Aquel día, Aysha no solo se vestía de blanco, se vestía de destino. Algo en ella había cambiado, como si el alma entera hubiese dado un giro inesperado hacia la certeza. Siempre fiel a su estilo sencillo, hoy parecía brillar de una forma distinta. Su cabello dorado, que usualmente caía liso sobre sus hombros, ahora lucía en delicados rizos, enmarcando su rostro con un halo casi celestial. Pequeñas piedras tornasoladas salpicaban el velo que caía como neblina sobre su espalda, y su maquillaje realzaba sus facciones con una elegancia que parecía sacada de un sueño antiguo. El vestido, ajustado al cuerpo, tenía un corsé que apretaba con la firmeza de los nervios. La tela se adhería como una caricia a su figura, y cada paso se sentía medido, no por inseguridad, sino por la emoción contenida.

