El regreso al castillo fue silencioso. Elara no pronunció palabra en todo el trayecto, montada sobre uno de los corceles negros de los vampiros, flanqueada por dos guardias que la observaban más con respeto que con cautela. Azrael cabalgaba al frente, como una sombra majestuosa, envuelto en su capa larga, sin dirigirle ni una sola mirada.
Las palabras de Daniel seguían retumbando en su mente como martillazos: "Zar no movió un dedo por ti... ni siquiera buscó tu cuerpo. Se consoló con otra y ejecutó a Kristal solo por vergüenza."
No sabía si creerlo. Una parte de ella quería gritar, correr, huir. Otra... otra se sentía extrañamente comprendida por el silencio de Azrael.
Al llegar al castillo, la recibieron médicos y sirvientes. Esta vez no hubo cadenas. Fue llevada a una nueva habitación, mucho más amplia, con una vista hacia el bosque que rodeaba el castillo vampírico. La cama era cómoda, la ropa limpia y la comida caliente. Nadie le habló. Nadie le pidió nada. Era como si esperaran que ella misma iniciara el próximo movimiento.
Horas después, cuando la luna se asomaba por entre las nubes, Azrael entró en su habitación. Sin anunciarse, sin golpear.
—Estás empezando a escuchar, ¿no es así? —dijo con voz tranquila, sus ojos como brasas apagadas.
Elara lo miró sin responder.
—Has visto la verdad con tus propios ojos. Daniel no mentía del todo. Zar permitió que otros decidieran tu destino. No peleó por ti. No derramó sangre para encontrarte. ¿Es ese el lobo que merecía tu lealtad?
—No lo recuerdo... pero duele —confesó, apenas audible.
Azrael la observó en silencio por un momento.
—El corazón guarda lo que la mente intenta enterrar. A veces, el dolor es la llave de la memoria. ¿Quieres recuperarla?
Ella asintió con lentitud.
—Entonces debo mostrarte el pasado. No con palabras, sino con vivencias. El cuerpo recuerda más de lo que crees. Pero antes... necesito saber que estás dispuesta a descubrir cosas que quizás no quieras aceptar.
—Ya estoy rota. Prefiero saber la verdad que vivir en esta sombra.
Azrael se acercó a ella. Se inclinó un poco, sin tocarla.
—Eres más fuerte de lo que pareces. Mañana empezará tu entrenamiento. No como prisionera. Como invitada. Pero si te quedas... lucharás para nosotros.....es así como debe ser.
—No soy una vampira —dijo Elara, confundida.
—No. Pero tampoco pareces ya una loba.
La dejó con esas palabras, mientras la luna llena bañaba la habitación. Elara cerró los ojos y, por primera vez, no soñó con jaulas, sino con un campo abierto y una guerra por venir.
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Los entrenadores y soldados vampiros se reunieron en el patio principal. Era un día inusual. El Rey había ordenado un entrenamiento especial. Elara, la loba encontrada en ruinas, comenzaría su instrucción.
Desde la terraza superior, Azrael observaba en silencio, sus ojos rojos analizando cada movimiento. Junto a él, el general Viktor, uno de los más letales de su ejército, lo miró de reojo.
—¿Seguro que esto es una buena idea, mi Rey? —preguntó en voz baja—. Si lo que dicen de ella es cierto, no estamos entrenando a una guerrera, sino liberando a un arma inestable.
Azrael no apartó la mirada.
—Quiero ver qué tan inestable es esa arma.
En el centro del patio, Elara se mantuvo erguida. Llevaba ropa de combate ligera, el cabello atado y los ojos alertas. Casi ni había hablado desde que regresaron del encuentro con Daniel, pero sus sentidos parecían agudizados.
Viktor se acercó al centro y anunció:
—Loba, tendrás tres oponentes. No hay límites. Queremos ver qué sabes hacer.
Tres vampiros de talla mediana se acercaron. Uno con espadas gemelas, otro desarmado y el último con una lanza. La orden fue clara. El entrenamiento comenzó.
Elara no esperó. Se lanzó con una velocidad brutal hacia el de la lanza, esquivó el primer golpe y le rompió el brazo con un movimiento seco. Rodó hacia un lado, esquivando una estocada doble, y con un giro certero le dio una patada al del centro, que salió volando varios metros.
Los espectadores quedaron inmóviles. Algunos murmuraron. Otros retrocedieron instintivamente.
El tercer vampiro intentó atraparla desde atrás, pero ella se giró, hundió los dedos en su estómago y lo derribó. Su respiración se mantuvo firme.
Azrael apretó la mandíbula. Había algo salvaje en ella. Pero también técnico. No solo atacaba con fuerza, sino con estrategia. Un instinto pulido por el combate.
Viktor la observaba ahora con nuevos ojos.
—Tiene más entrenamiento del que sospechábamos...
Azrael asintió.
—Y no ha recordado nada... Aún.
Cuando Elara terminó, caminó hasta el centro del campo, cubierta de sudor pero sin una sola herida. Elevó la vista hacia la torre, sabiendo que Azrael estaba allí.
—Estoy lista para lo que venga —dijo, al fin, con voz firme.
Fue la primera vez que habló frente a ellos. Y todos, incluso los soldados más viejos, sintieron un escalofrío recorrerles la espalda.
La loba había despertado. Y la guerra acababa de cambiar.