El calor en aquel pueblo no era una temperatura, era una sentencia.
Empujé mi maleta sobre la acera agrietada, escuchando el chirrido metálico de las ruedas protestar contra el asfalto devorado por el sol. Me senté sobre ella, sintiendo cómo la estructura de lona cedía bajo mi peso, y dejé que mi mirada recorriera, de soslayo, el páramo de polvo y desidia al que me habían confinado. El aire vibraba sobre la carretera, distorsionando las pocas casas bajas de fachadas descascaradas que se alineaban como soldados derrotados. Era un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido por falta de interés. Los pobladores eran escasos, figuras borrosas que se movían con la parsimonia de quienes no tienen a dónde ir, y la señal de mi móvil —mi último cordón umbilical con la civilización— era una porquería intermitente que apenas servía para confirmar mi aislamiento.
Parecía que mi hermana había olvidado mi llegada. O tal vez, simplemente, la idea de mi presencia en su idilio rural era tan incómoda que prefería postergarla lo máximo posible. Como si estar en ese sitio ya no fuese castigo suficiente.
Liberé un suspiro constreñido, una exhalación que quemaba en la garganta. «Tan solo un año», me repetí como un mantra, cerrando los ojos contra el resplandor cegador. Solo trescientos sesenta y cinco días hasta que la ley me declarara dueño de mis propios errores. Entonces podría hacer lo que deseara. Aunque, irónicamente, la libertad me aterraba porque ni yo mismo sabía qué era lo que buscaba en los escombros de mi vida.
Lo quise a él. Esa era la única certeza que me quedaba, y era la que más me hería. El simple hecho de imaginarlo ahora, quizá en este mismo instante, perdiéndose en el cuerpo de esa mujer en su noche de bodas, me provocaba un espasmo de náuseas. Imaginé sus manos —las mismas que habían recorrido mi piel con una urgencia que juré era sagrada— deshaciendo un vestido blanco. La bilis subió por mi esófago. El mareo comenzó a erosionar las conocidas mariposas románticas que aún yacían, moribundas pero persistentes, en el fondo de mi estómago. No eran mariposas, eran parásitos que se alimentaban de mi miseria.
Mi concentración se evaporó cuando el rugido de un motor rompió la monotonía del pueblo. Un vehículo de color cobrizo, una camioneta que cargaba más años y barro de lo estéticamente aceptable, aparcó cerca de mí, levantando una nube de polvo que me obligó a toser. Desde la ventanilla, unos ojos negros me observaron con una familiaridad que me resultó violenta. Reconocí la sonrisa amplia, casi excesiva, de un hombre al que solo había visto un par de veces en cenas navideñas que se sentían como vidas pasadas. Sus visitas a mi antiguo hogar habían sido tan escasas que su rostro era para mí poco más que una fotografía mal enfocada.
—¡ Dorian! —exclamó al descender del vehículo.
Sonrió, mostrando una hilera de dientes blancos que contrastaban con su piel curtida. Su amabilidad siempre me había resultado sospechosa, una máscara de cortesía que yo, en mi cinismo urbano, no sabía cómo procesar.
—Es bueno verte, muchacho.
Se acercó con pasos pesados y, sin pedir permiso ni considerar que yo era un manojo de nervios y sudor, me envolvió en un abrazo. Fue un contacto cálido, impregnado de un olor a tierra húmeda y detergente barato; un gesto efectivamente sofocante para alguien que llevaba meses evitando cualquier tipo de contacto humano que no tuviera un precio estipulado.
— Valeria está feliz de que estés aquí —dijo al separarse, aunque sus manos permanecieron un segundo de más en mis hombros, como si intentara calibrar cuánto había cambiado desde la última vez—. Venga, déjame ayudarte con eso.
