Elara se adaptaba rápido a la vida en el castillo de los vampiros. El entrenamiento, rígido y constante, había comenzado como una forma de control, pero muy pronto se convirtió en necesidad. Azrael lo sabía. Ella era distinta. Y debía estar preparada.
Una mañana silenciosa, fue Azrael quien propuso un entrenamiento privado.
—Hoy entrenarás conmigo —dijo, su voz firme como una sentencia—. Quiero ver hasta dónde puedes llegar.
Elara asintió, sin palabras. Ya había aprendido a leer entre líneas: Azrael no desperdiciaba tiempo.
El lugar elegido fue un antiguo salón de piedra, con columnas altas y sin ventanas. Allí, solo la luz de antorchas parpadeantes acompañaba el sonido de sus pasos.
—Atácame —ordenó él.
Ella se lanzó. Rápida, afilada como un dardo. Él esquivó con gracia. Elara giró sobre sí misma, sus puños buscando el centro del pecho del rey vampiro, pero Azrael la atrapó por la muñeca y la arrojó con fuerza hacia una columna. El impacto fue brutal, pero Elara se levantó con una sonrisa torcida.
—No soy una flor rota, Rey Azrael.
—No —respondió él, bajando el tono de voz—. Eres una tormenta,tan impredecible......
Continuaron. Golpes, bloqueos, empujones. Ambos sudaban, respiraban con violencia, como dos bestias que danzaban entre fuego y sombras.
En un instante mal calculado, Elara se deslizó detrás de él, y sus cuerpos chocaron con fuerza. Azrael la sostuvo por la cintura para que no cayera, pero sus rostros quedaron demasiado cerca. Sus respiraciones se mezclaron, y los ojos de ella buscaron los de él, como si el pasado y el presente se fundieran en un instante de absoluta confusión.
—Tú… —murmuró ella, sin saber qué decir. Su voz se quebró por una emoción desconocida.
—No temas —dijo Azrael, apenas audible—. Aquí nadie volverá a encadenarte.
Elara no retrocedió. Sus labios se rozaron, breves, accidentales… o no tanto. Ambos se tensaron, como si el mundo dejara de girar por un segundo. Fue Azrael quien se apartó, como despertando de un trance.
—Entrenamiento terminado —dijo, dándose la vuelta—. Por hoy, es suficiente...me he prometido no cruzar ciertos límites.
Pero el calor de aquel roce quedó suspendido en el aire, latiendo entre ellos como una promesa no dicha… o una advertencia.
Elara se quedó allí, sola, con las manos temblando y el corazón latiendo desbocado. Ya no sabía qué sentía… ni por quién.
Penso que la verdad le traería claridad , pero por momentos su mente la traicionaba y la hundía en un abismo del cual era difícil retomar.
"Soy Elara" se repetía...¿Pero ahora era una nueva Elara acaso?
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El sol se filtraba débilmente por los ventanales del patio de entrenamiento, dejando un brillo dorado sobre la piedra fría. Elara giraba con precisión, esquivando un golpe y contraatacando con la rapidez de un relámpago. Su respiración era profunda, controlada; su cuerpo, afilado como una espada lista para desgarrar.
Azrael la observaba desde las sombras de una columna, inmóvil, como si estudiara cada uno de sus movimientos.
—Otra vez —ordenó con voz baja, pero cargada de autoridad.
Elara levantó la lanza y repitió la secuencia. Cada vez que se movía, había algo en la forma en que Azrael la miraba: no era simple interés… era reconocimiento.
En un instante, cuando sus miradas se cruzaron, algo en su pecho se contrajo. Una sensación extraña, como si una corriente invisible la envolviera.
Parpadeó… y el patio se desvaneció.
Estaba en otro lugar, otro tiempo. Un salón iluminado por antorchas, paredes de piedra negra, un trono tallado con símbolos que no reconocía… y ella, vestida con una armadura oscura, apoyada contra el hombro de Azrael, pero no como prisionera, sino como igual. Sus manos estaban unidas, sus rostros tan cerca que podían sentir el aliento del otro.
—Mi reina —le decía él con una voz que vibraba en sus huesos—. El mundo no nos perdonará, pero juntos lo gobernaremos.
Elara respiró hondo, regresando de golpe al presente. El entrenamiento había detenido, y Azrael estaba frente a ella, observándola con una calma inquietante.
—¿Qué viste? —preguntó él, con un leve filo en la voz.
—Nada… —murmuró ella, pero su tono traicionó el temblor que la recorría.
Azrael sonrió apenas, como si supiera más de lo que decía.
—Estás recordando. Es inevitable. Algunas almas… están destinadas a encontrarse una y otra vez.
Elara frunció el ceño.
—No hables en acertijos.
—No es un acertijo, loba. En otra vida, fuiste mía. No como prisionera, ni como enemiga. Fuiste mi compañera… mi igual.
Elara sintió que la sangre le golpeaba en los oídos.
—Mentira.
—Dime entonces —replicó Azrael, inclinándose hacia ella—, ¿por qué me miras como si siempre me hubieras conocido? ¿Por qué tus manos no tiemblan cuando me enfrentas, aunque sabes lo que soy?
Ella no respondió. La tensión era como un hilo a punto de romperse.
—Recuerda, Elara —susurró él, casi rozando su oído—. No siempre fuiste loba. No siempre fuiste suya.
Ella retrocedió un paso, respirando con fuerza, intentando apartar de su mente las imágenes que no sabía si eran recuerdos… o manipulaciones.
Azrael la dejó ir, pero su mirada prometía algo: tarde o temprano, ella seguiria recordando ,otra vida que nada tenía que ver con ésta......¿qué pretendía de ella? ¿qué era realmente lo que ella deseaba?