Un letrero colgaba al pie de las escaleras, escrito en caligrafía dorada y delicada: “Bienvenida, vida mía. Te estábamos esperando.” Aysha lo leyó con el corazón encogido. Una ternura silenciosa se apoderó de su pecho, haciéndola sentir, por primera vez en mucho tiempo, como si realmente hubiera llegado a casa. Al alzar la mirada, lo vio. Edrick sostenía a Joaquín entre sus brazos, con su fiel perro brincando alegremente a su lado, como si celebrara junto a ellos aquel reencuentro. La escena era tan perfecta que parecía sacada de un sueño. —¿Cómo la encontraste, gato perezoso? ¿Dónde estabas todo este tiempo? —preguntó ella, intentando sonar casual, aunque sus emociones traicionaban la intención de su tono. Edrick sonrió, esa sonrisa que derretía cualquier barrera, y respondió con senci

