Me guiaron al interior. El hogar era, como sospechaba, perfecto a un nivel irritante. Todo estaba aseado, con ese olor a cera de muebles y canela. Había juguetes esparcidos sobre la alfombra del recibidor, pero incluso ese desorden parecía coreografiado para añadir «encanto». Suspiré, sintiendo un impulso casi eléctrico de dar media vuelta y marcharme. Estar allí era un desafío mayor de lo que había anticipado: era enfrentarme a la vida que yo nunca tendría.
—Te he preparado la habitación con vista al campo —dijo Valeria mientras me entregaba un vaso con jugo de fruta natural—. Pensé que te ayudaría a sentirte más cómodo.
—Estaré bien, no tienes por qué preocuparte —repliqué, tomando un sorbo del líquido frío.
Ella abrió la boca para decir algo, probablemente una de esas frases motivacionales que sacaba de sus libros de autoayuda, pero Marcos nos interrumpió al entrar desde el porche.
—Cariño, una de las vacas se ha puesto de parto. Tengo que irme al establo ahora mismo —dijo mientras tomaba su sombrero de un perchero de madera.
Se acercó a Valeria y le dio un beso en los labios. No fue un beso rápido de rutina, fue un gesto cargado de un afecto genuino que me hizo apartar la vista. Luego, sus ojos negros recayeron en mí.
— Dorian, de verdad, es un gusto tenerte aquí.
Busqué la mentira en su tono. Busqué el rastro de la incomodidad de tener en casa al «hermano problemático», al «sucio». Pero no encontré nada más que una sinceridad desarmante.
—Hermosa, no olvides cerrar la cerca de los pollos si se me hace muy tarde —le recordó a Valeria antes de salir. La camioneta se alejó, dejando tras de sí una estela de polvo que se filtraba por la puerta mosquitera.
El silencio que quedó en la sala era denso, cargado de las palabras que mis padres seguramente habían volcado sobre Valeria antes de mi llegada. Ella suspiró y se sentó en el sillón frente a mí, entrelazando sus manos sobre el delantal.
— Dorian, mamá y papá hablaron conmigo sobre lo ocurrido.
—Sabía que no tardarías en sacarlo —mascullé, apretando el vaso de jugo.
— Marcos y yo queremos hablar sobre ciertas normas en esta casa —continuó ella, ignorando mi tono. Su semblante se volvió serio, y una pequeña arruga de preocupación se instaló entre sus cejas—. Pero antes de eso... ¿te encuentras bien?
La pregunta me descolocó. Había venido preparado para un sermón sobre la moral y las buenas costumbres, para una lista de prohibiciones y castigos. No para una pregunta sobre mi bienestar emocional.
—Lo estoy —repetí, usando la misma respuesta automática que le había dado a todo el mundo desde el escándalo.
—No me refiero a lo que hiciste, Dorian —dijo ella, soltando un suspiro pesado—. Me refiero a tus sentimientos. Según entendí por lo que dijo mamá... estabas enamorado de ese hombre.
El impacto de sus palabras fue como un golpe físico. La parte trasera de mis ojos comenzó a arder. Aparté el rostro rápidamente, fijando la vista en un cuadro de un paisaje bucólico que colgaba en la pared opuesta. Odiaba la vulnerabilidad. Odiaba que ella supiera que mi corazón había sido el daño colateral de una transacción comercial.
—Estoy bien —afirmé, endureciendo la voz—. Solo es un hombre. Hay millones en el mundo.
Fue la segunda gran mentira del día. La primera había sido decir que «estaba bien» cuando la realidad era que cada latido se sentía como un cristal roto rozando mis entrañas.
—No te presionaré si no quieres hablar de él —concedió Valeria, aunque su mirada decía que no me creía en absoluto. Se puso en pie y me hizo una seña—. Ven, te enseñaré tu cuarto.
La habitación era sorprendentemente bonita. Era amplia, con paredes de un tono crema relajante y una cama que se veía lo suficientemente cómoda como para olvidar el mundo por unas horas. Había un escritorio de madera clara, un armario vacío esperando mis pertenencias y, para mi sorpresa, una televisión de pantalla plana pequeña montada en la pared. Noté dos retratos enmarcados: Marcos, años atrás, montando a caballo con una destreza impresionante.
