Hoy tuvimos un día bastante ajetreado en el clan.
Tuvimos un entrenamiento intensivo en la mañana. Luego de eso pasamos de reunión a reunión con la gente con la tenemos negocios en toda la ciudad.
Aun así, pese a todas las idas y venidas, yo no podía sacármelo de la cabeza. Pensando si se encontraba bien, y si por una maldita vez me hizo caso en quedarse acostado en la cama. Incluso me sorprendía a mí mismo cuando cada tanto me encontraba (sin poder evitarlo, o pensarlo) viendo cada tanto el reloj, para volver a la hora de en la que él tuviera que tomar la siguiente dosis del remedio.
Ya era la noche de la cena cuando volví, justo para la hora que le tocaba. Así que le preparé otro té, y subí.
Cuando entré en su habitación lo encontré en la misma posición dónde lo dejé. Durmiendo tranquilamente en la cama, bien tapado. Me acerque a su lado, y no tarde en apoyar mi mano en su frente. Hice una mueca cuando comprobé que sigue con algo de temperatura, aunque no tanto como está mañana.
Lo desperté y le di la taza junto con el remedio. Sin rechistar tomó ambas cosas y volvió a acostarse, para luego susurrar ese suave "Gracias". Cerró sus ojos y siguió durmiendo.
Soy un idiota. El idiota más grande que conozco. No creo que haya alguien que superé mi nivel de estupidez.
¿Por qué? Porque me invadió una enorme decepción, y como un sentimiento de... de tristeza. Y eso lo generó el hecho de que no me haya hablado. O que no me haya casi ni mirado, o dedicado una de esas sonrisas infantiles.
¿Quién me gana en imbécil? Nadie.
En la cena también tuve un sentimiento extraño. Puede que haya sido la comida que pidió Milo, que tenía de apetitoso lo que yo de amable. Por lo que ni comí.
Supuse que alguno iba a hacer un comentario al respecto, pero ni me hablaron. Supongo que mi cara les dio indicio de que hoy no tenía la paciencia mínima requerida para soportar ninguna clase de broma sin verme obligado a dispararle a alguno. Y dado que está mañana lo hice con el techo, temen ser los siguientes.
Podía escuchar su voz en mi cabeza. "Relaja el ceño, o te quedara así".
Pero eso solo me cabreo más. Así que me levanté y me fui directo a mi habitación para acostarme.
Era cerca de la 1 de la mañana, cuando yo seguía despierto en la cama, jugando juegos en el celular, que ya comenzaban a aburrirme. Aun así no podía conciliar el sueño.
El sonido de un grito, irrumpiendo el silencio de forma abrupta, me hizo dar un salto, e incluso que se me resbalara el celular de las manos, cayendo contra mi cara.
Otra vez el niño.
- Esto comienza a parecerse a la casa de los sustos. - hablo con fastidio, parándome.
Salgo y voy directo hacia su habitación. Al abrir la puerta de golpe, lo veo sentado, con sus pies colgando a un costado y con su cabeza gacha. Sus hombros están tensos, y se aferra con fuerza a las sábanas.
- Rain... - lo llamo, y me sorprendo cuando mi voz sale de mi garganta con suavidad.
Él alza la cabeza de golpe y posa sus ojos en los míos. Veo algo de sorpresa en ellos.
¿De qué se sorprende? Si ya vamos como tres veces al mismo baile.
- Lo siento... - se disculpa apenado. - Juro que intento no gritar, pero...
- ¿Cuándo será el día que deje de rodearme de personas que dicen estupideces? - lo interrumpo. Lo miro firme. - No digas tonterías. - chasqueo los dedos. - Ya conoces la rutina. Arriba y al baño.
Se para y lanza un suspiro cansado. - Está bien...
- Contigo me estoy quedando sin sábanas limpias. - comento divertido, comenzando a sacarlas de la cama. - Hay una pila para lavar como si de un hotel se tratara.
Ríe sin ganas y se adentra en el baño. Suspiro.
Incluso muerto ese hijo de puta le continúa cagando la vida a ese niño.
Una vez que termino con todo el ritual de cambiar las sábanas, poner limpias y bajar las sucias, regreso a la habitación. Él ya está acostado nuevamente, pero está vez parece que no se mojó el cabello, dado que lo tiene seco.
Bien. Mejor.
- Está noche no hay helado. - sentencio. - A lo sumo puedo hacerte un té.
- Tú té estaba rico. - menciona con voz suave.
- Solo era agua con limón y miel.
- ¿Y qué más da lo que tenía? Estaba rico.
Con que poco se conforma.
Suspiro. - Bien, bajaré y te haré otro. - comento. Se le forma una sonrisa victoriosa. - Nada de sonrisitas. - lo apunto con el dedo.
Pone los ojos en blanco, pero sin quitar la sonrisa de su rostro.
Maldito niño.
Vuelvo a bajar a la cocina, y subo nuevamente, pero esta vez con una taza de té en mis manos. Entro a su habitación y voy directo a su mesita de noche, apoyándola allí. Noto que a un lado está el iPod que le di. Al volver mi vista a él, noto que tiene la suya puesta en la mía. Aparto la mirada.
