— ¡Mateo! — Grita papá acercándose al porche donde estamos. — ¿Qué haces aquí? Estábamos esperándote dentro — Genial, papá borracho, con unos coloretes que le ocupan toda la cara.
— Escuchaba a Ale — Se disculpa Mateo, levantándose, ¡no, papa! ¿Cómo se te ocurre interrumpir algo así? Mateo se ha abierto, no mucho pero lo ha hecho.
Me despido de ellos que vuelven a meterse en casa, no he obtenido una respuesta clara pero sonrío de oreja a oreja, ¡es la primera vez que me dice cosas tan bonitas! Soy su luz, lo más bonito que tiene alrededor... ¡dios! No puedo ser más feliz.
Quizá me ha dicho que es demasiado pronto por mi edad, o por lo cercano que es con mi familia pero, ¿querrá que lo espere igualmente?
Empieza a hacer algo de frío, por lo que ya pasada la media noche yo también entro en casa. Papá y Mateo, todavía acompañados por los dos hombres, siguen con su juerga.
— Papá... — Me asomo por la puerta, interrumpiendo un momento su conversación. — Me voy a la cama ya. — En realidad no tenía por qué haberle avisado, pero ver a Mateo antes de dormir nunca puede estar mal.
— Ven aquí, cielo — Papá está más borracho de lo que creía. El hombre al que no le gusta ir nunca despeinado, ahora lo está más que nunca, además de llevar los faldones de la camisa por fuera y el traje completamente arrugado.
Me acerco con cuidado y, sobretodo, con vergüenza al notar las miradas de los cuatro fijas en mí.
— Mi niña — Arruga los ojos al mirarme — ¿sabéis que toca el piano como los ángeles? — Me agarra de la cintura, acercándome a él y mirándome orgulloso.
— Tienes una niña muy guapa — Dice uno de los hombres, el que parece más joven.
— Yo hacía al menos diez años que no la veía, ¡y ni siquiera parece la misma! — Suelta el otro, más mayor, creo que son padre e hijo.
— Cuidado con Alejandra, ¡eh! — Bromea Mateo poniéndome su mano en el hombro, alzo los ojos para observar a ese perfecto hombre — Se mira pero no se toca... bueno, y tampoco hace falta que se mire.
Todos estallan en carcajadas, supongo que éste es el efecto del alcohol. Están de lo más graciosos, rojos como un tomate, descuidados, y al hombre mayor hasta le brilla la calva del sudor.
— Tengo sueño, papá. — Le digo para poder irme ya.
— Si, cielo. Ve a descansar.
— Buenas noches — Digo en general, para que me escuchen todos, ellos también se despiden de mí y por fin puedo salir de ahí — Por cierto, Mateo. — Me dirijo al amigo de mi padre antes de irme — Mañana empezaré con los ensayos para el concurso de piano, ¿me ayudarás? Me lo prometiste...
— Si, pequeñaja. Lo prometido es deuda — Me guiña el ojo antes de darme la vuelta y salir de ahí.
Todavía siento el cosquilleo en el hombro, recordando la mano de Mateo, ¿cómo sentiría entonces un beso suyo? ¿Alguna vez existiría algo así?
Me pongo el pijama y me meto bajo las sábanas, mirando al techo y soñando despierta con él, con Mateo.
Y así, me duermo.
***
El sábado me levanto nerviosa, hoy tendré a Mateo para mí al menos unas horas, los dos a solas...
Mi móvil suena y me apresuro a descolgar, al ver la foto sonrío; es Raúl.
— ¡Hola, Ra! — Exclamo en modo de saludo.
— ¡Hola, bonita! ¿Qué planes tenemos para hoy?
— ¡Jo! No puedo... — Había olvidado a mi mejor amigo con todo este lío de Mateo, es imperdonable. — Tengo que ensayar, el concurso de piano está a la vuelta de la esquina.
— Es verdad, no me acordaba... — Noto tristeza en su voz, pobre. — Pero el domingo será para nosotros, ¿está bien?
— Claro, Ra. El domingo es nuestro. Pasaremos todo el día juntos.
— Vale, hasta mañana Ale. Ya tengo ganas de verte.
— Yo igual. Hasta mañana Raúl.