Sin esperar respuesta, cargó mi equipaje. Observé cómo los músculos de sus brazos se tensaban bajo la camisa de cuadros, marcando venas y tendones mientras su ceño se fruncía ligeramente por el esfuerzo. Marcos era la personificación de la masculinidad rústica. Lo miré de pies a cabeza con la frialdad de un crítico; estaba bien, supongo. No era mi tipo —yo prefería la elegancia afilada y los perfumes de diseñador—, pero entendía por qué era el de Valeria. Estaba bronceado por el trabajo inclemente del campo, poseía una disposición natural para el servicio y una mirada que parecía ignorar la existencia de la maldad en el mundo.
No sabía si era un buen amante. No era el tipo de conversación que solía tener con mi hermana, no por falta de curiosidad de mi parte, sino porque Valeria siempre había sido una mojigata de manual. Mis padres preferían llamarla «tímida» o «reservada», pero yo recordaba las grietas en su armadura de santidad. La había encontrado más de una vez en su habitación de paredes rosas, fundida en besos fervientes con el capitán del equipo de baloncesto, creyendo que el silencio de la casa era su cómplice.
Lo que ocurría en esas tardes era su secreto, pero en público, Valeria era una mustia. Hablar de sexo frente a ella era como intentar explicarle la teoría de cuerdas a un gato: el resultado era siempre una retirada incómoda o un silencio sepulcral. Sin embargo, algo había cambiado cuando Marcos entró en escena. Había una forma distinta en la que ella lo miraba, una especie de devoción animal. Supuse que Marcos debía hacérselo realmente bien o, al menos, poseer la suficiente ternura para desarmar sus defensas. Tal vez su romanticismo de pueblo era la droga que ella necesitaba.
—¿Estás bien? —preguntó él, sacándome de mis pensamientos. Había un atisbo de inseguridad en su voz, como si mis silencios prolongados le resultaran indescifrables.
—Lo estoy —mentí, con la fluidez que da la práctica.
Omití confesarle que estaba diseccionando mentalmente su vida s****l con mi hermana para no sentir el peso de mi propia soledad. Quizá, si él resultaba ser un desastre en la cama, yo podría darle un par de consejos. Después de todo, yo había aprendido en los peores escenarios posibles lo que los hombres buscaban y lo que temían encontrar.
—Vamos a casa —insistió, palmeando el capó de la camioneta—. Tu hermana y los chicos se mueren por verte.
Forcé una sonrisa que probablemente pareció una mueca de dolor y subí al vehículo. La cabina era un monumento a la incomodidad. No había aire acondicionado, solo unas ventanas que bajaban a medias y un calor que se pegaba a la tapicería. Las sillas estaban recubiertas por un pelaje sintético que imitaba la piel de vaca, algo que me pareció estéticamente criminal y moralmente confuso. Nunca me había gustado la idea del sacrificio animal, aunque, en mi hipocresía habitual, no dudaba en disfrutar de un buen filete.
El trayecto hacia la casa fue un ejercicio de estoicismo. El paisaje se repetía en una sucesión de cercas de madera, pastizales amarillentos y árboles que parecían implorar por agua. Evité pensar en la ciudad, en las luces de neón que ahora debían estar encendiéndose y en el hombre que me había roto el corazón mientras me entregaba un fajo de billetes. Cuando finalmente aparcamos frente a la propiedad, mi garganta se cerró.
Era una casa campestre, sencilla pero impecablemente cuidada. Tenía ese aire de «hogar perfecto» que solía irritarme; se veía llena de amor, de risas infantiles y de una paz que yo no sentía merecer. El mareo regresó, esta vez acompañado de un vacío en el pecho.
Marcos descendió primero, dándome el espacio necesario para cerrar mi corazón bajo llave. Levanté mi armadura, me coloqué mi máscara de indiferencia y me preparé para enfrentar la mirada juzgadora de Valeria. Sabía que ella conocía la versión oficial de mi caída, la que mis padres habían redactado para salvar el honor de la familia.
Mis pies tocaron el suelo pedregoso y, de inmediato, tres perros labradores de color chocolate se abalanzaron sobre mí. Me olisquearon con una intensidad que casi me hace perder el equilibrio y, tras decidir que no era una amenaza, comenzaron a sacudir sus colas con un entusiasmo contagioso. Me incliné, permitiendo que sus lenguas calientes rozaran mis manos. El contacto con los animales siempre había sido más fácil que con las personas; ellos no pedían explicaciones.
