Otra vez me vuelvo a despertar en el medio de la noche a causa de unos gritos desgarradores.
Me levanto y me pongo algo de ropa, mientras maldigo irritado. Pero no al niño, sino al hijo de puta de su padre.
Salgo cabreado de mi habitación, a paso firme hacia la suya. Entro con ímpetu, abriendo la puerta de golpe, pero me freno en seco al ver que ya está despierto.
Se encuentra sentado en la cama, con sus rodillas hacia arriba y abrazando sus piernas. Tiene su rostro escondido en el hueco que se forma, sin embargo no tarda en alzarla al percatarse de mi presencia. Me mira con esos ojos llorosos.
- Lo siento... - murmura apenado. - Hoy pude despertarme solo, pero parece que igual moleste a toda la casa. En verdad lo lamento.
Doy unos pasos más cerca. - No le des tanta importancia. - hablo y me sorprendo a mí mismo. - Los demás duermen siempre profundamente. Además, en su momento tuvimos que soportar los ronquidos de tractor de Milo, a Stellan hablando dormido y la música que ponía Lari cuando apenas se levantaba. - hago una pausa, pensativo si entre decir lo que quiero decir o no. - Yo soy de sueño ligero, también me cuesta dormir por las noches. Así que no lo tengas tan en cuenta.
- ¿Ah si? - pregunta con sorpresa. - ¿Te cuesta dormir?
- Si. - respondo. - Pero no por pesadillas, sino porque... - quedo callado porque no se bien que decir.
- Tienes una trabajo difícil. - agrega él.
Lo miro con algo de sorpresa. Asiento levemente. - Si... - susurro. Se forma un silencio. Suspiro. - ¿Quieres comer helado?
Se le forma una sonrisa brillosa en el rostro de lo sincera y espontanea que es.
- Si. - responde.
- Vamos, veamos si tenemos un poco de suerte y Milo nos dejó algo.
Al igual que la noche anterior, los dos bajamos juntos a la cocina. Él se acomodó en una de las banquetas y yo en la otra su lado después de buscar el pote de helado y las cucharas. Comemos en silencio.
Y eso se siente bastante tranquilo.
- ¿Ya has decidido que vas a hacer cuando consigas la libertad? - pregunto, luego de un largo rato callados. Sigo con la vista al frente, comiendo.
- No puedo ni decidir que nombre quiero usar a partir de ahora, ¿y tú crees que puedo decidir con respecto a que hacer con mi vida? - inquiere. - No soy capaz de tomar una maldita decisión.
Lo miro extrañado. - ¿Y qué demonios pensabas hacer si tú hermano no te ponía está restricción?
Se encoje de hombros. - No lo sé, yo solo quería salir de ahí. - responde. - Me sentía sofocado. No me importaba mucho el lugar, mientras estuviera lejos.
- Escucha niño, no te estreses. - comienzo a decir. - Nadie sabe qué diablos hacer con su vida a cualquier edad, mucho menos a los 20 años. Aún te falta mucho. Primero debes conocerte a ti mismo para saber qué es lo que quieres para tú vida. - hago una pausa, pensativo. - Yo creo que la idea de todo consiste en... ir probando, fallando, probando otra cosa, y así hasta acercarte más a lo que en verdad deseas, o sueñas. No sé... - vuelvo a quedar callado por un momento. - Te lo dice alguien que pensaba que iba a ser veterinario.
- ¿¡Qué!? - exclama divertido con una sonrisa que intenta reprimir.
- Si, anda, puedes reírte. - digo con fastidio, no tardo en oír su risa.
- ¿Tú veterinario? - inquiere todavía riendo.
- Solo siento respecto por los animales, y por alguna que otra persona.
- Allí en mi ca.... - se interrumpe. - En Corea. - sigue. - Tenia un gato. Todas las noches venía a visitarme y yo lo alimentaba. Era mi momento favorito del día.
- ¿Y cómo se llamaba tú gato? - pregunto cambiando de tema, para así apartar esos pensamientos.
- Gato. - responde.
