Era tarde, la noche parecía más que oscura, guardaba un secreto. Para colmo, la fina nieve invitaba a dudar de la ferocidad de las energías.
Sobre el suelo, la sangre se amontonaba y, de a poco, cristales se volvían; no tardó mucho en hacerse el hallazgo.
Un grupo de lobos se abrió paso, rodeando el cadáver y respetando la próxima llegada de su alfa. Todos estaban seguros de algo: este sería el inicio de una batalla sangrienta.
Zar Stone se acercó examinando el entorno, y, sabiendo bien quién yacía caído ante sus ojos, cambió a su forma humana y se arrodilló delante de él, examinándolo por última vez.
—¡No veo señales de colmillos! —sus ojos permanecían fijos y aún no expresaban emoción alguna, mientras los demás lobos permanecían en su forma animal.
—Mi señor… —se animó a hablar uno de ellos—. Fueron ellos… ¿Acaso duda?
El alfa se incorporó de manera rápida y apretó sus ojos tan fuerte, casi queriendo sentir el dolor de la pérdida de uno de los suyos.
—¡¡¡SILENCIO!!! Nos lo llevaremos y daremos correcta sepultura. Dorian debe ser enterrado con todos los honores.
El pánico no tardó en aparecer. El hallazgo del cuerpo del beta Dorian no había sido muy lejos del territorio de la manada, así que las mismas hembras de la comunidad empezaron a restringir la salida de sus cachorros, aterradas por un destino similar al de quien había sido la mano derecha del alfa.
La ceremonia fue sencilla, pero cargada de odio. Por fin, los vampiros habían llegado a lo alto de la cadena de mando, y la misma manada comenzaba a ver con otros ojos a su líder, quien solía vivir ahogado en el dolor de la pérdida de su compañera; ahora eran lo único que tenían.
—Entiendo ese murmullo —comenzó diciendo el alfa—. Soy el líder de esta manada. No crean que lo olvido… solo quiero decirles que, en dos días, el reino de los vampiros será atacado, y les juro que tendremos nuestra venganza.
Los lobos aullaron al unísono, y en esa noche de luna llena fue tan ensordecedor el lamento que hasta Elara sintió en su corazón la angustia. Era un dolor que atravesaba la carne y la piel, un clamor que llamaba a la guerra.
Los ojos de Zar brillaban bajo la luz de la luna, fijos en el horizonte. Sabía que la batalla sería cruel, que no habría tregua ni piedad. Cada lobo de su manada sentía el peso de la pérdida, la rabia hirviendo en sus venas y la promesa de justicia ardiendo en sus almas.
El silencio que siguió al aullido fue breve pero intenso; hasta los árboles parecían contener la respiración. La nieve, manchada de rojo, reflejaba la determinación de los lobos, y la noche se volvió aún más oscura, como si el mundo mismo se preparara para la tormenta que se avecinaba.
Elara, de pie entre las sombras, cerró los ojos un instante y sintió que algo en su interior despertaba. No solo la tristeza; también la fuerza de la manada, la urgencia de la venganza, y una promesa silenciosa: que ninguno de ellos caería en vano.
—¿Qué sucede? —dijo Azrael a la loba mientras la veía a la intemperie, en los jardines del palacio, mientras la nieve caía copiosa.
—Ellos vienen… lo sé —respondió Elara sin dudar, manteniendo su mirada fija en los frondosos árboles—. Algo ha sucedido en la manada… ellos están… sufriendo… creo.
—Supongo que es inevitable —suspiró el vampiro—. Por suerte estás tú para prevenirnos.
—No pensé que atacarían tan rápido…
—Bueno, han perdido a su beta, es normal.
Elara observó al vampiro, sorprendida pero manteniéndose fría, una personalidad adquirida después de todo lo que le había sucedido.
Lo enfrentó sin dudas y consultó:
—¿Tú lo hiciste?
—No, cariño. No voy a decirte que me caía de mil amores, pero puedo decirte que el beta de tu manada ha caído prisionero de sus propias pasiones y oscuridades, orientadas por un camino distinto al de cualquier integrante de mi especie.
—Pero… —la loba no pudo contener la curiosidad, porque aunque la verdad no recordaba a ese lobo en particular, sí había visto a Zar, y a él sí le importaría todo esto.
—No puedo decirte más, no aun… debo estar seguro de lo que sospecho y no me gusta hablar por hablar.
Elara calló, dejando un silencio entre ambos.
Azrael tomó su mano y la besó, mirándola a los ojos, como si buscara murmullos de un pasado muy remoto pero que alguna vez los unió.
—No pueden verte… no aun… se pondra peor.
—Pensé que era tu arma secreta en todo esto.
—Eres más que solo eso… —su boca atrapó la de la loba, haciéndole sentir una electricidad nueva, una calidez que casi había olvidado.
Unas caricias que, después de tanto transcurrido, la hacían pensar en la calidez de un momento único, en las ganas de jugar un juego que era bastante peligroso.
Era cierto, aún le faltaba volver a su pasado, recordar… todo seguía siendo una nebulosa con recortes e imágenes, sumado a información que Azrael le había dado.
Porque en realidad, aún no recordaba su relación con el gran alfa Zar Stone… ¿cómo se sentiría un beso suyo? ¿Alguna vez la amó de verdad? Todo hacía indicar que no.
—¿A dónde viaja tu mente? —exclamó el vampiro, soltando sus labios y juntando su frente con la de Elara.
—Estoy… aquí —dijo ella, sin más, dejando que el silencio hablara entre ellos, mientras la nieve continuaba cayendo lentamente, como testigo silencioso de aquel instante.