Es de madrugada cuando me despierto sobresaltado al oír un fuerte grito.
No tardo en ponerme alerta. Me levanto de un tirón y tomo el arma con la que duermo cada noche, que tengo siempre debajo de la almohada. Salgo rapidamente de mi habitación y comienzo a caminar con cautela por los pasillos, a paso lento con la pistola en alto. Todo está en silencio y a oscuras. Y no hay movimiento de ningún tipo.
Los chicos están trabajando en el club, por lo que estoy solo en la casa. Aun así me resulta bastante inquietante que quien sea que se haya metido haya conseguido violar toda la seguridad que rodea el exterior de la casa.
Comienzo a creer que me volví loco y lo imagine, hasta que lo oigo de nuevo. Otra vez ese sonido, que consigue paralizarme. Al agudizar más el oído percibo que viene de la habitación del niño. Me dirijo hacia allí, y al quedar frente a su puerta no dudo en abrirla y entrar.
Lo veo acostado en la cama, sacudiéndose de un lado al otro, con sus ojos cerrados y quejándose dormido. Me acerco hasta él y llevo a mi mano a su hombro para zamarrearlo, pero él no reacciona. Enciendo la luz de la lampara de noche. Lo tomo de ambos brazos y lo vuelvo a sacudir, mientras se su boca se escapan gritos de dolor, como si le desgarraran la garganta.
- ¡Jun! - lo llamo en voz alta y firme. - ¡Jun!
Abre sus ojos muy ampliamente. Me observa asustado y desorientado. Juraría que por un segundo me pareció percibir cierto alivio al percatarse de que era yo. Lo suelto y él se sienta en la cama.
Se encuentra cubierto en sudor. Tiene el cabello pegado a la frente, todo mojado. Y su remera pegada al cuerpo también empapada, al igual que las sábanas. Respira de forma irregular, agitado, y su mirada la tiene perdida en un punto fijo. Es como si estuviera en un trance.
Chasqueo los dedos delante de sus ojos para traerlo de vuelta a la realidad, y parece funcionar.
- E.T llama a casa. - digo. - Vuelve niño.
Me mira confundido, pero aun así es como si hubiera vuelto en sí. - ¿Quién? - pregunta extrañado.
Frunzo el ceño. - E.T. El extraterrestre. El clásico del cine de los 80. De Steven Spielberg. - respondo obviando. Me sigue observando sin entender. Suspiro. - Necesitas aprender cultura. ¿Qué clase de películas mirabas cuando niño?
- Nunca vi una película. - habla con voz baja.
Vuelvo a suspirar. ¿Por qué no me extraña?
- ¿Qué diablos ha sido eso? - pregunto con fastidio, cambiando de tema. - ¿Es que quieres audicionar para "El grito"? - otra vez me mira extrañado. Pongo los ojos en blanco. - Era un chiste genial y no lo has entendido. Que desperdicio.
- Lo siento, ha sido una pesadilla. - se disculpa apenado. - No quise despertarte.
- ¿Dexter te enseñaba a conducir en tú pesadilla? - inquiero divertido.
Ríe de forma forzada, y no tarda en volver a ponerse serio. - No... - murmura apartando su mirada. Quedo callado, otra vez metido en sus pensamientos.
- Ya que me has despertado, al menos podrías no dejarme con la intriga y decirme de que demonios iba la pesadilla para que gritaras como si te estuvieran haciendo un exorcismo.
Me mira firme, pero sus ojos están húmedos. - Era... era sobre mi padre. - dice con voz gélida. - Yo le... le disparaba, y al darme la vuelta... - se detiene. Es como si le costara seguir hablando. Inhala y exhala. - Había un enorme espejo, me veía a mí mismo reflejado, pero... la imagen se distorsionaba y... - las lágrimas caen por sus mejillas. - Me convertía en él. Podría sentir como si tuviera un hueco n***o en el corazón. - se lleva el puño allí.
Este niño nos salvó la vida a todos, y tiene que cargar con el peso de eso. Bastante injusto para un muchachito que ni ha vivido, tener semejante responsabilidad. En especial dado que no lo eligió.
- Lo que hiciste no te hace una mala persona. - digo. - Tú mismo lo has dicho, solo lo hiciste porque la vida de tú hermano, y la del mío dicho sea de paso, dependía de eso. No había otra forma de salvarlos. Era él, o ellos. ¿Acaso prefieres que tú hermano está muerto y tú tener la conciencia tranquila?
- Claro que no. - responde sin titubear.