- Intenta dormir. - digo. Hago una pausa. - Buenas noches. - se me escapan esas dos palabras.
Me encamino hacia la puerta, pero no puedo hacer más de un paso que él me frena, agarrándome de la muñeca con ambas manos. Me giro hacia él, sorprendido. Sus ojos tienen un brillo triste.
- No te vayas. - noto algo de súplica en su voz. - Por favor. Solo por un rato. No quiero estar solo. - yo me quedo observándolo petrificado. - Solo un rato. - sigue.
Tengo la garganta seca, por lo que no consigo que las palabras salgan de mi boca. Así que tan solo asiento. Él me dedica una leve sonrisa, y percibo el alivio en sus ojos. Me suelta de golpe, como si tocarme le hubiese quemado.
- No hablaremos. - apunto. - No me gusta conversar.
- Está bien... - hace una pausa, pensativo.
- ¿Qué? - pregunto con fastidio, ya que no sigue hablando, tan solo tiene esa mirada como si estuviera haciendo fuerza para cagar en el retrete.
- ¿Podemos ver una película? - me pregunta con voz apenas audible.
- ¿A esta hora?
- Es mejor que estar en completo silencio mirando el techo.
Lanzo un suspiro pesado. - Supongo... - vuelvo a suspirar. - Está bien... - accedo de mala gana. - ¿Cuál quieres ver?
- ¿Acaso olvidas la parte en la que soy un completo ignorante que nunca ha visto una película? - inquiere algo divertido. - Elige una tú.
- Me metes mucha presión.
- Pon esa que te gusta a ti. ¿Cómo era? ¿Harold Pote?
Y por primera vez en años, se me escapa una carcajada de lo más espontanea, que por poco no me ahogo.
- Harry Potter. - le corrijo, aún con la sonrisa en mi rostro.
- Bueno, ese.
- Bien, podemos ver la primera. Solo porque no puedo tolerar que alguien le diga "Harold" al mejor mago del mundo.
- ¿La primera? ¿Cómo cuántas son? - pregunta extrañado.
- Ocho. - respondo.
- ¿¡Ocho!? - exclama. - Se ve que tan buen mago no es si le tomo ocho películas acabar con el malo.
- En la primera era un niño, todavía no era el momento. - salto a la defensiva.
- ¿Cómo yo?
- Un poco más niño.
Sigue teniendo esa expresión de confusión en su rostro. Suspiro.
- Cierra la boca y vamos a mirarlas, luego lo entenderás.
Se encoge de hombros. - Si tú lo dices.
- Dile adiós a tú vida ordinaria como la conoces, que luego ya nada será lo mismo.
- Adiós vida ordinaria.
De haberlo dicho cualquier otra persona lo habría insultado, pero sé que él no lo dice para tomarme el pelo, así que lo dejo pasar.
Como en su habitación no hay televisor, tuvimos que ir a la mía. Así que ambos nos acomodamos en mi cama, obviamente a una distancia considerable. Entre nosotros puse una almohada en vertical, con la excusa de que la quería para apoyar el brazo.
Busque la película, del ahora renombrado "Harold Pote", y le puse play.
Por suerte no es de esas personas que les gusta hablar, o preguntar mientras están viendo una película. Nada me encabrona más que eso.
Si bien hacia un largo tiempo que no miraba "Harry Potter", no podía mantener mis ojos en la pantalla, casi siempre me sorprendía a mí mismo teniéndola puesta en él.
Es que con honestidad no quería perderme ninguna de sus reacciones a la película. Suele ser bastante expresivo con la mirada.
Y no me equivoque.
Ver esos ojos rasgados la ilusión, la sorpresa, la diversión e incluso verlo conmovido. Sin mencionar esas sonrisas, o como abría bien los ojos cuando algo lo sorprendía.
Fue divertido verla con él.
- ¿Qué edad tenías cuando la viste por primera vez? - me pregunta una vez que termina, entre tanto siguen los créditos y la mítica melodía.
Él está acostado, mirándome con atención, yo en cambio tengo mi espalda apoyada en el respaldo, cruzado de brazos.
- Eh... creo que unos 8 años... - respondo.
Quedamos en silencio, él vuelve la vista al frente y no sigue preguntando más, lo que por muy extraño que parezca, me incita a que le siga contando más al respecto.
No me gusta cuando la gente te abarrota de preguntas. Él parece respetar mi espacio. Y eso consigue que me agrade un poco más.
- Me llevo mi padre a verla al cine... - sigo. Él vuelve la vista a mí. - "Tarde de chicos", fue lo que había dicho. Recuerdo que... que me dejo elegir un juguete que quisiera de la juguetería. "Algo pequeño, que será nuestro secreto". A pesar de que siempre tuvimos dinero, no eran de esos padres que te abarrotan con cosas. - hago una pausa. - Así que compramos palomitas, bebidas, algunas golosinas, y entramos al cine. - sonrío al pensar en aquel día. - Recuerdo haber salido encantado de la sala cuando finalizó. - hago una pausa. - Y sabes, tengo una imagen guardada en la memoria... Mi padre agarrándome de la mano, mientras yo avanzaba brincando, contándole con entusiasmo mis partes favoritas de la película, y él escuchándome con atención, como si no la hubiera visto conmigo 10 minutos atrás, pero iba con una sonrisa en su rostro.
