||Sombras En El Campus||
«Ángel»
Hoy regreso al campo de batalla: la universidad. Segundo año, tres carreras —Psicología, Fotografía y Criminalística— y una mente que no me da tregua. Mi memoria fotográfica es una bendición para los exámenes y una maldición para el alma; no puedo olvidar nada, ni siquiera lo que daría mi fortuna por borrar.
Anoche, el encuentro con ellos seguía quemando en mi mente. Ocho hombres que parecían esculpidos en el mismo mármol oscuro. Todos con ese tatuaje críptico detrás de la oreja: una corona sobre una letra 'R'. Piercings que brillaban con frialdad, cuatro pelinegros, dos pelinegros con mechas blancas, uno con cabello platinado y un Peliblanco puro, y ojos que desafiaban la genética, desde el azul glacial hasta la heterocromía que uno de ellos presumía orgulloso mientras otro lo intentaba ocultar tras un lente de contacto.
Están rodeados de una oscuridad densa. Casi puedes oler la sangre y el poder.
—Cállate, Alexys —susurré para mis adentros, acallando a esa voz que siempre intentaba ver más allá de lo evidente.
A las 5:00 AM ya estaba en pie. El ritual de preparación fue meticuloso. Pantalón blanco rasgado, chaqueta de cuero vinotinto y una coleta alta que mantenía cada cabello en su sitio. Despertar a Kelly fue, como siempre, una batalla contra un tronco inamovible, pero el olor de las arepas con queso paisa tostado —el único consuelo real que nos quedaba de Venezuela— terminó por sacarla de las sábanas.
Lavo todo cuando terminamos y detallo a Kelly, está vestida con un uniforme escolar básico azul marino con camisa blanca y zapatos blanco, su cabello está en una trenza que le cuelga del hombro
La dejé en su colegio con una advertencia grabada a fuego: "Sin problemas, pero no dejes que nadie te pise".
Llegué a la universidad una hora antes. Necesitaba aire, o quizás, necesitaba esa dosis de vértigo que solo el borde de un edificio puede darte. Me senté en la cornisa del techo, con las piernas colgando hacia el vacío, mientras masticaba un Dorito con la mirada perdida en el horizonte.
—¿No vas a lanzarte? —Una voz ronca y seca rompió el silencio a mis espaldas.
No me inmuté. Mantuve el Dorito en la boca y giré la cabeza lentamente. Era el peliblanco de ayer. Vestido de n***o, con lentes de sol que ocultaban su mirada pero no su desprecio por la vida. Se sentó a dos metros de mí, respetando un espacio que vibraba con tensión.
—No son dignos de presenciar mi muerte —respondí con sencillez.
Pasamos treinta minutos en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el crujir de mis snacks. Antes de irme, lo detallé: el tatuaje de la corona, el piercing en la ceja y esa aura de "lobo solitario" que lo envolvía como un sudario.
—Disfrútalos —le dije, extendiéndole la bolsa de Doritos—. Y no te lances todavía; Quiero ser yo quien vea cuando te rompas.—le dije devolviendo la broma de hace rato.
Entré a mi clase de Fotografía con el pulso acelerado. Me senté en la tercera fila, aislándome del mundo con mis audífonos.
«Lexu»
Entramos a la facultad como los dueños de todo, porque lo somos. Los Ricci no caminamos, colonizamos espacios. Akel, como de costumbre, se perdió entre las sombras del edificio antes de la primera hora.
Más tarde, lo encontramos cerca del salón de fotografía. Estaba masticando algo naranja con una expresión de desconcierto.
—¿Qué es eso? —preguntó Thiago, curioso. Akel simplemente nos extendió el empaque. Sabía a gloria y a algo prohibido.
—Se llaman Doritos —dijo Daniel, leyendo la bolsa—. ¿De dónde los sacaste?
Akel señaló con la barbilla hacia el interior del salón. Allí estaba ella. La extranjera del centro comercial. Escuchaba música, ajena al mundo o fingiendo muy bien que lo estaba. Entramos todos, incluso los que no teníamos clase ahí; el profesor de Administración no había llegado y la curiosidad por la pelinegra era un veneno que ya corría por nuestra sangre.
—¿Quieres presentarte? —le preguntó el profesor Hays a la chica nueva.
—No —respondió ella. Una sola palabra. Fría. Cortante. Sin adornos.
Los murmullos estallaron. Nadie le decía "no" a un profesor en esta universidad, y mucho menos con esa indiferencia soberana. Pasamos dos horas observándola. No era normal. Su forma de moverse, la forma en que ignoró nuestra presencia incluso cuando salimos del aula... era un desafío directo a nuestra existencia.
