Aysha observó su reloj. Eran poco más de las tres de la tarde cuando bajó del auto frente a la cafetería. La tarde estaba fría, y un antojo de chocolate caliente le pareció la excusa perfecta para despejar la mente y organizar el trabajo que debía entregar a una agencia de revistas al día siguiente. Indicó a su guardaespaldas que esperara afuera; no le agradaba sentirse observada, menos aún por uno de los hombres de su marido. —Buenos días, señorita. Tomaré su orden —saludó un rostro desconocido. Frunció ligeramente el ceño. En todo un año visitando esa cafetería, jamás había visto a ese chico. Observó a su alrededor, notando más rostros nuevos. Algo en esas sonrisas, que intentaban lucir amables, le dio mala espina. —Hola. Un chocolate caliente, por favor. Y un café cargado. —Listo, s

