Por la mañana cuando entro en la cocina veo a todos allí desayunando. A todos, menos a uno.
Tengo que admitir que me sorprende un poco, y a la vez me molesta. Espero que no sea tan llorón y blandito como para seguir enojado por lo que le dije anoche. Porque no es mi culpa que él tenga alguna idea errónea de mí. Esa es la primera regla al conocerme. No esperar nada bueno de mí.
- ¿Me hicieron un favor y deshicieron del niño? - pregunto con indiferencia, mientras me sirvo una taza de café.
- Le toque la puerta, pero no quiso bajar. - responde Lari, comiendo papas fritas de un bolsa.
- ¿Por qué no desayunas algo coherente a la hora en la que estamos? - le reprocha Axel, sentado a su lado. Quien en cambio está tomando café con leche, acompañado de unas tostadas.
- Porque tengo 21 años y desayuno lo que se me canta la gana en el momento. - le responde este provocadora. - Y tenía ganas de papas fritas, cara de moco.
Comienzan a hablar a la vez, discutiendo. Yo sigo tomando de mi taza de café, sin prestarles atención a sus pelitos infantiles.
- Ahora recuerdo porque fue que no aceptaste a que Axel trabajara aquí durante el verano como sus padres sugirieron. - me dice Dexter. - Yo mismo me hubiera volado la cabeza antes que escucharlos.
- Si, yo lo estoy considerando ahora... - agrega Milo.
Saco el arma que tengo enganchada en el tobillo, bajo el pantalón. Disparo al techo. Se forma un silencio abrupto, mientras todos me miran con sus ojos bien abiertos.
- La próxima va directo a la frente de alguno. - digo calmo, sin alzar la voz. - Ahora... - miro al rubio. - A tú casa, se acabó tu hospedaje temporal. - miro a los demás. - Los que se hacen llamar parte de mi clan, sigan ganándose su lugar. A trabajar.
Le doy un último sorbo a mi taza y la dejo apoyada, para luego salir de la cocina. Vuelvo a engancharme el arma, y subo las escaleras, en dirección a su habitación.
Una vez frente a su puerta, toco con golpes firmes. No contesta. Vuelvo a insistir con más fuerza.
- Largooo... - oigo que dice con voz débil.
- Solo toque por cortesía, pese a lo que crea la gente, tengo modales. Así que voy a entrar de todos modos. - hablo en voz alta para que me oiga.
- Estoy desnudo... - murmura con dificultad, como si le costara hablar.
Lanzo un quejido y abro la puerta, adentrándome. La habitación se encuentra en penumbras, aun así puedo distinguirlo acostado en la cama, tapado hasta arriba con la colcha, echo un bollito.
Me acerco hasta la ventana y corro las cortinas de un movimiento. - ¿Qué acaso no les dije que no quería a nadie ebrio en la mañana? - inquiero con firmeza, volviéndome hacia él.
- Estoy bien seguro que dijiste que podía a hacer lo que quisiera, siempre y cuando no fuera por ti si tenía problemas. - habla con voz ronca, apenas audible dado que tiene gran parte de su cabeza cubierta.
- De todos modos eres un problema. - comento irritado. - Quiero que te levantes, te duches y salgas de la casa. Ve a dar una vuelta en la bicicleta, dale uso a eso que te enseño Stellan con tanto esmero. Parece el colmo, desde que llegaste que buscabas la forma de escabullirte caminando como el maldito Forrest Gump, y ahora que tienes una movilidad te encierras aquí.
- ¿Cómo quién? - pregunta confundido, todavía bajo las sábanas.
- Ese no es el punto, sino que salgas de aquí. - sentencio.
- Hoy no quieroooo... - continúa hablando con desgano.
- Me importa una mierda lo que quieras. - me acerco hasta su lado. - He dicho que te levantes.
- No estoy con ánimos.
- Y yo no estoy con ganas de empezar la mañana discutiendo contigo. - extiendo mi mano para tomar su brazo y levantarlo de un tirón. - Así que...
Me interrumpo en seco al percibir que su piel se encuentra hirviendo. Lo suelto. Le quito la colcha del rostro y veo que este se encuentra repleto de sudor, además de más pálido que lo usual. Sus ojos están cerrados. Apoyo mi mano en su frente, y está también se encuentra con alta temperatura.
- Maldito niño. - me quejo entre dientes. - Te dije que ibas a enfermarte sí te parabas como un desquiciado bajo la lluvia.
- Estoy bien... - murmura, sin abrir sus ojos.
- ¡Y una mierda! - exclamo irritado. - Ya sabía que me ibas a traer el doble de problemas.
- Solo vete, no es la primera vez que me enfermo. - dice en voz baja. - Yo puedo solo. Ya se me pasara, como las otras veces que ya he estado enfermo.
- Cierra la maldita boca. Y has lo que yo te digo. - hablo tajante. - Ahora levanta tú trasero de allí y ve a ducharte. Ponte otra ropa, que yo cambiaré las sábanas.
Me mira. - Tuve un déjà vu. - menciona con una suave sonrisa.
- Y también tendrás mi zapato marcado en tú rostro si no haces ahora mismo lo que te ordene.
