Capitulo 10

1289 Palabras
Estoy pegada mirando el paisaje. Los grandes campos de pasto, algunas pequeñas y modestas casas. Me siento como si estuviese en la película Call me by your name, no estaría nada mal que me cruzara Timothée o Armie, digo, después de todo, Colin Earls me golpeo por accidente ¿Quién puede decir eso? De pronto, veo como delante de mí se yergue una enorme construcción, antiquísima, con grandes arcos por donde pasa el bus en el que voy. Eso debe tener cientos de años. Miro impresionada como aquello sigue en pie. El bus avanza rápido por las calles, haciéndome comprender porque siempre decían que los italianos eran malos conductores. ¡Jesús! No sé cómo seguimos vivos. Los autos están estacionados en cualquier lugar, la gente cruzando por donde se le plazca, los semáforos son prácticamente ornamentales. Sin embargo, solo puedo observar maravillada aquella ciudad, donde lo moderno y lo antiguo se mezclan. ¿Cómo será vivir en un lugar así? Desde luego, lo toman por descontado. Tras cuarenta minutos de viaje, el bus se detiene en el terminal, junto a una estación del metro. Me bajo, le doy las gracias en italiano (una de las cinco palabras que me aprendí en italiano por supuesto que entre esas están “una cerveza, por favor”, prioridades). Camino con mis dos maletas a cuestas por las calles, mirando mi teléfono (suerte que mi padre me ha contratado un plan para usarlo allí, sino, habría terminado quizás donde). Siendo las diez de la mañana, las calles están repletas de gente, sobretodo turistas. Quince minutos más tarde, llego a la hostal. Entro al lugar, los suelos son de cerámicas oscuras grandes, las paredes de un color amarillo intenso. Es muy moderno. Bajo unas pequeñas escaleras, con mis maletas a cuestas, y me acerco al mesón de recepción. El recepcionista es un chico alto, de tez clara, cabello rubio y ojos azules. —Hola, tengo una reservación—digo en inglés. El chico me sonríe y asiente. —¿Nombre?—pregunta en inglés, con un acento extraño, mientras busca en el computador. —Lina Mendoza—respondo. El chico levanta la vista del computador y me mira. —¿Latina?—me pregunta en español. Asiento. —Mi familia es de Cuba, pero nací en Estados Unidos—respondo. —Soy de Argentina—dice, y me tiende su mano.— Facundo. —Un placer—le digo, estrechándole su mano. Su sonrisa se amplia. —Bien Lina, tu solicitaste una habitación mixta de 6 personas—dice, y me entrega una pequeña tarjeta.— Habitación 302, en el edificio del frente, junto al bar, debes usar tu tarjeta para abrir la puerta de afuera también. Dame tu mano—le muestro mi mano izquierda y coloca una pulsera plástica amarilla.— Con esto tienes un 20% de descuento en las bebidas que pidas en el bar. A las 18hrs damos pasta gratis, te recomiendo venir justo a esa hora, porque se acaba rápido. La cocina está aquí, en el piso de abajo—señala las pantallas de televisor en nuestras cabezas.— La pantalla de la derecha muestra las actividades que se hacen en la cocina o en la sala de estar durante la semana, la de la izquierda, las actividades del bar. Hoy hay beerpong—saca un folleto del escritorio y me lo entrega.— Un mapa de Roma. —Genial—digo, mirándolo. —¿Alguna duda?—pregunta. Levanto la cabeza y lo miro. —No, todo claro—le digo. —Cualquier cosa, no dudes en venir acá a preguntarnos a mi o a cualquiera de los demás—dice. —Gracias—digo.— Una cosa, si decido quedarme más tiempo ¿es posible extender mi estadía? —Por supuesto—dice, sonriendo. —Muchas gracias—le digo. Doy media vuelta, cojo mis maletas, y salgo del lugar. Cruzo la calle, coloco la tarjeta sobre el lector y la puerta se abre. Voy con mis maletas al pequeñísimo ascensor, espero a que las puertas se abran, subo y marco el piso 3. Mientras bajo del ascensor, me siento ligeramente aterrada de compartir habitación con cinco personas, pero como era lo más barato, no podía ponerme quisquillosa. Entro a la habitación, y excepto por un chico de aspecto ligeramente nerd que esta sin camiseta, hablando