Cubriéndose los oídos, Nadia miró a Caleb y le pidió ayuda con la mirada. En lugar de decir algo, Caleb miró fijamente a Celeste y dijo: —Así que has estado en guardia contra mí desde el momento en que te hiciste cargo de esta empresa. En el tono de Caleb había una tristeza inesperada. Sin embargo, aquella emoción solo complació a Celeste. «¿Entonces es mi culpa que no hayas podido arrebatarme mis activos?», pensó ella. —Por supuesto que lo estuve —respondió Celeste con una leve sonrisa—. De lo contrario, tu plan habría tenido éxito, ¿no? No hubo sarcasmo en su voz. Celeste simplemente enunció un hecho. Y, precisamente por eso, sus palabras hirieron aún más a Caleb. Porque a Celeste ya no le importaba en absoluto lo que Caleb hiciera. —Entonces no tendré piedad —dijo Caleb, apreta