- Pensé que era una sugerencia.
- Yo no doy sugerencias, yo solo doy órdenes. No por algo soy el jefe aquí.
Ríe débilmente y se para con desgano. Agarra ropa del armario y se dirige hacia el baño. Lanzo un suspiro hastiado.
Una vez que le pongo sabanas limpias, tomó las que están mojadas de sudor y bajo. Al entrar en la cocina, Stellan es el unico que sigue allí, desayunando con calma ahora que nos demás no están. Al verme alza las cejas.
- ¿Tuviste un accidente con tu vejiga? - pregunta divertido, intentando reprimir la sonrisa.
- El que tendrá un accidente serás tú mientras sigas hablando. - sentencio. Suspiro. Stellan es el único que me ayudará sin burlarse. - El niño está enfermo, seguro es un resfrío nada grave. - hago una pausa, mientras me mira expectante a que continúe. - ¿Qué... ? - me detengo. No sé bien como seguir.
- ¿Qué se hace? - finaliza por mí.
Asiento. - Cuando he estado enfermo mi madre era quien solía... encargarse...
Queda pensativo. - Puede que deba tomar algún antigripal... - empieza a decir. - Y tomar algo caliente.
- ¿Crees que... ? - vuelvo a quedar callado. No sé por qué me cuesta tanto hablar. - ¿Debo llevarlo a urgencias?
Se le escapa una suave risa. - Tranquilo, tú lo has dicho, es solo un resfrío. Estará bien. - me observa de una mirada un tanto extraña, que no logro descifrar bien. - ¿Por qué no le haces un té? Yo le buscare algo en la farmacia.
Asiento. - Bien. - hago una pausa. - Gracias.
Sonríe. - Cualquier cosa por Rain. ¿No?
Pero yo no respondo. Me acerco al mueble y abro las puertas para buscar una taza.
- Enseguida vuelvo. - es lo último que dice a mis espaldas, para luego salir de la cocina.
Sigo con lo que estoy haciendo, pero quedo petrificado al distinguir bien en el fondo de la alacena una taza de color naranja. No lo pienso mucho cuando comienzo a sacar todas las cosas que están adelante para así poder sacar esa. Que cuando la tengo en mis manos veo que está toda llena de polvo, y el color no está tan intenso. De todos modos sirve. Vuelvo a poner todo en su lugar.
Le doy una buena lavada a la taza, mientras pongo el agua a calentar. Después coloco el saquito de té, exprimo un limón y le agrego algo de miel, por ultimo corto una rodaja del mismo limón y se la coloco dentro. Una vez que ya está el agua, la vierto dentro.
15 minutos después, Stellan irrumpe en la cocina de sopetón. Me toma tan desprevenido que por poco no tiro todo.
- ¿¡Qué mierda haces!? - exclamo irritado. - ¿¡Por qué corres!? ¡Casi me matas de un infarto! ¿¡Es que fuiste volando!?
- No, en el auto. - responde con la respiración agitada. - Es que quise volver rápido. - me extiende la pequeña bolsa de farmacia.
- Está engripado, no a punto de perder la mano. - hablo con fastidio, agarrándola.
- No quería que... - respira entrecortado, intentando recuperar el aire. - Que cambiaras de opinión.
Pongo los ojos en blanco. - Eres el unico que no dice idioteces, no empieces ahora. - sentencio molesto. - Ahora vuelve a la morada y ponte a trabajar. Y ni una palabra de todo esto.
Asiente y se da la vuelta en dirección a la salida. - Bien...
- Gracias. - murmuro antes de que salga. Alza el pulgar sin detenerse.
Resoplo y tomo la taza. Vuelvo a subir las escaleras en dirección a su habitación. Por suerte ya todos están en la morada, así que no me cruce con ninguno, por lo que me evite tener que soportar sus preguntas infantiles, y haberles arrogado el té hirviendo en la cara como repuesta.
Justo cuando entro, él ya salió del baño con su ropa limpia y su cabello mojado, y va en dirección a acostarse.
Al percatarse que estoy de vuelta se detiene y posa sus ojos en mí. - Gra... - comienza a decir, pero cuando lo miro fijo, alzando una ceja, se detiene.
Camino hasta la pesa de noche y apoyo allí la taza, junto con el remedio que consiguió Stellan. El niño retoma el paso para meterse en la cama.
- Espera, espera. - hablo firme. - ¿Qué rayos haces?
- Volver a la cama. - responde obviando.
- Te enfermaste por andar jugando en la lluvia, ¿y vas a acostarte con el cabello mojado? - inquiero con reproche. Chasqueo la lengua. - Solo vas a empeorar.
- ¿Y qué hago? - inquiere con voz rasposa, diferente a esa voz suave que suele tener. - ¿Saco la cabeza por la ventana para que se me seque con el sol?
Frunzo el ceño. - ¿Estás usando el sarcasmo conmigo?
Me apunta con un dedo, entrecerrando aún más esos ojos rasgados. - Otra vez el ceño.
- Baja ese dedo a menos que quiera que lo use para sacarte tú propio ojo. - hablo entre dientes.