Alzo una ceja. - Tú tienes un problema con los nombres. ¿Qué diablos harás el día que tengas hijos? ¿Le pondrás hijo 1, hijo 2? ¿O esperma 1, esperma 2?
- No tendré hijos. - sentencia tajante, con su mirada firme.
- Salud por eso.
Volvemos a quedar en silencio, mientras seguimos comiendo helado del pote. Suspiro.
- Si sabes que el hecho de que hayas tenido un padre de mierda, no implica que tú también lo serás. ¿Verdad? - hablo en voz baja, luego de un momento. Él alza la vista y la posa en mis ojos. Nos sostenemos la mirada por unos segundos, hasta que yo lo aparto. - ¿Por qué no empezamos un paso a la vez?
- ¿A qué te refieres? - pregunta confundido, casi susurrando.
Chasqueo la lengua y lo miro. - A que necesitas un maldito nombre. - respondo firme. - Si te siguen llamando Juanito voy a empezar a creer que eres la mascota del clan, o peor el hijo de alguno.
- Soy huérfano, así que si alguno quiere adoptarme no me molestaría. - comenta con esa sonrisa suave.
Abro ampliamente los ojos al oír eso. - Estás mejor huérfano que con padres como alguno de ellos. - sentencio. Ríe. - Anda, ve por ese maldito libro. - lo miro firme, apuntándolo con el dedo. - Que conste que pienso que es estúpido.
- Oh, yo también. - admite. - Solo que no quería romper la ilusión de Milo.
Suspiro. - Gracias a Dios, al menos uno coherente. Quien diría que ibas a ser tú.
- La vara no está muy alta. - bromea.
No puedo evitar reír. - Buen punto. Pero mi personal es eficiente.
- De eso no hay dudas. - sonríe.
Me paro y busco un anotador y algo para escribir. Vuelvo a sentarme.
- Olvida el estúpido libro de nombres. - digo. - Puedes buscar algo significativo, o uno que tan solo se haya gustado. No todo debe ser un por qué. Es como con los tatuajes. - lo miro. - ¿Y bien? ¿O has pensando en alguno?
Niega. - Ninguno de los que leí ahí me gustó mucho. - dice.
- ¿Cómo se llamaba tú madre? - pregunto.
- Alba. - responde.
- Bonito nombre. - murmuro. Él asiente con algo de tristeza. - Ok. ¿Qué te gusta?
Queda pensativo. - Bueno... eh.... los autos de carrera, cocinar, los gatos... las mandu...
- ¿Qué cosa? - pregunto confundido.
- Ah, son una empanadillas coreanas. Es mi comida favorita.
- ¿Son esas que me hiciste probar aquella noche?
Asiente y sonríe. - Si, esas.
- Estaban buenas. - admito en voz baja y vuelvo la vista al anotador. - ¿Qué más?
- El otoño...
- ¿El otoño? - inquiero extrañado.
- Si. - afirma. - Me gustaba ver las hojas caídas en el césped del jardín de la casa, y tirarme encima de las montañitas que se formaban.
Quedo un poco sorprendido. - Naranja... - se me escapa esa palaba en un susurro.
Alza las cejas. Asiente lentamente. - Si, es verdad, todo parece adquirir esa tonalidad naranja y marrón. - sigue. - Buen contraste, entre un color más vivaz y alegre, y otro un poco más apagado y triste. Y que juntos forman algo hermoso.
Como... - corto tajante el pensamiento antes de siquiera formularlo.
Me paro. - Seguimos mañana. - hablo con voz firme. - Es tarde y debo levantarme temprano.
Me mira algo confundido. - Si, está bien. - murmura. - Yo me quedaré un poco más aquí...
- Bien. Intenta dormir. - es lo último que digo antes de darme la vuelta y largarme de allí.
Tengo que retomar mi noches trabajando en el club. - es a la conclusión que llego.
*****
Por la mañana cuando suena el despertador, me levanto y me dirijo a mi baño para ducharme. Una vez que termino, me pongo ropa limpia y salgo de mi habitación camino a la cocina.
A medida que me voy acercando puedo oír voces provenientes de allí.
