||El Círculo De Los Ricci: Sombras en el Diamante||
«Thiago»
El sol de la tarde golpeaba la fachada de la universidad, pero para nosotros, el aire siempre se sentía frío. Al salir, nos detuvimos en la entrada como una muralla de carne y hueso. Ocho hermanos, ocho sombras que dominaban Black Diamond.
—Padre quiere que vayamos a casa —anunció Gael, sin apartar la vista de su teléfono—. Dice que mamá Gina tiene una noticia urgente.
Intercambiamos miradas. En nuestra familia, "urgente" solía significar problemas o negocios, y en Black Diamond, ambas cosas eran lo mismo.
Lancé una mirada a mis hermanos. Akary (21), el mayor, ya analizaba el entorno con esa seriedad gélida que lo caracterizaba. A su lado, los gemelos Daniel y Deimel (21) fingían pelear por una estupidez, pero sus ojos escaneaban las salidas. Azael (20) y Gael (20) compartían un silencio cómplice, mientras Lexus (21) se ajustaba la chaqueta, disfrutando de las miradas de deseo de las estudiantes.
Y luego estaba Akel (20).
Él era el enigma que ninguno de nosotros lograba descifrar. Desde aquel suceso oscuro en su pasado, el diagnóstico de alexitimia lo había convertido en una estatua de hielo. No hablaba, no sentía, o al menos eso nos hacía creer mientras consumía cigarrillo tras cigarrillo, perdiéndose en el humo y en la nicotina.
—Ay, no. Aquí viene la "princesa" —gruñó Gael.
Sandra se acercaba con su séquito, Amelia y Rosa, moviéndose como si el campus fuera su pasarela privada. Ella se creía nuestra "princesa", un título que perdió hace mucho debido a sus errores. Ahora, mis hermanos la trataban como un juguete de aprendizaje, un castigo silencioso.
—Hola, amores —dijo con voz melosa, intentando tocarnos a Lexu y a mí. Él se apartó con una mueca de asco. Sandra ocultó el dolor tras una sonrisa plástica. Ella pensaba que algún día reinaría con nosotros, pero en el Círculo de los Ricci existen leyes que una mujer como ella jamás podría cumplir.
—Vámonos —soltó Akel. Su voz, ronca por el tabaco, cortó el aire como un cuchillo.
No esperamos. La dejamos con la palabra en la boca y nos subimos a los Jeep Commander negros con detalles dorados. El rugido de los motores fue el único adiós que recibió.
Media hora después, entrábamos en la mansión de los Ricci. El ambiente en el comedor era pesado. Nuestro padre, Paolo Ricci, presidía la mesa con esa aura de ex-militar que hacía que hasta el aire se detuviera. A su lado, Isabel y Bianca, dos de nuestras madres, esperaban en silencio. En nuestra familia, la poligamia no era un escándalo, era una tradición de poder.
—¿Para qué tanta urgencia, Padre? —preguntó Azael.
—Esperen a Gina —sentenció él.
Doce minutos después, el eco rítmico de unos tacones anunció su llegada. Gina, quien manejaba la cafetería del pueblo por puro placer táctico, entró con una chispa peligrosa en los ojos. Tras los saludos, soltó la bomba.
—Hay sangre nueva en el pueblo —soltó sin preámbulos, mientras se servía una copa de vino.
—¿Nuevos en Black Diamond? —Azael arqueó una ceja—. Nadie llega aquí por accidente.
—Dos extranjeras. Latinas según su acento —explicó Gina, y sus ojos brillaron con una curiosidad peligrosa—. Una chica de unos diecinueve años, Ángel, y su hermana pequeña, Kelly. Entraron a mi café esta mañana. La mayor... es un muro. No pude leer ni un solo pensamiento en su rostro, pero sus nudillos estaban blancos de tanto apretar los puños. Y la pequeña... la pequeña tiene los ojos de alguien que ha visto el infierno de cerca.
Gina hizo una pausa, saboreando el misterio.
—Le advertí sobre los peligros de la noche en este pueblo. Me devolvió una sonrisa que me heló la sangre, me hizo dudar de quién es la verdadera presa aquí. Esa niña no es una turista, Paolo. Esa niña esconde algo que quema.
—Manténganse alejados —ordenó nuestro padre, su voz resonando en las paredes—. No quiero que se repita lo de hace dos años. Si se cruzan con ellas, observen, pero no intervengan. Al menos, no hasta que sepamos qué demonios buscan aquí.