- Entonces no le sigas dando vuelta al tema. - sigo con firmeza. - Lo mejor que puedes hacer es dejarlo ir. No le des la satisfaccion de que te afecte, o que te cambie de alguna forma. Eres demasiado bueno para caer en eso.
- ¿En serio lo crees? - pregunta con algo de ilusión en su mirada.
- Solo eres un niño. - respondo. - Y no lo digo como un insulto.
- Nunca creí que lo fuera...
Nos quedamos observando en silencio. Hasta que en un momento él aparta la mirada, incomodo, y puedo ver como su rostro se pone rojo. Tiene sus hombros tensos. Carraspea.
- ¿Qué mierda te sucede ahora? - pregunto con brusquedad.
- Que... em.... es... estás.... desnudo.... - habla avergonzado.
Me observo y evidentemente me encuentro como Dios me trajo al mundo. Sin una sola prenda. En mi defensa me gusta dormir así por las noches, y me desperté tan sobresaltado y confundido de la situación que ni me acordé de ponerme algo de ropa.
- ¿Que acaso nunca has visto a un hombre desnudo? - inquiero fastidiado. - No seas tan pudoroso. Ves, ahí tienes otra cosa en la que pensar en las noches. Sueña con mi bello m*****o viril, en lugar de tú padre psicópata.
Regresa la vista a mis ojos, con firmeza. - Ya te gustaría que piense en ti. - dice serio.
Se me escapa una carcajada. - Créeme niño, no podrías estar más alejado de mi tipo. Empezando porque eres hombre.
- Que cerrado.
- Y un mierda. - digo molesto. - Mira, no me pondré hablar de eso contigo, menos a estas horas. Me largo de aquí. Duérmete, que si me vuelves a despertar ahí sí que te haré gritar.
Me encamino hacia la salida.
- Astor. - me llama con voz débil.
¿Y ahora qué demonios quiere?
- ¿Qué? - pregunto tajante, deteniéndome en el marco de la puerta, dándole la espalda.
- ¿Crees... crees que pueda ir a la cocina por algo de comer? - pregunta. - Me ayudara a volver a conciliar el sueño.
No puedo evitar girarme un tanto sorprendido y también irritado. Frunzo en ceño.
- No me molestes con preguntas estúpidas. - sentencio hastiado. - No tienes que consultarme por todo, has lo que te venga en gana. No necesitas mi permiso.
Él asiente. Traga con dificultad, como sí tuviera un nudo en la garganta. Tiene su mirada brillosa de contener las lágrimas y todavía parece bastante angustiado y conmocionado.
Ahora sí que en verdad parece un niño perdido y desorientado. Y yo me siento como la peor basura del mundo, como si acabara de patear a un cachorrito rengo. Y pese a la mayoría de las situaciones, en las que estoy acostumbrado a ser visto como el diablo, esta vez me inquieta un poco. Me hace sentir incomodo y con un malestar en el pecho.
Suspiro. - Ven, me pondré unos pantalones e iremos por algo a la cocina. - digo luego de un momento. - También me vendría bien algo para comer.
Dicho y hecho, él se puso sus zapatillas, y yo regrese a mi habitación para ponerme un pantalón corto y una remera, y ambos bajamos hacia la cocina.
- Jefe, ¿todo bien? - pregunta entrando por la puerta principal uno de los hombres de seguridad.
- Si Bruce, todo bien. - respondo.
Entramos a la cocina y enciendo las luces. El niño no tarda en sentarse con cansancio en una de las banquetas altas. Apoya un codo en la encimera, y sostiene su cabeza con su mano, por lo que una de sus mejillas queda más regordeta en la parte del pómulo. Reprimo una sonrisa y me doy la vuelta para abrir la heladera.
- ¿Y bien? ¿Eres más de lo dulce o lo salado? - le pregunto husmeando a ver que podemos comer.
- Dulce. - responde.
- Mmm... puede que haya helado. Milo es adicto a esos potes que venden en el supermercado. - comento abriendo el congelador. Y como bien dije hay. Tomo el pote y me giro hacia él. - ¿Qué dices? ¿Menta y chocolate?
Sus ojos se iluminan, pero a diferencia de hace un rato atrás, ahora están brillosos de felicidad. Es la cara que llevaría un niño que acaba de entrar en navidad a la juguetería más grande del mundo, luego de que sus padres le dijeran que puede llevarse lo que quiera.
- ¿Qué? - pregunto confundido.
- Es que... me encanta el helado.
- Pues parece ser que es tú noche de suerte.
Tomo dos cucharas y me siento en otra de las banquetas a su lado. Le extiendo una y la agarra. Abro el pote y lo dejo apoyado en la encimera mientras nos turnamos por hundir la cuchara en el helado y llevárnoslo a la boca.
