Horas después, cuando el ama de llaves lo encontró en el jardín interno, sentando entre las magnolias con las piernas cruzadas, Ezra parecía ajeno a todo. Tenía un pequeño palito en la mano con el que trazaba figuras imprecisas en la tierra húmeda. A su lado, unas cuantas piedras estaban cuidadosamente ordenadas por tamaño, como si fueran parte de un ritual secreto. El silencio que lo rodeaba no era incómodo, sino casi deliberado, como si él mismo lo hubiese tejido a su alrededor. —¿Qué haces aquí? —preguntó la mujer, con tono más curioso que severo, aunque no logró ocultar el desconcierto en su rostro. Ezra levantó la vista con lentitud. Sus ojos, grandes y opacos, no mostraban ni alegría ni miedo, solo una calma inquietante. —Nada. Pensando —respondió con un tono de voz apenas por enc