Sin aceptar ayuda, llevé mis maletas y comencé a desempacar con una energía frenética que buscaba acallar mi mente. Ordené mis camisas por color, alineé mis zapatos con precisión quirúrgica. En medio del proceso, una pequeña cajita de aluminio cayó de uno de los bolsillos ocultos de mi maleta. El sonido metálico al golpear el suelo me heló la sangre. La recogí con manos temblorosas, hurgué en su interior para asegurarme de que el contenido seguía allí y la guardé en el fondo del cajón de la mesa de noche.
El resto de la tarde lo pasé tumbado en la cama, mirando las grietas del techo y sintiendo una oleada de autocompasión. Me sentía estúpido. Un estúpido que había vendido su alma por una estabilidad familiar que resultó ser un espejismo.
— Dorian — Valeria llamó a la puerta antes de entrar—. La cena está lista.
No respondí, pero me puse en pie. Salí descalzo, vistiendo solo una pantaloneta corta y una camiseta sin mangas. Valeria me dio un vistazo rápido mientras caminábamos hacia el comedor. Sus ojos se detuvieron en mis piernas, donde varios moretones —algunos amarillentos, otros de un púrpura vívido— daban testimonio de los encuentros de la semana pasada. No dije nada. No tenía por qué explicarle que algunos hombres disfrutan marcando lo que compran.
En la mesa, los niños me bombardearon con preguntas sobre la ciudad. ¿Había edificios que tocaban las nubes? ¿Era cierto que la gente nunca dormía? Respondí con frases cortas, tratando de no apagar su entusiasmo con mi cinismo. Valeria finalmente los mandó callar, recordándoles que la comida era para nutrirse, no para hablar.
A mitad de la cena, el sonido del motor anunció el regreso de Marcos. Los perros ladraron y Valeria se levantó de inmediato para servirle un plato. Cuando él entró, el olor a sudor, estiércol y esfuerzo llenó la habitación. Valeria se acercó y lo besó sin mostrar el menor asco. Me quedé helado. Mi hermana, que solía bañarse tres veces al día si alguien estornudaba cerca de ella, ahora abrazaba a un hombre cubierto de la inmundicia del campo como si fuera lo más natural del mundo.
Definitivamente, el tiempo nos había cambiado a ambos.
Marcos se sentó a la mesa tras un lavado rápido de manos. Me sonrió y sus ojos bajaron inevitablemente hacia mis piernas descubiertas. Vi el destello de comprensión y horror en su mirada al ver las marcas. Lo cacé en el acto y él, avergonzado, me ofreció una sonrisa de disculpa. Me limité a encogerme de hombros y seguir masticando una carne que de repente me supo a ceniza.
Antes de empezar a comer, se tomaron de las manos.
—Señor, gracias por estos alimentos y por tener a Dorian con nosotros —dijo Marcos con una voz grave y pausada.
Casi me atraganto. ¿Valeria rezando? Ella no había pisado una iglesia desde su confirmación y siempre se había burlado de la fe ciega de nuestra abuela. No me uní a la oración, pero mantuve la cabeza gacha por puro instinto de supervivencia. El respeto era lo único que me quedaba.
A las siete, los niños fueron despachados a la cama. Cuando la pareja regresó a la sala, me encontraron sentado en el sofá de terciopelo. Había llegado el momento. No quería alargar más la agonía.
— Valeria —llamé, interrumpiendo el murmullo cariñoso que compartían—. ¿Tenías algo que decirme sobre las normas?
Ambos se sentaron frente a mí. La atmósfera cambió drásticamente; la calidez del hogar fue reemplazada por una tensión clínica.
—Queremos hablar sobre lo que nos contaron papá y mamá —comenzó ella, endureciendo la voz.
—¿Sobre qué específicamente? —pregunté, cruzando los brazos sobre el pecho. No iba a ponérselo fácil—. ¿Sobre mi mala conducta o sobre el negocio familiar?
—Sobre... lo del hombre —intervino Marcos, buscando las palabras con cuidado.
—Hombres —corrigió Valeria con una mueca de disgusto—. En plural.
—¿Se refieren a los hombres que me pagaron por tener sexo con ellos? —solté la pregunta como una granada, disfrutando por un segundo del impacto que causó.
Valeria palideció y Marcos soltó un suspiro largo.
—Queremos saber qué ocurrió, Dorian —dijo él, y esta vez no había juicio, solo una confusión genuina—. ¿Por qué llegaste a eso? Eres un niño.
—Tengo dieciocho —le espeté, y mi voz sonó más afilada de lo que pretendía—. Soy un adulto ante la ley. Y créeme, Marcos, en los lugares donde estuve, nadie me trató como a un niño. No me permitieron serlo.
