Eysi terminó su primer día de trabajo con una desazón que le pesaba en el pecho como una piedra húmeda. Al llegar al hostal, fue directo a buscar a Suky, que la esperaba con los brazos abiertos y una sonrisa ansiosa. Aquella alegría infantil solo agudizó su culpa y tristeza. Durante la noche, tuvo sueños rotos. Fragmentos de memorias: una voz que susurraba su nombre, una casa parecida a esta, una sombra en la puerta. Se despertó con el corazón latiendo como un tambor. Afuera, un cuervo graznó sobre una rama seca. Era demasiado temprano, pero ya no podía dormir. Ese día la asignaron a la limpieza de la biblioteca. La habitación era imponente, con estanterías que llegaban hasta el techo, escaleras corredizas de madera y cortinas de terciopelo rojo que olían a polvo y encierro. Al pasar el

