»Estoy en la puerta y, maquinalmente, observo cómo mi mano se levanta y descorre el pestillo de arriba. Lo hace sin volición alguna por mi parte. Mientras alcanzo el pestillo, la puerta es sacudida violentamente, y percibo una nauseabunda vaharada de aire fétido que parece filtrarse por los intersticios de la puerta. Tiro del pestillo, despacio, a la vez que me debato interiormente. Sale de su hueco con un clic, y empiezo a temblar angustiado. Quedan aún el de abajo, al pie de la puerta y el cerrojo, un sólido artefacto colocado en el centro. Durante quizá un minuto, me quedo con los brazos colgándome a los lados. El influjo que me impulsa a manipular los cerrojos de la puerta parece haber desaparecido. De repente, oigo un súbito repiqueteo de hierro a mis pies. Miro rápidamente y

