—Creo... me temo que sí... lo tuve. —Entonces es suficiente, señor:.. dejadme... quizá mañana... Dejadme ahora. —Es imposible dejaros ahora —dijo Melmoth, cogiéndole en sus brazos antes de que se desplomara al suelo. No había perdido el conocimiento, ya que sus ojos giraban con expresión terrible, y trataba de decir algo. Estaban solos; Melmoth, incapaz de dejarle, dio una voz pidiendo agua; y cuando intentaba desabrocharle el chaleco y darle aire, su mano tropezó con una miniatura cerca del corazón del extranjero. El hecho de tocarla actuó en el paciente con toda la fuerza del más poderoso reconstituyente. La agarró con su mano fría, con la fuerza de la muerte, y murmuró con voz cavernosa y emocionada: —¿Qué habéis hecho? —palpó ansiosamente la cinta de la que colgaba y, tranq