«Ángel»
—Para este semestre —anunció el profesor al final de la clase—, su proyecto debe reflejar el significado de la vida y la muerte. Quiero ver el alma a través del lente.
Sonreí para mis adentros. La muerte y yo éramos viejas conocidas.
Al sonar el timbre, salí sin mirar atrás. Sentía sus ojos en mi nuca. Ellos no estaban acostumbrados a ser ignorados, y yo no estaba acostumbrada a que me importara.
las miradas en el pasillo eran como cuchillos. Deseo, envidia, odio.
Míralos, pobres... Piensan que eres una presa más, sus miradas demuestras deseo por nuestro cuerpo, envidia porque los hombre nos ven a nosotras, odio sin conocernos, y pocos te miran con curiosidad
No voy a ser tan estúpida como para sentarme en la mesa que nadie se sienta, y que está en el medio, veo una mesa pequeña en una esquina pegada a la pared, y me siento ahí. dos figuras se plantaron frente a mi mesa
¿Hola?- digo dudosa pero con una sonrisita
Esto de ser agradable es frustrante
Ropa de marca, manicure recién hecha, cabello súper cuidado, ellas están en la élite... Aquí todos tienen dinero pero el anillo que carga en el dedo anular se lo he visto a pocos aquí
—Eres nueva —afirmó una de ellas—. Soy Mel y ella es Mad.
—Ángel —respondí sin dejar de comer mi pizza.
—¿De dónde vienes? ¿Qué estudias? —Las preguntas llovieron sobre mí. Respondí con la precisión de un informe policial.
De pronto, el murmullo de la cafetería murió. Por la puerta principal entraron ellos: los ocho hermanos Ricci, caminando con una sincronía aterradora. En el centro, una chica los acompañaba con aire de suficiencia.
—Son los reyes de este pueblo —susurró Mad—. Y ella es su novia.
—¿De todos? —arqueé una ceja. Analicé la escena: la forma en que el de cabello platinado la miraba, el fastidio apenas contenido en los otros, la falta de contacto físico real—. No lo creo. Hay tensión, pero no hay devoción. Solo el platinado parece estar involucrado, y ni siquiera parece amor. Los demás solo la toleran.
Las gemelas me miraron con la boca abierta. El silencio se prolongó hasta que el timbre nos obligó a movernos.
Caminaba hacia mi casillero con Mel y Mad cuando alguien me bloqueó el paso. Un perfume familiar, caro y cargado de recuerdos peligrosos, inundó mis sentidos.
—Hola, hermosa —dijo una voz que me hizo tensar cada músculo.
Subí la mirada. Un rubio de ojos divertidos y sonrisa de demonio me observaba. Alex.
—Hola, bombón —respondí, entrando en el juego. Puse mis manos sobre sus hombros, sintiendo la mirada de los ocho hermanos clavada en mi espalda desde el final del pasillo.
—Tenemos audiencia —murmuró él, acariciando mi mejilla—. Como en los viejos tiempos, Ale... ¿Te acuerdas de esto? —Su mano bajó a mi cuello, apretando con esa presión posesiva que tanto odiaba y amaba en el internado.
Sentí el pulso acelerarse. Me acerqué a su boca hasta que nuestras respiraciones se mezclaron.
—Claro que me acuerdo —susurré. Y, antes de que pudiera besarme, le propiné un golpe seco y preciso en la entrepierna.
Alex se dobló con un gemido ahogado. Las gemelas soltaron un grito ahogado y los 8 diablos se quedaron estáticos, procesando la escena.
—Ángel —corregí con una sonrisa gélida—. Me llamo Ángel, Alex.
—¿Se conocen? —preguntó Mad, recuperando el habla.
—Estuvimos en el mismo internado —logró decir Alex, recuperando el aliento y lanzándome una mirada cargada de una promesa peligrosa—. Ella siempre ha sido... agresiva.
—Fue un gusto para ustedes compartir conmigo —dije, mirando a los 8 Demonios con una mezcla de burla y superioridad—. Y un deleite para mis ojos ver a semejantes demonios. Pero tengo clase de atletismo.
Me giré, pero la duda me asaltó a mitad del pasillo.
—¡¿Dónde diablos queda la pista?!
Las risas de las gemelas y la mirada penetrante de los ocho hermanos me siguieron mientras corría hacia el otro lado del campus. El juego había comenzado, y en Lake Diamond Black, yo no iba a ser la presa.