por teléfono, no hay nadie más. La habitación es amplia, con casilleros rojos al fondo, me imagino que para dejar las maletas. Hay tres camarotes, y abajo, cada uno tiene baúles, supongo que también para guardar algo. A mi derecha hay tres puertas, como de armarios, roas. Son los baños. Miro mi tarjeta, me ha tocado la cama 4. Excelente, es la de arriba. Paso junto al chico que habla por teléfono y me quito mi bolso, dejándolo colgando en una percha dentro del casillero número 4. Muevo el cuello a los lados y me agacho junto a mi maleta grande. Alguien carraspea. Levanto la mirada. El chico de aspecto nerd en realidad es bastante guapo. Tiene gafas cuadradas azules, tez clara, ojos cafés, cabello n***o corto con rizos. Se ha colocado una camiseta negra de cuello redondo, y lleva vaqueros oscuros. ¿Es que en este viaje solo me topare con guapetones? No me estoy quejando, Dios, solo quisiera saberlo para prepararme pienso para mis adentros. —Hola, soy Alan—dice en inglés, con acento británico. Madre mía, es inglés, y Dios sabe cuánto me pone el acento británico. —Hola, Lina—digo, levantándome del suelo. —¿Tuviste un buen vuelo?—pregunta. Uff, supieras querido. —Sí, gracias por preguntar—digo, asintiendo con la cabeza. —yo llegue ayer. Ahora voy saliendo, pero si quieres puedo explicarte un poco las cosas, porque a mí nadie me dijo nada—dice, rascándose la nuca. —Sí, sería muy amable de tu parte—le digo, su sonrisa se amplia. —Bueno, ya viste las literas de arriba son numero par, veo que te ha tocado el 4. Tienes un baúl abajo, pero necesitas un candado, y también el casillero. Las tres puertas de allá—dice, señalando las que supuse eran los baños.— Las dos de la derecha son inodoros y lavamanos, la de la izquierda es la ducha. Además hay dos baños afuera, junto a las escaleras, en caso de que la ducha este ocupada. Te recomiendo bastante la noche de pastas, porque conoces a mucha gente. En general, la mayoría de los turistas viene de fiesta aquí, es muy entretenido. —Excelente. Quisiera ir a caminar y comer algo ¿alguna recomendación?—pregunto. —Trastévere, es de esas típicas calles pequeñas de Roma, con muchísimos restaurantes, con comida deliciosa. Esta algo lejos, pero si quieres caminar, seria provechoso para perderte por esas calles—replica él. —Gracias Alan—digo, el me guiña un ojo. —Nos vemos en la noche—dice, y se marcha, dejándome sola en la habitación. Ordeno mis cosas, dejando mi maleta pequeña con todos los útiles de aseo, saco un poco de ropa limpia y la dejo sobre mi litera. Guardo la maleta grande. Me doy una ducha rápida, me coloco mi ropa limpia y dejo en una bolsa de género la ropa sucia, para juntarla y lavarla cuando sea necesario. Me coloco unas cómodas zapatillas y salgo a la cache con mi pequeña mochila. Está comenzando a hacer calor, por lo que me he colocado una jardinera oscura con una pequeña camiseta roja debajo, que viene a juego con mis converse rojas. Camino por las bulliciosas calles, observando maravillada los edificios, la gente hablando en italiano con su increíble expresividad. En 30 minutos, estoy junto a lo que llaman el Circo Massimo. Me siento tentada a verlo, pero siendo ya cerca de la una de la tarde, mi estómago demanda alimento. Cruzo un puente y me adentro en el barrio de Trastévere, con sus calles diminutas, el olor a pasta y pizza en el aire, junto con otras especias, los gelatos, una basílica. No logro acostumbrarme a aquella hermosura. Entro a la basílica de Santa María, maravillada por sus arcos, sus pinturas. Es realmente impresionante. Cuando salgo, camino hacia atrás y me agacho para sacarle una foto. —¿Quieres que te tome una foto con la basílica de fondo?—pregunta una voz masculina profunda. Lentamente me levanto. Él no puede estar aquí ¿o sí? Volteo la cabeza, y de pie, como cualquier escultura griega, está nuevamente Colin Earls, con una sonrisa ladeada que detiene mi corazón. —Hola Lina—susurra.   
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