Me acerco. La sombra de mi cuerpo la cubre. —Eres tú quién se hace daño al seguir aquí, sabes que no puedo verte como quieres —mis palabras son duras, pero no encuentro otra forma para hacerle ver que nunca voy a sentir nada por ella y el poco afecto que alguna vez hubo, Anka se ha encargado de extinguirlo. Sale de la habitación a paso rápido no se quedaría ahí para seguir humillandose y se lo agradezco. No quería herirla los siglos han pasado y su capricho no ha mermado al momento de abrir la puerta está ya había sido abierta por el mayordomo. El hombre se hizo a un lado al ver a Anka salir furiosa. El silencio vuelve. Pesado. El mayordomo sigue hasta encontrarme admirar mi último cuadro aún inconcluso. —Yo creo que le hace falta un poco de luz y suavizar las facciones del rostro.