- ¿Era enserio eso que dijiste? - pregunto rompiendo el silencio.
Me observa confundido. - ¿Qué cosa?
Resoplo con fastidio. - Que nunca viste una película. - respondo de mal modo.
- Ah... - junta helado con la cuchara y se la mete en la boca. - Si, es cierto. Nuestro padre era reacio a todo lo que implicara tecnología. Así que nunca fuimos de tener televisión, consolas, equipos de música, o computadoras. No. Nada de eso.
- ¿Y nunca fuiste al cine? - pregunto un tanto sorprendido.
Niega. - No. - responde. - Atlas fue recién por primera vez con 30 años, hace unos meses atrás. Me contó que fue con Izan. Le encanto.
- Que va... - susurro indignado de que no haya visto algo tan básico como una película.
Seguimos comiendo helado en silencio.
- ¿Cuál es tú película favorita? - me pregunta, logrando que me sorprenda un poco y lo mire. Él sigue con su vista en el pote, metiendo la cuchara.
- Eh... hace algunos años que no miro muchas películas, pero supongo que alguna de Harry Potter. - respondo. Me observa. - No sabes quién es Harry Potter, ¿verdad?
Niega. - ¿Debería? - pregunta apenado.
Si. Si no vives debajo de una piedra.
Suspiro. - No, supongo que no. - respondo.
- Al... algún día podría verlas.... - murmura.
- Si, puedes pedirle a Dexter o Milo que te las consigan. - digo. - Seguro querrán verlas contigo.
Asiente y vuelve su vista al helado. Continuamos comiendo en silencio.
Luego de un rato, volvemos a subir. Lo acompaño hasta su habitación, y me mira un tanto confundido al ver que me detengo junto a él en su puerta.
- Vamos que te ayudo a cambiar las sábanas de la cama, estaban empapadas.
- Yo puedo solo. - dice.
Ahí están de nuevo. Esas tres palabras que denotan tanto dolor de su parte.
- No tengo dudas de eso, aun así quiero hacerlo. - digo. - No tengo ganas de discutir ni amenazarte, así que cierra la boca y hagamos esto rápido. - abro la puerta y me meto dentro. - Ve a darte una ducha caliente y cámbiate esa ropa, que te vas a enfermar, yo mientras pongo las sábanas limpias.
- Astor... - empieza a decir para replicar. Me doy la vuelta con ímpetu. Lo miro amenazante, fastidiado. Resopla resignado. - Está bien...
Él hace lo que le ordene. Busca ropa en su armario y se mete al baño. Mientras yo busco otras sábanas y empiezo a sacar las que están puestas. Al levantar una de las almohadas veo que debajo hay un pedazo de papel, que cuando lo tomo entre mis manos me doy cuenta de que es una fotografía.
En ella se ve a una mujer joven muy hermosa, que por el color de su piel parece ser latina. Tiene una larga cabellera castaña bien oscura, y unos ojos en la misma tonalidad. Lleva una enorme sonrisa muy luminosa, que en parte me recuerda un poco a la de Jun. Con ese aire infantil, cálido y despreocupado. Noto que en su hombro izquierdo tiene el tatuaje de una mariposa. El mismo dibujo que tiene él en su cuello. Con que de ahí viene. En cada una de sus piernas tiene alzado un niño y una niña pequeños, que parecen casi de la misma edad. Supongo yo son Miss Corea y su hermana la malhumorada, y la mujer debe ser su madre. Los tres están bien sonrientes.
Ahora que lo pienso, ella murió antes de que naciera, por lo que no deben tener ninguna foto juntos. Bastante triste para ser honesto.
Sigo poniendo las sábanas limpias, y una vez que termino vuelvo a agarrar la fotografía para ponerla en el lugar dónde estaba, pero me interrumpo cuando oigo la puerta del baño abrirse. Enseguida me invade un aroma muy agradable a shampoo y jabón. Levanto la vista y lo veo a él. Con una de esas remeras que le quedan bien grandes y unos shorts con dibujos. Tiene su cabello mojado.
Otra vez compartimos una mirada silenciosa. Él se percata que tengo la fotografía en la mano.
- Es lo unico que tengo de ella. - habla con voz suave. - Es su última foto. Estaba embarazada de mí.
- Era muy hermosa.
Asiente lentamente. - Gracias. - murmura. - Por todo. - agrega luego de un momento.
Yo no respondo, tan solo lo quedo mirando. Apoyo la fotografía en la mesa de noche.
- Intenta dormir. - es lo último que digo antes de salir de su habitación.