CAP 3

2201 Palabras
El primer mes en aquel confinamiento rural transcurrió con una velocidad engañosa, como si el tiempo mismo se sintiera incómodo observando mi naufragio. Apenas tuve el aliento necesario para adaptarme a los ritmos de la casa, a los ruidos del amanecer y a las costumbres de una familia que parecía funcionar bajo un engranaje de felicidad que me resultaba, a partes iguales, fascinante y repulsivo. No dediqué mis horas a integrarme; por el contrario, después de aquella noche en la que me derrumbé sobre el hombro de Valeria frente a la mirada de Marcos, sentí que la humillación se me había quedado pegada a la piel como una costra sucia. No deseaba verlos a la cara. Mi vulnerabilidad era una mancha que no sabía cómo limpiar, así que opté por la invisibilidad. Me manifestaba en las zonas comunes solo cuando la biología me obligaba: en los momentos exactos del desayuno, el almuerzo o la cena. A menudo, incluso me saltaba esas breves apariciones porque el hambre, al igual que mi propósito de enmienda, simplemente abandonaba mi cuerpo sin dar explicaciones. Pasé la mayoría de las jornadas sumergido en un sueño pesado y sin sueños, una vigilia artificial donde la realidad no podía golpearme con su luz inclemente. En la oscuridad de mi habitación, abrazado a la almohada que se había convertido en mi única confidente silenciosa, el mundo exterior dejaba de existir. Dormir era mi única forma de resistencia; mientras mis párpados permanecieran cerrados, yo no era el chico que se había vendido por piezas, ni el amante descartado, ni el hermano roto. Era, simplemente, nada. —Tío... El sonido llegó acompañado de un golpecito rítmico en la madera de la puerta. Reconocí la voz pequeña y aguda de Leo al instante. Inspiré hondo, llenando mis pulmones con el aire viciado de mi encierro, y apreté la almohada contra mi pecho. No es que no quisiera a mis sobrinos, pero su energía era un recordatorio constante de mi propio agotamiento. Ellos vibraban con una fuerza vital que yo había perdido en algún hotel de paso de la ciudad, y enfrentarme a esa vitalidad me dejaba exhausto antes de empezar. Leo insistió dos veces más. Me hice el muerto, cerrando los ojos con fuerza, esperando que el silencio le hiciera desistir. Había perfeccionado el arte de fingir el sueño; era mi trinchera personal. Por las noches, a través de las paredes delgadas de la casa, alcanzaba a escuchar el murmullo preocupado de mi hermana. Valeria hablaba con Marcos sobre mi salud, sobre mi palidez y sobre una idea que me erizaba el vello: la posibilidad de llevarme a ver a un profesional de la salud mental. Me resultaba ofensivo. Estaba triste, sí, y cansado hasta los huesos, pero no sentía ese impulso final hacia el abismo que justificara la intervención de un extraño con un block de notas. Mi egoísmo, supongo, era lo único que me mantenía unido a la vida. Una mañana, el ajetreo habitual de la casa subió de volumen. Escuché el tintineo de las llaves, el correteo de los niños y las voces apresuradas. Valeria solía salir temprano hacia el hospital donde ejercía como jefa de enfermeras, un puesto que parecía encajar perfectamente con su necesidad patológica de cuidar a los demás. Marcos, por su parte, trabajaba en una hacienda de dimensiones legendarias propiedad de un hombre adinerado con el que, según los chismes del pueblo, había crecido. La puerta de mi habitación se abrió lentamente. El chirrido de las bisagras, que necesitaba aceite con urgencia, cortó el silencio de forma tétrica. Me giré con una parsimonia estudiada. Allí estaba Leo, el mayor, con sus ojos negros entrecerrados tratando de descifrar mi figura entre las sombras del cuarto. —¿Qué ocurre? —inquirí con la voz ronca por el desuso. Abrió la puerta de par en par, permitiendo que un rayo de sol invasivo me golpeara directamente en el rostro. Sin preámbulos, se lanzó sobre la cama, aterrizando con todo su peso sobre mi estómago. El impacto me robó el aire y me obligó a soltar un quejido. —¡Tío! ¡Mamá va a llevarme al doctor! —exclamó, enterrando el rostro en mi camiseta. Sus brazos se aferraron a mí con una urgencia que me