La manada de Zar Stone avanzaba como cuchillas negras entre los árboles, rodeando el viejo castillo donde los vampiros habían levantado su grandiosa comunidad.
—Hoy se paga la sangre de Dorian —gruñó uno de los lobos a su lado, mostrando los colmillos.
—Ningún vampiro queda vivo —respondió otro, el pelaje erizado, la respiración entrecortada por la furia contenida.
Zar alzó la mano. Su manada se detuvo. El aire estaba cargado, demasiado quieto, demasiado preparado. Los olores se entremezclaban: ceniza, hierro, humo… y algo más. Un aroma que lo atravesó como un puñal. Elara.
Su corazón se crispó. Ella no podía estar allí. Había jurado mantenerla a salvo, lejos de esa guerra. Pero el olor no mentía.
Del otro lado, los vampiros aguardaban. Habían recibido la orden de Azrael: resistir, no retroceder, no revelar al rey.
Él seria esa ventaja, esos ojos que alertarían lo que los sentidos no podían percibir.
Un silbido, una chispa. Y de pronto, el fuego estalló.
Los lobos irrumpieron con rugidos que hicieron temblar la tierra, los vampiros descendieron como sombras afiladas. El choque fue brutal. Garras contra acero, colmillos contra colmillos, la noche se tiñó de rojo.
—¡Malditos! —bramó un lobo, derribando a un vampiro contra la tierra.
—¡Perros estúpidos! —replicó otro, defendiéndose con una daga bañada en plata.
Las chispas de las armas se confundían con los gritos, con los aullidos de dolor. La sangre marcaba surcos en el barro.
Zar desgarraba y esquivaba, pero su mente estaba en otro sitio. Ese aroma. Ese perfume inconfundible de Elara, oculto, escondido. ¿La tenían los vampiros? ¿La torturaban en las entrañas de esas murallas?
—¡Basta! —rugió, deteniendo a su manada un instante mientras pateaba a un vampiro contra el muro. Su voz resonó en la batalla—. ¡Que se muestre su líder! ¡Acaso no es capaz de enfrentarnos aquel que se esconde tras las sombras!
El silencio fue brutal. Los choques se detuvieron, el fuego siguió ardiendo pero nadie atacó. Los prisioneros, de ambos bandos, gimieron bajo las ataduras improvisadas.
Los vampiros aguardaron. Ninguno se movió.
Y entonces, desde lo alto del muro, una figura emergió. No era Azrael. No era el rey que todos esperaban. Era Elara.
Sus ojos brillaban con un fulgor extraño, como si las llamas mismas hubiesen decidido vivir en ellos. Su cabello ondeaba bajo la brisa nocturna, y aunque su cuerpo temblaba por dentro, por fuera se mostraba firme, guerrera, intocable.
—¿La loba…? —susurró uno de los guerreros de Zar, con la voz quebrada.
Zar sintió que el mundo se le quebraba.
—Elara… —murmuró, con la voz desgarrada entre la furia y el miedo.
Ella levantó la barbilla, orgullosa, y habló con una voz que no parecía la suya:
—El que manda en estas tierras ya habló. Ustedes han traído la guerra a este suelo… y será este suelo el que beba su sangre si no escuchan.
Los lobos quedaron petrificados. Los vampiros inclinaron la cabeza, reverentes, porque sabían que aquella aparición no era casual. Azrael había movido su pieza más valiosa.
Zar dio un paso al frente, temblando de ira y de miedo:
—¡Suéltenla! ¡Ella no es parte de esto!
Elara lo miró fijo, con los ojos de quien guarda un secreto imposible, y respondió:
—Yo elegí estar aquí.
La noche estalló en un murmullo helado. Nada volvería a ser igual. El alfa estaba furioso, uno de los suyos en el bando enemigo y lamentablemente era ella.
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Elara avanzó un paso, con la mirada fija en Zar. Los prisioneros —lobos y vampiros— aguardaban en silencio, respirando la tensión que podía partirse en cualquier segundo.
—Libéralos, Alfa —su voz fue firme, casi un filo en la oscuridad—. Suéltalos y yo haré lo mismo con los míos.
El alfa entrecerró los ojos, incrédulo.
—¿Acaso ahora estas de su lado? —escupió las palabras como veneno—. ¿En qué momento te volviste uno de ellos? Estas confundida y no sabes quien eres…vendrás conmigo y….
Elara no retrocedió.
—No olvidé nada. Pero no pienso ir contigo a ningún lado.
Los lobos comenzaron a gruñir, inquietos. Algunos dieron un paso al frente y uno de ellos gritó desde el fondo:
—¡Traidora!
La palabra retumbó como un trueno. Otros se unieron en un murmullo hostil, hasta que la voz del alfa los cortó en seco.
—¡Silencio! —rugió Zar, y con una sola mirada los sometió. El aire se volvió denso, cargado de furia contenida.
Elara no apartó los ojos de él.
—Dime algo, Zar… —susurró con veneno—. ¿Estás tan seguro de que fueron los vampiros quienes mataron a tu beta? ¿O acaso no soportas la idea de que pudo haber sido… yo?
El alfa frunció el ceño, un destello de rabia cruzándole el rostro.
—No sabes lo que dices.
—Sé más de lo que imaginas.
Un silencio áspero los rodeó. Elara respiró hondo, y en un movimiento calculado, liberó a los lobos que mantenía bajo su control. Las cadenas cayeron con un eco metálico, y los prisioneros retrocedieron, confundidos.
Zar apretó la mandíbula, pero no podía quedarse atrás. Alzó la mano y dio la orden:
—¡Suelten a los vampiros!
El caos estalló. Cadenas cayendo, cuerpos tensos, miradas desconfiadas. Y en medio de la confusión, Elara dio un paso atrás, su silueta fundiéndose con las sombras.
—No te atrevas… —alcanzó a gruñir Zar, pero ya era tarde. Ella desapareció como un soplo en la noche, tan rápido que ni los sentidos del alfa pudieron retenerla.
—¡Elara! —rugió, y salió tras su rastro. Corrió entre árboles y piedras, oliendo el viento, pero el eco de su presencia se desvanecía, como si la misma oscuridad la protegiera.
Finalmente, los vampiros, recién liberados, se interpusieron en su camino. Sus ojos rojos brillaban en la penumbra, seguros, desafiantes.
Uno de ellos, con voz grave, habló en nombre de los demás:
—Retírate, Zar Stone. Esta no es tu noche.
El alfa se quedó inmóvil, el pecho agitado, los colmillos apenas expuestos. El sabía que había alguien más detrás de todo esto…algo oscuro…..era él que permanecia oculto.
Elara había vuelto a su vida como un regalo, y separada otra vez…gracias a sus errores del pasado.