Siento algunas lágrimas correr por mis mejillas, por lo que paso mi mano con brusquedad para quitarlas. Me aclaro la garganta.
- Que bonito recuerdo... - murmura luego de un momento en silencio.
- Si... creo que es mi favorito... - lo miro. - Te preguntaría si tienes alguno, pero creo que eso me haría sentir como un patán.
Entrecierra los ojos. - ¿Izan te contó, eh? - inquiere, pero no noto reproche o molestia en su voz.
- Si. - respondo. - ¿Te molesta que lo sepa?
- ¿Lo sabes hace mucho? - pregunta. Meneo la cabeza, para luego asentir. Sonríe suave. - Entonces no.
- ¿Eh? - digo confundido.
- Si lo sabes hace mucho, eso quiere decir que pese a eso me seguiste tratando como acostumbras a tratar a todos, no te comportaste diferente. Así que está bien.
- Eres raro...
- Si, me lo han dicho.
- A mí también.
- ¿Ah sí? - pregunta con una sonrisa divertida.
- Si, de niño. Era el rarito del curso.
- Vaya, y yo que te hacía el galán y rompe corazones.
- Para nada, todo lo contrario. - digo. - Era al que encerraban en los baños.
- Apuesto a que ahora ninguno de ellos se atrevería a hacerlo de nuevo. - dice. Me mira con una sonrisa maliciosa, abriendo bien grande sus ojos, como si se le hubiera ocurrido una idea millonaria. - Podríamos ir a sus casas y encerrarlos en sus baños.
Río ante tal ocurrencia infantil. - Qué plan tan malvado.
Quedamos en silencio.
- Oh, ya lo recordé...
- ¿Qué cosa? - pregunto extrañado.
- Lo que estábamos hablando. - responde. Hace una pausa. - Si tengo un recuerdo favorito.
- ¿Ah sí?
- Pues, para sorpresa de todos, sí, tengo uno.
- Soy todo oído si deseas compartirlo.
Queda pensativo por un momento. - Yo tenía unos 12 años, y Suni y Atlas ya tenían 22. - comienza a decir. - Y por primera vez en mucho tiempo nuestro padre iba a estar fuera de la ciudad por unos días. Creo que nunca había sentido tanto alivio en mi corta vida como cuando supimos que tendríamos un respiro de él. - hace una pausa. - Uno de esos días, Atlas vino con una enorme sonrisa diciéndonos que había ido a la ciudad, y que se había enterado que iba a haber una carrera de formula 1. Que era algo anual en Corea, y consiguió entradas. Pudimos convencer a Suni, así que los tres nos escabullimos de la casa sin que nadie nos notara y fuimos hasta dónde iba a ser. - se le forma una sonrisa ante el recuerdo. - También compramos algo de comer, en esos puestos ambulantes. Reí mucho con mis hermanos, parecían otras personas. Más ligeras, sin ese peso en sus hombros. Recuerdo que quede maravillado al ver todo. Esos autos... - sus ojos brillan mientras continua hablando. - Todos esos hombres, con aquellos trajes... - queda callado. - Me fascino. Pensé: "De grande quiero ser como uno de ellos."
- ¿Es por eso que te gustan tanto las carreras? - inquiero luego de un prologado silencio, en el que él no sigue hablando, tan solo queda con su mirada en un punto fijo, y sus pensamientos en otro lado.
Parece que vuelve a la realidad. - Si, puede que sí. - dice. - Luego de ese día las cosas no volvieron a ser así de buenas. A los pocos meses Atlas tuvo que hacer su servicio militar, y no lo vimos por dos años. En verdad lo extrañe mucho. Él siempre ha sido todo para mí, más que cualquier otra persona.
- ¿Tú hermano estuvo en el ejército? - pregunto con sorpresa.
Asiente. - En Corea es obligatorio que todos los hombres entre 18 y 28 años lo hagan.
- ¿¡Y que tú también lo hiciste!? - exclamo, y no puedo evitar que mi voz suene sorprendida.
Pero es que en verdad no lo imagino allí. No es lugar para un niño como él.
- No, yo aún no. - responde. Suspira. - Pero llegado el momento tendré qué... - hace una pausa. - Me preguntaste qué hubiera hecho si mi hermano no me hubiera mandado para acá. Seguramente eso...
Pues me alegra que estés aquí, entonces. - es lo que quiero decir, pero no lo hago. Al contario, aparto esos pensamientos, al igual que mi mirada.
- ¿Miramos otra? - pregunto tomando el control de la televisión.
- Si. - responde. Y no necesito verlo para saber que tiene una sonrisa.
Maldito niño.