Cuelgo y me doy un baño tranquilo, con el agua prácticamente ardiendo, no soporto el agua tibia o fría. Para mí, si el agua no quema, no es un buen baño.
¡Dios! No hay nada mejor que esto, el agua cubriéndote todo el cuerpo, relajándote parte por parte...
Salgo completamente arrugada, debo llevar ahí más de media hora.
Bajo a comer, todos me esperan ya.
Mamá parece que hoy tiene tiempo libre, papá se dedicará a hacer números y cosas así, según nos ha dicho.
— ¿A qué hora te viene bien esta tarde, Mat? — Le pregunto. Pone una expresión de no saber a qué me refiero. — Ya sabes, me dijiste ayer que ensayaríamos…
— ¡Ah, claro! No recuerdo casi nada de anoche — Dice frotándose las sienes, supongo que doloridas — ¿A las cuatro?
Asiento, sin dejar de pensar en lo que acaba de decir.
¿Cómo que no se acuerda de casi nada de lo de anoche? ¿Acaso no recuerda todo lo que me dijo? Lo miro con el ceño fruncido, más vale que haga memoria… no me gustaría que olvidara todo lo que me dijo.
Me adelanto con el piano, esperando a que llegue.
A las cuatro menos un par de minutos está ahí, cierra la puerta a sus espaldas. Es raro no verlo vestido de traje, pero igual de agradable, incluso más, con su camiseta de manga larga ajustada a todo su perfecto cuerpo.
Se vacía los bolsillos primero, dejando el móvil y las llaves sobre uno de los sillones y viniendo hacia mí. Se sienta en la banqueta del piano, muy cerca de donde yo estoy.
— ¿Y bien? — Pregunta alzando las cejas — ¿Por dónde empezamos?
— Dímelo tú, me fío de tu elección.
— Bien... — Mira al techo con la barbilla apoyada en la mano, pensativo. Mientras, yo solo puedo observarlo y pensar en lo guapo que es. — ¿Qué te parece una de las estaciones de Vivaldi?
— ¿Cuál de ellas?
— A mí me gusta el invierno.
— No sé porqué no me sorprende... — Pongo los ojos en blanco, divertida.
— ¡Qué graciosa! — Sonríe él también, golpeando con suavidad su hombro con el mío, más roce que golpe.
— Oye, Mat... ¿De verdad no recuerdas nada de lo que dijiste anoche? — Ahora lo miro directamente a los ojos.
— Casi nada, Alejandra... ¿acaso tengo algo especial que recordar? — Alza las cejas y no sé si me está tomando el pelo, pero suele gustarme quedar por encima.
— Eso creo — Entorno los ojos — Me besaste — Miento, aguantando la risa.
— ¿¡Te besé!? — Se levanta poniendo ambas manos en su cabeza, con una expresión de terror en la cara.
— No, no me besaste — Suspiro, incrédula por su exagerada reacción.
— Venga ya, Alejandra. No me asustes de esa manera... — Respira, mucho más tranquilo y aliviado ahora.
— ¿Que no te asuste de esa manera? — Me levanto con los puños apretados, más furiosa que nunca. — ¿Tan malo sería besarme?
— No quería decir eso...
— Ya, tu reacción lo ha dicho todo. — Me cruzo de brazos y me dirijo a la puerta, no quiero seguir hablando con él ahora mismo.
— Espera, Ale. — Coge mi brazo, haciéndome girar y así tenerme enfrente — No me malinterpretes. No me hubiera gustado besarte en las condiciones en las que me encontraba anoche.
— Tampoco te acuerdas de nada de lo que me dijiste. — Miro para otro lado.
— Quizá me acuerde. De todas formas, ¿sabes que los borrachos siempre dicen la verdad? — Esboza una sonrisa encantadora.
— Tú lo estabas. — Sonrío ahora yo también.
— Si...
Está bien, el juego ya ha llegado demasiado lejos, no sé si no se acuerda, o no quiere acordarse, pero yo tengo sus palabras grabadas en la memoria y me agarraría a un clavo ardiendo si el resultado final es Mateo.
— Voy a esperarte, Mat. Me da igual el tiempo que pase, lo voy a hacer porque estoy enamorada de ti. — Suelto de golpe y sin pensar — Te esperaré, ¿y sabes por qué? Porque sé que tarde o temprano tú también te enamorarás de mí.