«Habría transcurrido un millón de años quizá cuando percibí, más allá de toda duda, que la sábana de fuego que iluminaba el mundo estaba efectivamente oscureciendo. »Pasó otro inmenso período de tiempo, y la gigantesca llama se tornó de un color cobre. Oscureció gradualmente, volviéndose rojiza, y de ahí tendió a una coloración oscura, pesada, purpúrea, con una extraña apariencia de sangre. »Aunque la luz disminuía, no veía que aminorase la aparente velocidad del sol. Aún se extendía en forma de velo deslumbrante y vertiginoso. »El mundo, hasta donde yo podía ver, se había sumido en una terrible, sombría lobreguez, como si, efectivamente, se aproximase el día final de las esferas. »El sol se estaba muriendo; de eso había poca duda; y la Tierra seguía girando aún en el espacio,