¿Como era ella?- pregunta Daniel curioso, presto atención a la descripción de la habitante desconocida
Pelinegra, Ojos marrones oscuros, cuerpo hermoso, no es ni delgada ni muy gorda está en el punto, y no pude detallarla más- suelta como quien habla del clima
Tengo hambre- suelta Daniel y su gemelo asiente, su comentario hizo que el ambiente tenso se relajara
Vamos a la feria del centro comercial a comer- dice Azael, todos nos levantamos y nos encaminamos hacia allá
Ignorar una orden de Paolo Ricci era peligroso, pero el destino tenía otros planes. Decidimos ir a la feria de comida del centro comercial. Entre el olor a hamburguesas y las miradas curiosas de la gente, ocurrió.
—¡Ay! —Un grito agudo nos hizo girar.
Una pequeña de cabellera castaña acababa de chocar contra las piernas de Akel. Se separó rápidamente, mirando a su alrededor con pánico.
—¡Carajo! Ya la perdí —soltó la niña.
—¿Qué dijiste? —Gael la miró con los ojos como platos. No tendría más de ocho años..
—Cara... jo —repitió ella, desafiante.
—¿Dónde están tus padres, niña? —preguntó Deimel.
El rostro de la pequeña se transformó. El brillo de sus ojos se apagó, reemplazado por un vacío aterrador.
—No tienen derecho a nombrarlos —susurró con una voz que nos heló la sangre—. Ellos no son padres. Ellos están en las llamas.
Empezó a hiperventilar, tocándose la cabeza y negando frenéticamente.
—Necesito a mi hermana... la necesito... —Presionó con urgencia un dispositivo n***o en su muñeca que parecía cualquier cosa menos un reloj.
—¡Kelly! —Un grito desgarró el bullicio de la feria.
Una figura pelinegra se abrió paso entre Akary y Azael, empujándolos con una fuerza sorprendente. Se plantó frente a la niña. Kelly se aferró a sus costados con tal fuerza que noté cómo sus uñas se hundían en la carne de la mayor.
—Joder, Kelly, te dije que no te despegaras —le reprendió la joven de espaldas a nosotros. Tenía una figura imponente, envuelta en una camisa de leñador que no lograba ocultar un tatuaje en la base de su espalda.
—Hum —carraspeó Gael para llamar su atención.
Ella se giró. El tiempo pareció detenerse. Tenía una cara angelical, pero sus ojos oscuros albergaban una profundidad que gritaba peligro.
—¿Se les perdió algo o les debo dinero? —preguntó ella, escaneándonos sin un ápice de intimidación. Sus ojos se detuvieron un segundo más de lo normal en Akel—. Disculpen... ¿ustedes son?
—Ellos son los Ángeles que me contaste, Ángel —dijo la niña, ya más calmada.
—Niña, nosotros no somos ningunos jodidos ángeles —repliqué yo, cautivado por la belleza letal de la mayor.
Ángel, como la llamó su hermana, suspiró y sacó un paquete de su bolso. Le dio instrucciones a la pequeña sobre unas pastillas y comida, mandándola a una mesa lejana. Pero antes de irse, la niña nos susurró: "No le digan que dije una grosería".
—¿Qué grosería dijiste, Kelly Keller? —La voz de Ángel cambió. Ya no era protectora; era autoritaria, oscura.
La pequeña palideció y empezó a balbucear excusas sobre cómo el nombre de sus padres la había hecho perder el control. Ángel se agachó y, con una precisión quirúrgica, le aplicó algo en el cuello usando su propio reloj.
—Vete —ordenó. Kelly se despidió de nosotros como si estuviera drogada—. "Chao, Ángeles Oscuros".
—¿Qué le pusiste? —preguntó Akel, rompiendo su silencio habitual.
Ángel lo miró fijamente. Una chispa de reconocimiento o curiosidad cruzó sus ojos oscuros antes de cerrarse de nuevo.
—No les importa —soltó con voz ronca. Miró su reloj y luego su mano. Unas gotas de sangre escurrían por sus dedos, producto de los agarres de su hermana—. Lo siento... debo irme.
Se alejó sin mirar atrás. En el suelo, quedaron pequeñas manchas rojas.
—Es rara —comentó Akel.
—Y lo dice el más normal del grupo —ironizó Daniel, aunque todos estábamos pensando lo mismo.
Esa chica no era una turista. Sus manos sangraban, su hermana hablaba del infierno y ella nos había mirado como si supiera exactamente quiénes éramos.
—¿Qué esconderás, Ninfa oscura? —susurré para mí mismo.
En Lake Diamond Black, la belleza suele ser el camuflaje preferido de los monstruos. Y ella era la criatura más hermosa que había visto jamás.