La neblina le impedía tanto poder ver como respirar, aunque tenía la vaga sospecha de que no había mucho que observar. No tenía idea de cuanto tiempo había estado en el suelo, ni cuanto tiempo llevaba caminando o si daba vueltas en círculos —lo cual no le extrañaría si así fuera—, de lo único que estaba seguro era que se encontraban en un descampado. El cielo había adquirido un tono grisáceo, como el de una piedra después de desgastado con el paso del tiempo. El suelo, que estaba cubierto con hojas húmedas, viejas y arrugadas, se hundían bajo sus pies. Jessica se preguntó cómo ella habría llegado allí. Nunca creyó que semejante silencio podría ser posible, si le hubieran comunicado que estaba sorda seguramente se lo hubiera creído. Se sintió vagamente observada e incómoda, dio media vuel

