¿Cómo terminaste en manos de esos vampiros? ¿Quién te hizo daño? ¿Fue Kristal? ¿Fue… el Alfa Zar?
Los ojos de Elara se nublaron de lágrimas.
—Kristal… ella fue la que me entregó. Recuerdo su voz, sus brujos, aquel collar de obsidiana que me ataba a un vacío sin fin. Y Zar… —su voz se quebró—. No sé si él lo permitió o si nunca lo supo, pero me falló. Cuando más lo necesitaba, no estuvo.
Daniel apretó la mandíbula, furioso.
—Siempre sospeché de Kristal, esa arpía. Pero jamás pensé que llegaría tan lejos. Y Zar… —se quedó en silencio unos segundos—. Si realmente sabía y no hizo nada, entonces no merece el título de Alfa.
Elara lo miró con desesperación.
—No sé cuánto tiempo estuve atrapada en ese limbo, Dani. Solo sé que lo que soñé con Azrael… me pareció un aviso. Como si fuera el reflejo de lo que intentaron hacerme.
Daniel le sostuvo la mirada, firme, decidido.
—No importa cuánto te hayan querido quebrar .Sigues siendo tú, Elara. Y ahora estás en mi territorio. Nadie más va a tocarte, te lo juro.
Ella suspiró, dejando que las lágrimas cayeran por fin.
—El peligro continua, Dani. Siento que algo de todo eso todavía me persigue. Como si las sombras no me hubieran soltado del todo.
Él se inclinó hacia ella, tomándola entre sus brazos.
—Entonces vamos a luchar juntos contra esas sombras. No voy a permitir que vuelvas a caer en manos de esos monstruos. Te dejare para que descanses....pero necesito que confíes y te quedes aquí, es una orden.
Sin más, Daniel se retiró.
Elara cerró los ojos, intentando pensar .... Y en el fondo, sabía que no podía estar tranquila, Azrael la buscaría, como así también el Rey Alfa y no tenía ni idea en quien confiar.