Para el momento en que León entró en la ciudad, Ansel ya se encontraba despierto junto a su hijo en la parte trasera del automóvil. Y no precisamente porque no había podido dormir debido al miedo o algo así, en realidad, el omega no se sentía tan atemorizado como pensó que podría sentirse. Ya fuera por los sentimientos tranquilos y amorosos que le enviaba su alfa a través de su lazo o porque confiaba y en que nada le pasaría ahora que no estaba solo nunca más, Ansel no lo sabía, pero ciertamente disfrutaba de aquella sensación. —¿Estás seguro de que deseas ir a nuestra casa? —preguntó León, dándole una rápida mirada por el espejo retrovisor, como había estado haciendo desde el mismo instante que estuvieron cerca de la ciudad—. Todavía estamos a tiempo de ir al motor club y pedirles una

