La noche caía pesada sobre el bosque, una luna roja emergía entre las copas de los árboles, iluminando el claro donde Dorian, el beta del Rey Zar, había decidido acampar por unas horas lejos de la presión del castillo. Había patrullado los límites del territorio durante horas, buscando rastros de amenazas o movimientos inusuales, pero todo parecía tranquilo. Aun así, su mente no encontraba paz.
El crujir de las ramas lo alertó, pero no se movió. Conocía ese aroma. Era el mismo que había sentido unas noches atrás, cuando en un encuentro fugaz y prohibido había cedido al deseo. Su corazón se agitó, y un segundo después, ella apareció desde entre los árboles.
Alta, esbelta, con una melena oscura que caía como una cortina sobre sus hombros. Sus ojos brillaban como brasas encendidas, y su sonrisa era un arma disfrazada de dulzura.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo ella, con voz melosa.
Dorian no respondió enseguida. La observó con una mezcla de deseo y advertencia.
—No deberías estar aquí.
—Y sin embargo, aquí estoy. ¿Tienes miedo de que alguien nos vea?
Se acercó sin pedir permiso, colocándole una mano en el pecho. Dorian respiró hondo, sintiendo su cercanía. Ella era peligrosa, lo sabía. Pero había algo hipnótico en ella que no podía resistir.
—Hace frío esta noche —susurró, deslizándose a su lado, envolviéndolo en su calor.
Dorian cerró los ojos por un instante.
—No puedo quedarme mucho tiempo, y no es bueno que te expongas a que te vean.
—No te estoy pidiendo que te quedes —respondíó ella con una risita—. Solo que me des lo que ambos queremos.
Las brasas de la fogata se avivaron al compás de su pasión. Entre susurros y caricias, la noche se tiñó de secretos. Cuando sus cuerpos finalmente se separaron, ella quedó recostada junto a él, jugando con un mechón de su propio cabello.
—Dime algo, Dorian...
—¿Qué?
—¿Cómo está el Rey Zar? ¿Está tan estresado como todos dicen? Debe ser difícil cargar semejante peso de tener que ser su mano derecha y la tragedia de una luna muerta a sus espaldas...
Dorian giró el rostro hacia ella, entrecerrando los ojos.
—No hables de lo que no sabes.
Ella soltó una carcajada baja.
—Ay, pero me preocupo por él, en realidad por ti. Tal vez necesite alguien que lo ayude... que lo consuele... que le recuerde que aún puede amar, debe sentirse muy solo y vulnerable.
—El Rey no ama. No desde que Elara desapareció.
—¿Y tú? ¿Tú amas, Dorian?
Él no respondió. Solo se levantó, vistiéndose con rapidez.
—Esto no debió haber pasado. No otra vez.
Ella sonrió con suficiencia, sentada entre las mantas.
—Siempre dices lo mismo, y siempre vuelves.
Dorian se detuvo un instante, sin mirar atrás.
—¿Quién eres, realmente? Ya no te reconozco, ¿sientes algo por mí?
Ella no respondió. Solo lo observó con una mirada cargada de secretos y se perdió entre la espesura del bosque, dejando atrás solo su aroma persistente...
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La atmósfera era pesada y diferente en el castillo de Zar. Las sombras se estiraban por los corredores de piedra como presagios, y el viento que golpeaba las ventanas parecía arrastrar lamentos del pasado. En su alcoba, el Rey Alpha no lograba conciliar el sueño. Las últimas noticias del pueblo humano destruido y las sospechas que se cernían sobre su pasado lo mantenían inquieto. Finalmente, vencido por el agotamiento, cerró los ojos y se dejó llevar por la oscuridad.
Pero no encontró descanso.
En el sueño, todo estaba envuelto en una neblina azulada. Zar se hallaba de pie en medio de un bosque que no reconocía, pero que sentía profundamente familiar. A lo lejos, el aullido de un lobo solitario rompía el silencio. Y entonces, emergiendo de entre los árboles, la vio.
Elara.
No era la Elara que él recordaba, era más dura y fría , una versión oscura y poderosa. Vestía ropas de batalla, el cabello alborotado por el viento, la mirada ardiente de furia contenida. Avanzó hacia él con paso firme, sin miedo.
—Estás viva —susurró Zar, con la voz quebrada.
—Más viva que nunca —respondió ella, deteniéndose a escasos pasos—. Y eso, Zar Stone, debería aterrarte.
Zar dio un paso hacia ella, pero el suelo crujió bajo sus pies como si fuera hielo a punto de romperse.
—¿Dónde estuviste? ¿Quién te hizo esto?
—¿De verdad no lo sabes? —Su tono fue cruel, irónico—. Fue tu desinterés. Tu silencio. Tu falta de acción. Me abandonaste.
—¡Te busqué! —rugió él, con los puños apretados.
—¿A quién buscabas? ¿A una luna perfecta o a la loba que no supiste proteger?
La imagen de Elara se multiplicó a su alrededor como reflejos en agua turbia. Todas lo miraban con reproche.
—Pagaron por mi silencio. Me encadenaron. Me torturaron. Mientras tú... tú te acostabas con tu luna falsa. Tú dejaste que mi nombre se olvidara.
Zar cayó de rodillas, atormentado. La niebla lo rodeaba como una prisión.
—Voy a volver —dijo Elara, agachándose frente a él—. Y me voy a vengar de todos los que lo permitieron.
Sus dedos tocaron el mentón de Zar, con ternura venenosa.
—Empieza a prepararte. Esta vez, no voy a perdonarte.
Zar despertó empapado en sudor, con el nombre de Elara en los labios y el eco de su advertencia retumbando en su mente.
No era un simple sueño. Él lo sabía.
Elara estaba viva.