desarmó. —¿Estás enfermo? —Me interesé, notando que su temperatura parecía normal. No quería que nada malo le pasara a esa pequeña fuente de caos. —No, es mi control de crecimiento. ¡Y van a inyectarme! —Lo último lo dijo con un pánico que solo un niño de su edad puede sentir por una aguja. —¿Le temes a las agujas? —pregunté, solo por cortesía, mientras acariciaba su cabello castaño. —No les temo... es que duelen mucho. Y después me duele más. Me quedé en silencio un momento, sintiendo su pequeño corazón latir contra mis costillas. Casi me dolió el rostro cuando intenté esbozar una sonrisa. —Duelen —admití con un susurro que Leo no pudo descifrar—, pero hay cosas que duelen mucho más, pequeño. Es solo un pinchazo. Una vez que pase, estarás a salvo y serás más fuerte que antes. —¿A salvo? — Leo levantó la cabeza, su curiosidad infantil venciendo momentáneamente al miedo. Sin embargo, el sonido de los pasos de mi hermana sobre las baldosas del pasillo lo hizo encogerse de nuevo contra mi pecho. —¡ Leo! — Valeria apareció en el umbral y encendió la luz principal. Mis orbes protestaron ante el resplandor—. Sabía que te esconderías aquí. Mi hermana no vestía su uniforme blanco. Llevaba un vestido rojo que resaltaba su figura y un labial del mismo tono que le daba un aire de autoridad inusitada. Se veía radiante, una imagen que contrastaba violentamente con mi aspecto descuidado y ojeroso. —No quiero ir, mamá —protestó el niño. Valeria acortó la distancia y se detuvo a los pies de la cama. Frunció el ceño ligeramente al mirarme. — Dorian, estás terriblemente pálido —dijo, estirando la mano para tocar mi frente—. Creo que tú también necesitas ver a un doctor. ¿No es verdad? —preguntó, apretando los dientes de esa manera en que las hermanas mayores te dan una orden disfrazada de sugerencia. Comprendí el juego. Quería usar mi presencia como un señuelo para que Leo se sintiera más valiente, y de paso, forzarme a salir de mi cueva. Por una vez, decidí no luchar. —Supongo que sí —respondí, rindiéndome. —¿De verdad? —Los ojos de Leo brillaron con una esperanza renovada—. ¿Vendrás con nosotros? —Sí. Pero tendrás que levantarte para que pueda vestirme. No puedo ir al hospital con este aspecto. El niño asintió con entusiasmo y salió corriendo hacia la sala al ver a su hermano menor manipulando uno de sus juguetes favoritos. Valeria me lanzó una mirada cargada de significado, una mezcla de agradecimiento y advertencia, antes de retirarse. Me puse en pie y el mundo se inclinó peligrosamente hacia la izquierda; el mareo me obligó a sostenerme del escritorio hasta que la vista se aclaró. Me di una ducha rápida, dejando que el agua fría arrastrara el rastro del encierro, y me vestí con algo que me hiciera sentir un poco más como yo mismo. El trayecto al hospital fue una cacofonía de voces infantiles. Mis sobrinos hablaron sin descanso sobre superhéroes y dinosaurios. Yo apenas podía seguir el hilo; mi atención estaba secuestrada por la agresividad de la luz del día que, incluso a través de mis lentes oscuros de diseñador, parecía querer perforarme los ojos. Valeria conducía con una mano en el volante, mientras la otra se movía inquieta. Por el retrovisor, notaba cómo sus ojos se desviaban hacia mí cada pocos segundos, evaluando mi estado como si fuera un paciente crítico en su unidad de cuidados intensivos. No es que estuviera enfermo físicamente, al menos no de algo que una pastilla pudiera curar. Llevaba dos semanas logrando el milagro de no pensar en Luciano, mi dulce y amargo tormento. Pero las r************* , ese cáncer moderno, se habían encargado de recordarme la realidad: Luciano se había casado. Vi las fotos de la boda, un despliegue de opulencia obscena donde él sonreía junto a esa mujer de cabellos claros y apellido impecable. Yo nunca había sido su opción real; solo fui un intermedio entretenido, un capricho que se pagaba con billetes sobre la mesita de noche. Al final, él siguió con su vida perfecta y yo terminé exiliado en un pueblo que ni siquiera aparece en los mapas turísticos. — Dorian. La mano de mi hermana sobre mi hombro me devolvió al presente. Habíamos