Lo baja y se encoje de hombros. - Solo es una recomendación.
- Ni enfermo dejas de fastidiar. - digo hastiado. Suspiro. - Quédate acá, ya vengo.
Voy hacia la habitación de Lari y me meto en su baño. No tardo en encontrar el secador de pelo que usa cada mañana, y que siempre se lo olvida enchufado. Hoy no es la excepción. Una vez hizo corto circuito y dejo la casa completa sin luz. Esa vez no la regañe, así que me debe una, por lo que lo tomo sin permiso.
Cuando regreso lo encuentro sentado en el borde de la cama, con la taza en sus manos, inhalando.
- El té se toma, no se inhala. Adicto. - comento.
Se le escapa una risa, y luego le sigue una tos. - Ya sé, es que huele delicioso.
- Es solo té de limón con miel. - menciono sin darle importancia. - Te lo traje para que lo tomes con el remedio, no para lo que huelas como un perro huele el culo de otro perro.
Vuelve a reír con tos, y se lleva una mano al pecho. - Si sigues bromeando me harás escupir un pulmón.
- ¿Y quién dijo que bromeaba? Un consejo, tomar lo que digo como broma podría costarte la vida.
- El seguro me cubre por un año, ¿o no? - me mira divertido y le da un sorbo a la taza.
- Tampoco te confíes tanto, suelo ser bastante impulsivo. Y más cuando estoy cabreado. - digo firme. Me pongo en cuclillas y aparto un poco la mesa de noche, para así desenchufar la lampara y en su lugar conectar el secador de pelo.
- Si sabes que no tengo miedo, ¿verdad? - murmura con voz suave.
Me tomo tan desprevenido, que no pude evitar al alzar la cabeza con sorpresa y posar mis ojos en los suyos, los cuales a pesar de hoy estar desganado, siguen teniendo ese brillo inocente.
Escuchar eso se sintió como un cosquilleo en el pecho.
- Mala decisión... - esas palabras también suenan bajas.
Nos continuamos sosteniendo la mirada, sin decir nada. Y por algún motivo, me siento inquieto, y eso me provoca un poco de miedo, porque es como si me paralizara.
Interrumpo el ambiente, al presionar el botón de encendido y que no tarda en invadirnos el sonido ensordecedor del secador. Me incorporo y quedo frente a él. Empiezo a secarle el cabello. Sigue dándole sorbos a su taza, con su vista también en está. Y lo agradezco porque no puedo apartar mi mirada de su rostro.
Ese cabello oscuro y fino, se mantiene en alto por el viento caliente del aparato que le da de frente.
Le van a quedar así parados. - pienso con fastidio. - Debí también ir por un peine.
Tenso los dientes y me pongo algo rígido cuando ese (maldito) pensamiento se me cruza por la cabeza, y no tardo en hacerlo, casi por instinto.
Deslizo mis dedos por su luminoso cabello, usándolos como peine, mientras continuo pasando el secador. Tal como me parecía, es suave y lacio. Diferente al de los hombres que parecemos tener cabello de alambre. Se siente... bien.
¿Bien? ¿¡Qué demonios me pasa!?
Aparto esos pensamientos, y vuelvo a mirarlo. Él parece no darle importancia, porque continúa sin inmutarse, tomando su té. Si el niño no hace espamento por esta tontería, ¿por qué yo sí? No tengo que ser tan ridículo. Esto es una idiotez. Haría lo mismo por cualquier del clan.
La imagen de mí mismo secándole el cabello a Dexter, me hace pensar que antes le afeito la rubia cabellera, a hacer eso. Pero bueno, es diferente. El niño de alguna forma es mi responsabilidad. Dexter... bueno, no tanto. Además, ya está grandecito.
Cuando parece ya estar bien seco, lo apago y lo desenchufo. Lo apoyo a un costado de la cama. Para finalizar, vuelvo a pasar mis manos para su cabello y así terminar de acomodárselo.
- Ahora si puedes acostarte. - digo, agarro nuevamente el secador. Voy hacia la ventana y corro las cortinas, para que vuelva a estar a oscuras. - ¿Tomaste el remedio? - pregunto al quedar frente a él. Asiente. - ¿Terminaste el té? - asiente otra vez. - Genial. - extiendo mi mano libre y agarro la taza. - Ahora a la cama. Duerme un poco. Vendré luego a ver como sigues, y para que tomes la otra dosis. No quiero verte levantado.
Sin rechistar, se acuesta en la cama y se tapa bien hasta el cuello con el cobertor. Cierra sus ojos. Quedo unos segundos con mis pies pegados al piso, sin poder quitar mi mirada de su rostro. Refleja una paz que no me ha transmitido nunca nada.
Otra vez vuelvo a apartar con brusquedad esos pensamientos. ¿Por qué siempre me tengo que encontrar pensando en este maldito niño?
Me giro y camino en dirección hacia la puerta, así vuelvo a la morada. Ya perdí mucho tiempo aquí.
- Gracias, Astor... - llego a oír que murmura con voz suave, antes de cerrar la puerta por completo.
Lanzo un quejido.
Este niño comienza a hacer que me cueste un poco más odiarlo. Y eso me irrita.