Capítulo 3 - Tarde lluviosa - mdcuatro

1253 Palabras
Fue un susurro, una voz de mando que hace estragos en mi cuerpo. —Solo concéntrate en mis caricias. Sus manos comenzaron a hacerme una especie de masaje desde mis nalgas hasta el cuello, la piel se me erizaba bajo su tacto y remataba con sus manos dentro de mi cabello, estimulaba todo mi cuerpo. Generaba sensaciones de otro tipo si tocar el lugar que estaba tan húmedo, deseoso y anhelante. Eventualmente, rozaba su pene con mi trasero, otras pasaban a lengua desde el inicio de la división de mis nalgas hasta la parte trasera de mi oreja, logrando que gimiera, comencé a moverme. » Eso es Vida. Era el bendito rey del sexo, porque sin tocarme, sin que él lo haga, mi excitación me está llevando apretar mis piernas en busca de algo de fricción para alcanzar mi liberación. —Cielo, por favor. Ni caso me hizo, estaba concentrado en repetir las caricias que me estaban llevando al límite, lo estaba logrando. De un momento a otro Roland acarició con su lengua, mi v****a y ano, repitió la acción hasta que arremetió contra ellos de manera demandante y en cuestión de segundos emití sonidos que ayudaron a liberar tensiones. Todo mi cuerpo convulsionaba mientras él seguía realizando caricias con su lengua. Me di la vuelta, por el movimiento perdió equilibrio y quedó sentado en el piso, me senté sobre su m*****o. —¿Acabo de despertar a la diosa? Le tapé la boca y comencé a moverme buscando la mayor fricción entre nosotros, sus manos se aferraron fuerte a mi cintura para hacer presión y llegar más a fondo. » Verónicaaaa, sigue moviéndote así. Su dedo buscó la unión entre mis piernas y comenzó a acariciar mi centro, me gusta el sexo con mi marido, me gusta que no nos cohibimos, nos disfrutamos, y entre movimientos circulares y punzantes fui logrando mi liberación. Le mordí el hombro para contrarrestar el grito que emergió de mi garganta, las paredes de mi vientre aferraron a su m*****o y fue él quien dio los últimos movimientos punzantes, escuchar sus jadeos característicos de su culminación me llena de satisfacción personal. » Me falta uno. Le di un manotazo, aún seguía dentro de mí, volvimos a besarnos, sus dientes sutilmente mordieron mis labios. » ¡Me mordiste depravada! —solté la carcajada—. Te voy a decir mordelona, lo estás tomando de costumbre. —Se siente rico hacerlo, debemos salir del baño, amor. —Me falta uno, y tengo días de no estar dentro de tu culito. —Los niños duermen en nuestro cuarto y nos toma tiempo hacerlo por ahí. —Por el culo Verónica, no le pongas tiza. ¿Algún día me acostumbraré a su bocota sucia? Me levanté y me metí debajo de la regadera. —En la noche. —En la noche no puedo, ya tengo la respuesta de Any. —Lo miré. —¿Para lo que me dijiste? Afirmó. Me estaba bañando de nuevo, tomó el champú y comenzó a lavarme el cabello, le gusta hacerlo. —Sí, hoy voy a hablar con los chicos y que ellos decidan. Me estaba enjuagando el cabello, el insaciable comenzó a lavar mi trasero, sé sus intenciones. —Roland… —Ni se te ocurra invocarlos. Más fue el decirlo que el escuchar los toques en la puerta, su expresión fue para alquilar balcón. —¡Papi, mami, tengo pipi! —dijo Enrique. —¡Y yo popo! —gritó Liam. Sin dejar de reír, terminé de enjuagarme. Tomé la salida de baño, Roland continuó bañándose y me miró señalando que tenía su erección plena, le guiñé un ojo y cerré la puerta; nuestro baño era como un apartamento, la espaciosa ducha era privada, el inodoro también era privado, los lavamanos están a un lado en ese elegante mesón, era una belleza nuestro baño. El área húmeda y de higiene se puede aislar del imponente closet. Abrí la puerta y Enrique corrió a hacer del número uno, el niño sale y Liam corrió a hacer del dos. —Mami tú me limpias, ¿cierto? Afirmé, se acomodó sus lentes y se encerró en el área del inodoro, Roland salió de la ducha con la toalla en la cintura. Todos mis hijos hablan muy bien, en ocasiones salen con unas palabras todas raras, estaban en vacaciones de verano, y ya en agosto ingresarán al colegio por primera vez. El padre no ve la hora que así sea, según él las mañanas serán solo para nosotros sin interrupciones. —¡Lindos ellos! Enrique se conectó a los puñitos con su padre y salió del baño, tomé mi ropa interior, y ropa para estar en la casa cómoda. —¡Mami ya! —mi marido me dio una nalgada, fui a auxiliar a uno de mis bebés. De regreso a la habitación, Roland se encontraba en la esquina de la cama, Enrique se había acostado de nuevo, y como la tarde estaba tan sabrosa, Liam se acurrucó al lado de su padre. —¿Quieres comer amor? Afirmó. Fui en busca de su plato de comida, al regresar él estaba mirando el torrencial aguacero desde la ventana. » Toma Cielo. Inés había hecho costillas BBQ, arroz y ensalada, le puse su jarra de jugo, me senté a su lado acompañándolo a comer. —¿Crees que ellos acepten, Vida? —Si de algo estoy completamente segura Roland, es de la lealtad que todos ellos te tienen. Además, es precioso lo que quieres hacer. —Verónica, te queda prohibido ir al cuartel. —¡Ya lo sé!, todo este año me lo has dicho. —No quiero que te encuentres con algo que no quiero que veas. —Ya aprendí la lección —dije, desde lo que pasó con el ficticio matrimonio de Arnold he sido muy juiciosa. —Con usted mujer bonita, no se sabe. Siempre me sales con sorpresas. —Le saqué la lengua. —No voy a ir a menos que mis hijos lo requieran. Se puso a comer, estaba terminando cuando tres truenos y posteriormente los relámpagos impactaron de manera abrupta, Victoria gritó, salió corriendo a mi dirección. —Mami… ¡Papiiii! Hasta ahí llegó la protección materna, vio a su papá y se lanzó a los brazos de su adoración. Victoria idolatra a su padre, él ni corto ni perezoso la consciente todo lo que ella le pide. Aunque en esta ocasión mi princesa temblaba. —Ya princesa. —comenzó a arrullarla. —No sé por qué le tiene tanto miedo. —comenté. Roland comenzó a pasearla por toda la habitación, Victoria tiene el mismo color de cabello y mis ojos, los chicos nacieron con los ojos de su padre, no obstante, ella era mi mini copia. Llevé los platos a la cocina y le preparé un vaso de leche con azúcar tibia a la niña. Al llegar, ella estaba con los ojos abiertos esperando su leche, se la tomó y volvió a poner su cabecita en el hombro de su padre. Mientras él la tranquilizaba yo me metí debajo de las cobijas, el día estaba muy frío. Extendí mi brazo para abrazar a dos de mis hijos, mi esposo se acostó en el otro extremo y abrazó a otros dos tomando mi mano, creamos un cerco de protección, algo debieron sentir, porque ninguno volvió a brincar cuando caían los truenos. Mi esposo me miró, me guiñó un ojo, para luego decir «te amo» —dijo—. Y así nos quedamos dormidos.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR