Ordeno los cubiertos sobre la bandeja, intentando, inútilmente, no tener razones para hablar con él. Cuando la azafata recoge la bandeja y nos ofrece una bebida, pido una copa de vino. Excelente Lina, ayer decías que no debías beber frente a él y resulta que ahora pides alcohol, eres brillante me digo a mi misma. Ni yo me entiendo. Cuando la azafata se va, bebo un sorbo de mi copa y la deposito en la mesa.
—¿Planeas ignorarme todo el resto del viaje?—pregunta Colin de pronto. Volteo a mirarlo y esbozo una pequeña sonrisa.
—Depende—replico. Arquea una ceja, interesado por mi respuesta, y se inclina un poco hacia mí. Mi corazón comienza a latir desbocado.
—¿De qué?—pregunta intrigado.
—De si continuaras haciendo que me sonroje—respondo, elevando el mentón. Colin suelta una suave carcajada.
—Prometo que hare mi mayor esfuerzo por evitarlo, pero no es culpa mía si tus mejillas te delatan—dice. Por supuesto, mis mejillas se encienden como si fuesen un semáforo.
—Mis mejillas no son las culpables—sentencio, desviando la mirada al suelo.
—En eso tienes razón, eres tú la que se avergüenza por lo del beso, las mejillas solo reaccionan—dice. Lo miro, sorprendida por su atrevimiento. Una sonrisa burlona baila en sus labios.
—No… no me da vergüenza—miento. Colin se muerde el labio y se inclina un poco más. Virgen santa, mi corazón se va a salir de mi pecho.
—¿De verdad?—pregunta, sonriendo de lado. Desvío los ojos a mis manos, ante su intensa mirada.
Santa virgen de la sensualidad, este hombre me hará pecar pienso.
—Juraría que en este preciso momento, estas tan cohibida que no eres capaz de mirarme a la cara—continua.
Orgullosa como soy, levanto la cara y lo miro a los ojos. Intento con todas mis fuerzas colocar una expresión serena, y algo desafiante. Me aclaro la garganta y hablo.
—Me parece que estas equivocado—digo. Así se habla, Lina me felicito, al lograr controlar mi rubor y el tono de mi voz.
—Así parece, sí—dice finalmente.
La tensión que hay en el ambiente se disipa levemente. Se reclina en su asiento, y aprovecho para tomar una gran bocanada de aire para relajarme.
—¿Por qué no me cuentas más de ti? Anoche me dejaste intrigado con eso de que dibujas—dice, sin apartar su vista de mí. Sacudo la cabeza y sonrío.
—Mi vida no es nada interesante, te lo aseguro—replico.
—¿Podrías darme en el gusto, aunque sea una vez?—pregunta, con suplica.
Eso no es todo lo que te daría pienso, como la pervertida que soy.
—Solo… dibujo. No es nada del otro mundo—comento.
—Ayer dijiste que adorabas las esculturas, no entiendo porque, si te gustan tanto, dibujas. Y sé que dijiste que no era lo tuyo, pero te aseguro que con práctica podrías haberlo logrado—dice. Niego con la cabeza.
—No es falta de talento, es más que eso. Me gusta… jugar con las sombras. Me gusta que con un mismo color pueda lograr la sensación de realidad. Veras, en la escultura, es fácil y tangible hacer algunas cosas, no necesitas crear la ilusión de relieve, ya está. Pero en el dibujo… me parece mágico cuando logras hacer que sobre un papel creas que hay algo con relieve…
Y así me la paso el siguiente rato, hablando con Colin, o más bien yo hablándole a él, y el limitándose a escuchar. No me doy cuenta de que pasan horas hasta que el piloto anuncia que estamos prontos a aterrizar.
—Perdón, me la pase hablando—me disculpo cuando el piloto termina su anuncio. Colin se ríe.
—Créeme, no me ha molestado en absoluto—dice él, con aquella sonrisa suya que me hace sentir como si me fuese a derretir.
Cuando comienza el aterrizaje, coloco mi mano sobre los posa brazos, y accidentalmente toco su mano. Lo miro avergonzada.
—Perdón.
Colin sonríe. Su mano roza la mía y mi corazón se dispara. Realmente creí que llegaría con vida a Roma, pero ya veo que no.
—¿Tienes donde quedarte allá en Roma?—pregunta.
—Me han recomendado una hostal—afirmo.
—¿Puedo saber cuál?—pregunta, elevando sus cejas. Frunzo el ceño intrigada, y levanto el mentón.
—¿Por qué?—pregunto.
—Puede que la conozca, no estaría mal una segunda opinión ¿o sí?—pregunta.
—No, no lo estaría—admito.— The Yellow.
—Ah, claro que la conozco. No queda muy cerca de los lugares turísticos, pero es muy buena. Siempre hay actividades y fiesta por la noche.
—¿Has ido?—pregunto sorprendida.
—Un par de veces, no a quedarme, sino al bar—admite.
El avión tiembla, indicando que tocamos el suelo. Colin sonríe y yo sacudo la cabeza.
—Lo has hecho de nuevo—le acuso. Colin se encoge de hombros.
—No sé de qué hablas—miente.
Minutos más tarde, cuando las puertas se abren. Me levanto con mi bolso y abro la cabina. Me coloco de puntillas para sacar mi maleta, pero mi muslo duele. Estiro los brazos, pero cuando estoy por alcanzarla, alguien la toma con sus fuertes manos y la deposita sin ningún problema en el suelo. Trago saliva cuando reparo en lo cerca que estamos. Puedo sentir el calor que emana de su cuerpo.
De pie, frente a mí, me siento algo intimidada ante lo alto y musculoso que es. Una hermosa y perfecta escultura pienso para mis adentros. Una de las asas de mi bolso se desliza por mi hombro izquierdo, pero como estoy hipnotizada mirándolo, no reparo en ello hasta que él la toma entre sus dedos y vuelve a colocarla en mi hombro, rozando mi brazo en el camino. Que calor, virgen santa.
La voz de la azafata indicando que se abren las puertas me saca de mi trance. Colin se hace a un lado para dejarme pasar. Cojeo levemente, pero no es anda del otro mundo. Lo que más afecta mi andar es los temblores que siento al saber que lo tengo detrás de mí, caminando. Suerte que llevo mis mejores vaqueros, por si le da un vistazo a mi trasero pienso.
—¿Tienes que ir a buscar una maleta?—pregunta una vez llegamos a la manga. Volteo a mirarlo y asiento.— ¿Necesitas ayuda?
—Descuida—le digo.— ¿Tú no vas?
—Digamos que tengo trato especial—dice, haciendo una mueca.
—Oh—digo, porque no se me ocurre que más decir.
Cuando por fin pisamos el edificio, observo a dos hombres altos con ternos negros esperando, en una salida especial.
—Supongo que este es el adiós—dice, deteniéndose frente a aquellos hombros. Me detengo a su lado.
—Supongo.
Colin me mira, coge una de mis manos y se acerca a esta, depositando un beso en el dorso. Me rio ante su acto.
—Espero volver a verte, Lina—susurra. Trago saliva, porque se ve jodidamente sexy con aquella mirada atrayente.
—Yo también—musito.
Suelta mi mano, me guiña un ojo (ahí va otro infarto), y se va con los dos hombres por su salida especial. Ni en un millón de años volveré a ver a aquella escultura griega.