El aire dentro de la mansión Evans estaba denso, la atmósfera estaba cargada de secretos no dichos y de intenciones ocultas que pesaban sobre todos los presentes. La tormenta fuera era la misma que rugía en el interior de Maeba. Había algo en el comportamiento reciente de Nathan que la preocupaba más de lo que deseaba admitir. A su modo e ver, Eysi, estaba alterando el frágil equilibrio de la familia Evans, un equilibrio que Maeba había cuidado con tanto esmero durante años con la intención de ocupar el lugar del que se siente merecedora. Había visto cómo Nathan, aquel hombre despiadado, había comenzado a actuar de manera extraña en su presencia. Casi como si estuviera... humanizándose por ella. Esa idea la aterraba. Nathan nunca debía cambiar. Nunca. No con Eysi ni con ninguna otra mujer