—No tienes ni veinte años —insistió Valeria —. Hay cosas que necesitamos entender si vas a quedarte aquí. Tenemos dos hijos pequeños, Dorian. Necesitamos saber que podemos confiar en ti, que no traerás ese mundo a esta casa.
Ese fue el golpe bajo. El recordatorio de que yo era una mancha potencial en su cuadro perfecto.
—Hace dos años que no apareces por casa, Valeria —le dije, fijando mi mirada en la suya hasta que ella la apartó—. No llamabas, no escribías. No tienes idea de cómo estaban las cosas. El negocio de papá... está en la ruina. Si no ha quebrado ya, es porque alguien estuvo inyectando dinero de donde no debía.
Apreté los cojines del sillón. La verdad quemaba.
—Mamá no trabaja, nunca lo ha hecho —continué, y mi voz empezó a temblar a pesar de mis esfuerzos—. Los ingresos cesaron. Poco a poco, las cosas empezaron a desaparecer. Los muebles caros, la vajilla de plata, hasta mi auto lo vendieron sin preguntarme. Nos cortaron la luz dos veces. Pero ya conoces a mamá: es terca. Prefería vivir a oscuras que mudarse a un barrio más barato. Siempre le importó más el «qué dirán» que el bienestar real.
— Dorian... yo no sabía —susurró Valeria, cubriéndose la boca con la mano.
—Mi colegiatura estaba en riesgo. No tenía dinero para los materiales de la escuela. Reprobé una asignatura porque no podía comprar los libros —me incliné hacia adelante, posando los codos sobre las rodillas—. No me estoy justificando. Sé que pude haber buscado un trabajo de medio tiempo, pero ¿qué sé hacer yo? No sé cultivar la tierra como Marcos, ni sé de administración. Soy un chico de ciudad que solo sabía ser decorativo.
Ladeé los labios en una sonrisa amarga.
—Fue fácil. Conocí a un hombre en una reunión de negocios de papá. Un tipo elegante, de esos que huelen a éxito y a cinismo. Me ofreció dinero a cambio de una tarde. Dudé, por supuesto que dudé. Pero luego vi a mamá llorando porque no tenían para el mercado y lo hice. Necesitaba el dinero. Con ese primer pago pagué los servicios atrasados, mi colegiatura y compré un juego de sala de segunda mano para que mamá no se sintiera tan miserable.
—Eso no era tu responsabilidad —sentenció Valeria, y esta vez el enfado en su voz era hacia nuestros padres—. ¿Qué diablos les pasa? ¿Cómo pudieron aceptarlo? ¿No preguntaron de dónde salía el dinero?
—Les mentí —respondí con una carcajada seca—. Les dije que trabajaba con un amigo vendiendo productos de limpieza en línea. Y ellos, en su infinita conveniencia, decidieron creerlo. No les importó la verdad mientras las luces estuvieran encendidas y las apariencias se mantuvieran.
— Dorian... — Marcos extendió una mano hacia mí, pero la retiró antes de tocarme.
—No importa. Estoy bien —mentí por tercera vez—. No tienen que preocuparse. No haré nada «inadecuado» frente a sus hijos. No quería venir aquí, pero papá me dio a elegir entre este pueblo o la calle.
Valeria se puso en pie y se sentó a mi lado en el sofá. Me miró con una compasión que terminó de demoler mis defensas.
— Dorian, eres mi hermano. Mi familia. Debiste decírmelo. Podríamos haber buscado una solución juntos.
— Vale... —usé el apodo de nuestra infancia y mi voz se quebró definitivamente—. Estoy bien. De verdad.
Ella negó con la cabeza mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
—No lo estás. Tienes el corazón roto —dijo, acariciando mi mejilla con la yema de sus dedos. Sus manos estaban tibias, igual que las recordaba cuando me curaba las rodillas raspadas hace diez años.
Esa afirmación, tan simple y veraz, fue la g****a final. El dique que contenía dos años de humillaciones, de soledad, de cuerpos extraños sobre el mío y de un amor que me había traicionado, estalló con la fuerza de un tifón. La dignidad que me quedaba se evaporó en el momento en que oculté el rostro en el hombro de mi hermana.
Lloré. Lloré con una fuerza desgarradora, con espasmos que sacudían todo mi cuerpo, como si intentara expulsar el veneno que llevaba dentro. Me aferré a ella como un náufrago, sintiendo que, en medio de aquel pueblo miserable y de mi propia ruina, tal vez —solo tal vez— había encontrado un lugar donde no tenía que ponerle un precio a mi dolor.