El rugido del estómago de Aysha no pasó desapercibido, ni siquiera para ella misma. Mientras Edrick aclaraba con delicadeza la espuma de su cabello bajo la ducha, ella soltó su antojo con la voz suave, pero el gesto hambriento la delató. —Tengo hambre —anunció, intentando sonar casual. Luego añadió con una sonrisa—. ¿Qué te parece si cenamos con Santiago y tus hombres? Podríamos pedir algo a la parrilla. Edrick arqueó una ceja con ese gesto entre divertido y arrogante que tanto lo caracterizaba. —¿Carne quemada y cerveza? ¿Eso es lo que quieres? —¿Por qué no? —respondió ella con picardía—. Aunque no sé si les molestará que aparezcamos sin avisar. —Molestarles —repitió él con una risa seca—. Soy el jefe, Aysha. Voy donde quiero, cuando quiero, y sin pedir permiso. —Pues esta vez no se