- ¿Mala noche? - llego a oír que le pregunta Dexter al niño, quien está sentado en la misma banqueta que anoche, mientras el rubio está apoyado en la encimera, inclinado hacia adelante, frente suyo.
- Si, algo así. - responde él con desgano y voz baja.
Esto no puede ser, es una maldita broma. Sigue teniendo puesta su ropa de dormir. Voy a matarlo si se pasó toda la noche sentado en ese lugar.
- Dex, está por llegar el nuevo cargamento al depósito, ¿tú te encargas? - le pregunto entrando.
Él me mira. - Si, claro. - dice. Le da un último sorbo a su taza y se incorpora. Al pasar palmea con cariño la espalda del niño. - Nos vemos luego.
- Te dije que intentaras dormir. - hablo una vez que quedamos solos, con voz seria, buscando mi taza y sirviéndome café. Quedo parado frente suyo, del otro lado de la encimera, dónde hasta hace unos minutos estaba Dexter.
- Si, pero de intentar algo, a conseguirlo, hay una pequeña brecha que claramente no pude alcanzar. - no me mira cuando habla.
Tomo mi café, mientras lo observo. Él tiene su mirada baja, rodea con ambas manos su taza, y a su lado hay un plato con waffles, de esos que prepara Stellan. Cuando levanta la cabeza y posa su vista en mí, noto que su rostro refleja cansancio, no solo por las ojeras bajo sus ojos, sino porque su expresión dice nada, como una hoja en blanco.
Ahora se me hace más evidente que no durmió en toda la noche.
- Toma la bicicleta y ve a dar una vuelta. - digo. - Te ayudara a despejar la mente. Incluso puedes ir escuchando música, ¿Tienes ipod, o algún reproductor?
Niega con la cabeza confundido. - No. - responde.
Resoplo. - ¿Y qué clase de música te gusta?
Queda pensativo por un momento. - Pues, mientras trabajaba en la cocina solían poner música coreana. Normalmente algo suave y tranquilo.
- Ven. - lo llamo y salgo de la cocina.
Me dirijo hacia mi habitación, con él caminando detrás mío. Una vez arriba, entro y me acerco hacia mi mesa de noche. En cuclillas empiezo a abrir los cajones de a uno y a revolver entre todas las porquerías que tengo sueltas, dando vuelta.
- Bingo. - exclamo cuando lo encuentro.
Me incorporo. Alzo la mirada y lo veo parado en el marco de la puerta. Me acerco hasta él y le extiendo lo que tengo en mi mano.
- Es un ipod. - comienzo a decir. - Está algo viejo, pero funciona bien. Dile a Milo que te enseñe como cargarle música, él sabe sobre todas esas cosas. - hago una pausa, meneando la cabeza. - O por ahora puedes escuchar lo que ya está ahí. Debo advertirte que mi gusto musical es de lo más variado, así que no te asustes si te pasa de una de Chopin a los Guns N' Rose. - me observa con atención, sin decir nada. Tiene una mirada un tanto extraña. - No sabes quienes son ¿verdad?
Sonríe levemente. Creo que más que nada por compromiso.
- No, no lo sé.
- Pues, culturízate. - se lo dejo en su mano, junto con los auriculares y el cargador.
- Gracias. - murmura.
- Deja de agradecer por todo. - hablo fastidiado, con mi ceño fruncido.
Sonríe divertido. - Ya te dije que si sigues frunciendo el ceño así, se te quedara de ese modo. - bromea.
Pongo los ojos en blanco y le enseño mi dedo medio. Lanza una risa suave.
Mejor que deje de lado esa expresión sombría y perturbada. No va con él.
Nos quedamos mirando en silencio por un momento.
Chasqueo los dedos. - Ahora largo de aquí, anda. No quiero verte en toda la tarde, o hasta que tú cara de zombie tenga un poco de color. Y si no sabes lo que es un zombie, pues mírate al espejo y veras uno.
Se le escapa otra risa suave y se da la vuelta, marchándose de mi habitación. Niego con la cabeza y resoplo.
- Maldito niño.