Napoleón. El sábado pasamos todo el día en la cama... amándonos, complaciéndonos. Pedimos mucha comida, tanta que yo particularmente parecía un cerdito por lo rellenito que estaba. Ella, preciosa desnuda o con mi ropa puesta ¿cómo pueden quedarle mejor mis camisas? Nunca dejé de tocarla, de acariciarle y decirle cosas dulces al oído, su piel deliciosa y suave como la seda me incitaba tanto que no podía dejar de besarla y mimarla. Dormí como un bebé, a su lado es más sencillo, más calmado, mas sosegado, entonces Jena si tenía razón. Ella me va a cuidar. Ella es mi ángel. — ¿Aun en la cama perezoso? – asiento, viene con una bandeja de desayuno en las manos completamente desnuda, no puedo moverme de la impresión y los dolores musculares —. Son las diez de la mañana – coloca la bandeja

