Sintiendo una suave presión en su frente, luego en sus mejillas, seguido de su nariz y por último sus labios, Ansel sonrió y finalmente abrió sus ojos. —¿Qué estás haciendo? —preguntó observando a su pareja, quien se encontraba sentado en la cama frente a él. —Despierto a mi omega durmiente —respondió alzando una mano para acariciar su rostro—. Ayer me dijiste que querías desayunar conmigo antes de que fuera a arreglar el desastre en la oficina —expresó—. ¿O has cambiado de opinión? —Por supuesto que no, me gusta desayunar contigo. Riendo suave, León se inclinó y le besó con dulzura. —Y a mí —respondió enderezándose—. ¿Dormiste bien? —De maravilla porque estabas conmigo —aseguró—. Así que no te culpes por lo de Daphne, nadie se imaginó que se podría estar ocultando aquí —indicó. —Pe