—¡Tío!
El grito fue seguido por el estrépito de pasos corriendo. Dos pequeños de cabello castaño revuelto, copias exactas de Marcos en miniatura, salieron disparados de la casa. Antes de que pudiera reaccionar, se lanzaron contra mis piernas con una fuerza que me derribó sobre la entrada. Se rieron sobre mí, una cacofonía de júbilo puro que no supe cómo procesar. Por un instante, el peso de su inocencia me abrumó, pero luego, una risa genuina —la primera en meses— escapó de mis labios. Los rodeé con mis brazos, sintiendo cómo su ternura atravesaba mis capas de amargura.
—Van a dejarme sin aliento, pequeños monstruos —jadeé.
Se miraron entre ellos pero no se soltaron. Volvieron a abrazarme con una devoción que me resultaba ajena. Apenas nos veíamos una vez al año, a veces menos. ¿Por qué me recibían como si fuera un héroe que regresaba de la guerra? Un nudo se formó en mi garganta. No creía merecer ese tipo de cariño desinteresado. En mi mundo, todo contacto tenía un costo oculto.
—Dejen a su tío en paz, lo están abrumando —intervino Marcos.
Con una facilidad pasmosa, los levantó a ambos bajo sus brazos, cargándolos como si fueran sacos de grano. Dio dos vueltas rápidas sobre su eje mientras los niños gritaban de alegría. Me quedé sentado en el suelo un momento, observándolos. Marcos proyectaba una imagen paternal que yo solo había visto en películas de bajo presupuesto; una presencia sólida, protectora y real. Algo que mi propio padre nunca se molestó en ser.
—Cariño.
La voz de mi hermana me obligó a incorporarme. Era una voz dulce, cargada de una suavidad que me puso a la defensiva. Me sacudí el polvo de la ropa y alcé la vista, esperando encontrar esos ojos inquisidores que recordaba. Pero no hubo juicio. Su mirada azulada estaba empañada por una ternura que me dolió más que cualquier reproche. Valeria acortó la distancia y me envolvió en un abrazo tan apretado que mis costillas protestaron.
Era un abrazo que olía a vainilla y a hogar. Un contacto tan lleno de afecto que mis ojos comenzaron a picar. En medio de mi amargura, busqué refugio en su hombro, correspondiendo el gesto con una desesperación que odié reconocer.
—Te has hecho más alto —susurró contra mi oído.
Aclaré mi garganta con brusquedad y me aparté antes de que el dique se rompiera. Su cercanía era peligrosa; amenazaba con hacerme llorar y yo no había venido aquí a mostrarme débil.
—Y te has dejado el cabello largo —añadió ella, acariciando con dedos suaves los mechones negros que me caían sobre la frente.
—Crecí —respondí, tratando de sonar desinteresado—. También tú has cambiado.
La escaneé con la mirada. Llevaba un vestido holgado de algodón y un delantal azul cielo que cubría su ropa. Su cabello estaba recogido en una cola de caballo práctica, con algunos hilos rebeldes escapando por las sienes. Parecía una de esas madres de las películas de los años cincuenta, cuya única ambición era que el pastel no se quemara y que sus hijos estuvieran limpios. Era una estampa de felicidad doméstica que me resultaba casi ofensiva en su simplicidad.
—Supongo que es cosa del tiempo —dijo ella, notando mi escrutinio—. No nos vemos hace dos años.
Detecté la nota de culpa en su voz, o quizá era aprensión por la pulla disimulada que acababa de lanzar. Quería recordarle, sin palabras, que no estuvo en Navidad, que mis últimos dos cumpleaños fueron celebrados en un silencio sepulcral, esperando una llamada que nunca llegó. Me quedé mirando el reloj de pared de mi antigua casa hasta que las doce marcaron el fin de mi relevancia para ella.
— Dorian, pasa, por favor. Esta es tu casa.