llegado. Descendí del coche y, por puro instinto de protección personal —o quizás para evitar las preguntas de Valeria —, tomé de la mano a Leo y Oliver. Entrar al hospital con ella era como caminar junto a una celebridad local. El personal la saludaba con afecto y respeto; los pacientes la miraban con esa esperanza que se le reserva a quienes tienen el poder de aliviar el dolor. Algunos curiosos preguntaron por mí con sonrisas excesivamente amables, como si fuéramos viejos amigos. Me limité a asentir, manteniendo mi expresión neutra. No quería estar allí, pero no iba a ser yo quien manchara la impecable reputación que mi hermana se había labrado con tanto esfuerzo. —Tío, mira, allí me pesaron la última vez —señaló Oliver, apuntando a una puerta decorada con jirafas y globos—. ¡Y crecí dos centímetros! Sonreí de medio lado, conmovido por la importancia que le daba a algo tan trivial como ganar altura. —Niños, siéntense en esas sillas de colores. El doctor los llamará en un momento —les indicó Valeria. Ellos obedecieron con una docilidad inusual—. Dorian... ¿estás bien? —Me miró directamente, con una sinceridad que me resultaba inquietante. — Vale, estoy aquí, ¿no? —Me vas a mentir, lo sé. Me dirás que no pasa nada cuando te está pasando todo. Fuiste así desde niño, cargando con el mundo sobre los hombros sin pedir ayuda —apretó mi mano con una fuerza sorprendente—. Pero ya basta. Eres joven, Dorian. Quieras aceptarlo o no, eres mi responsabilidad ahora. Sentí el impulso de protestar, de recordarle que tenía dieciocho años y una vida de experiencias que ella no podría imaginar ni en sus peores pesadillas. En mi mente, yo ya era un anciano cansado, no un niño bajo su tutela. Pero antes de que pudiera espetar mi defensa, ella continuó. —Entiendo que estés enojado. Te dejé solo en esa casa cuando más me necesitabas, y lo siento. Pero no me apartes ahora que estoy aquí. Siento que te desvaneces cada día un poco más y no voy a permitir que te pierdas en esa tristeza. Haré lo que sea necesario. El nudo en mi garganta se volvió insoportable. Mis ojos escocieron, amenazando con traicionarme de nuevo. Apreté su mano de vuelta, buscando anclarme. —No estoy bien —acepté, con la voz quebrada—, pero estoy un poco mejor que el día que llegué. Eso tiene que contar para algo. —¿Puedo hacer algo por ti hoy? —preguntó ella con una sonrisa tierna. —Puedes prepararme uno de esos pasteles que ahora cocinas. No sé por qué, pero su sabor es lo único que no me da náuseas últimamente. Escuché su risita ligera, un sonido que me devolvió a nuestra infancia. —Lo haré. Y después, te invitaré a un helado. Como cuando éramos pequeños. —Dios, creo que no tomamos un helado juntos desde que yo tenía cinco años —comenté, sintiendo una extraña nostalgia. —Probablemente. En esa época yo llevaba el cabello larguísimo y tú eras mi sombra. —Y ya te enrollabas con el capitán del equipo de baloncesto —solté con malicia. Sus ojos casi se salen de sus órbitas y me mandó callar rápidamente, mirando a su alrededor con las mejillas encendidas. —¡ Dorian! No digas esas cosas. Y no nos «enrollábamos», solo nos dábamos besos inocentes —protestó, fingiendo indignación. —Deberías relajarte más, Vale. Por cierto... no escucho ruidos por las noches. ¿Van bien las cosas con Marcos o es que el campo te ha vuelto aburrida? Mi hermana se puso de un rojo tan intenso que temí que sufriera un síncope. Se atragantó con sus propias palabras, incapaz de procesar mi descaro. — Dorian Vance... —susurró entre dientes, tratando de sonar severa, pero lo único que consiguió fue que yo soltara una de mis sonrisas más cínicas. —¿Qué? Mis sobrinos no llegaron en una cesta traída por una cigüeña. —Estamos bien, muy bien —respondió finalmente, tratando de recuperar la compostura—. Marcos es un hombre maravilloso. —Vaya, así que montas al vaquero —mi comentario fue la gota que colmó el vaso de su paciencia. Valeria estaba a punto de explotar de vergüenza—. No te preocupes, sé que se escabullen al granero de atrás para que nadie los oiga. Es un buen plan, te lo concedo.
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