El Z del Nitrógeno es siete, y su masa atómica , redondeada da como resultado catorce, entonces N es igual a siete. Siete protones, siete electrones y siete neutrones.
¡Vaya! Lo había hecho perfecto. Y yo que desde hace una semana venía haciéndome la cabeza con que reprobaría química.
Sujeté la hoja A4, que a esta altura, después de tantos borrones nerviosos, ya se notaba sucia. Gracias a Dios que la profe Rawson es mas improlija que paciente de parkinson no medicada, ya que esto le impide una posición correctiva antes los posibles errores que pudiéramos llegar a tener en la presentación de los trabajos. Sería como si ahora llegara mi tío fanático del vino en caja y te diera una charla sobre lo mal que está el consumo excesivo del alcohol.
Contradictorio, ¿no?
Le eché un último vistazo a mis respuestas (que, a pesar de ser solo cinco, venían carcomiendome por dentro). Sólo trataba de encontrar ese error que me podría estar alejando de un diez. Aparte, de paso, el liquido corrector terminaba de secarse. Lo ultimo que necesitaba era que la carpeta de la profe se manchara de ese blanco permanente y nada mas por hija de perra rencorosa me bajara la nota.
En otro momento habría recurrido a la técnica de secado acelerado, esa que nunca falla... O en otras palabras, soplarle para que se seque más rápido.
Apoye la yema del dedo sobre el liquido, y una vez que comprobé que, a pesar de su textura aun pastosa, ya no se adhería a mi piel. Así por lo menos lograba asegurarme de que no habrían accidentes de los que lamentarme.
Tomé una bocanada de aire en mis pulmones, y con un intento de demostración de seguridad, me levante de un salto de mi silla. Por alguna extraña razón ahora me sentía enérgico. Era como si mi mente acabara de ponerse en modo: al demonio, que pase lo que tenga que pasar.
Como consecuencia de mi ridícula determinación, hice movimientos bruscos, y qué producen los movimientos bruscos: ruido. No importa si es mucho o poco, pero resuena como si se tratara de una bomba de ISIS siendo detonada en ambientes cerrados y silenciosos, como lo era el aula diecisiete aquella tarde.
Al parecer, cuando me levanté, corrí el banco unos centímetros hacia delante. Esto siempre era necesario, ya que gracias a la superpoblación de alumnos que se estaba viendo en el instituto últimamente, todos entrábamos a presión, como si fuéramos treinta salchichas en un paquete de seis.
El metal (oxidado, encima) de las patas de la mesa hizo un chirrido horrible contra los cerámicos. Se oyó como si un caballero de la edad media se estuviera arrastrando por el piso.
-Shhh -escuché que me callaron los otros veintitrés del curso, todos al mismo tiempo.
¡Uau! Que coordinación. Ojala se organizaran así de bien cuando tocara hacer trabajos grupales.
-¿Qué? -exclamé quejoso, incómodo ante la mirada de todo el curso.
-Shhh -me repitieron.
Puse los ojos en blanco. Por lo visto hoy no estaban dispuestos a dar respuestas, y si ellos no me la daban, yo iba a tener que buscarlas por mi cuenta.
Ya estando de pie, hice un recorrido panorámico por toda el aula. Nada parecía estar fuera de lo normal. No estaba el preceptor, y, como es de esperarse en una evaluación, la profe no estaba explicando nada.
¿Entonces qué?
Espera un segundo... ¡La profe!
Giré mi cuello rápidamente en dirección al fondo del aula. La brusquedad fue tanta que incluso puedo jurar que escuché crujir uno de los huesos de mi columna alta. Entonces la vi: la profe Rawson estaba toda torcida como una condenada en su silla, con los pies levantados sobre otro asiento vacío frente a ella. Para volver aún mas cómica la escena, justo que mis ojos se posaron en ella, como si fuera un reflejo de sus sentidos inconscientes, empezó a roncar.
Ahora no solo teníamos una anciana semi albina despatarrada en su silla, sino que también sonaba como ventilador de techo mal puesto.
En mis dos escasos años en ese colegio, había visto cosas muy extrañas (como coqueteos mal disimulados del vice hacia las profesoras mas jóvenes, o inscripciones perturbadoras en la puerta del baño), pero nunca nada de eso fue tan sobrenatural como ver a Rawson sacando a relucir sus mejores ronquidos.
-¿Lo ves? -preguntó Javi, entre risas mal contenidas que lo hacían sonar como si estuviera teniendo un paro respiratorio.
Él era... ¿Cómo decirlo? Un alumno regular. Le costaban las matemáticas, dibujaba como niño de cinco años con ataques nerviosos y solía verlo cabecear del sueño en historia. Eso sí: tenía una impresionante actitud de extrovertido que le permitía relacionarse a la perfección con los maestros, siempre inclinándose por lo divertido pero sin ser burlista o quedar como banana.
-Sí -asentí rápidamente, como si una descarga eléctrica estuviera tomando posesión de mis músculos.
Todos soltaron una carcajada que venían conteniendo desde hace un buen tiempo. La mayoría (incluyéndome) lo hizo bien bajito, incluso algunos de manera inaudible, pero los mas jetones (como Sara, o Juani) demostraron que son aptos para remplazo de alarma de auto en caso de mal funcionamiento.
Enseguida, ante nuestras miradas de reproche, se dieron cuenta de su error y se callaron por la fuerza.
Volteé a ver a Rawson, pero por lo visto se habría tomado todas sus pastillas de anciana esa mañana, porque sueño se mantenía intacto.
Al darnos cuenta de aquello, el aula se vio envuelta en un silencio desesperante. Solo se escuchaba el eco de las voces en el pasillo.
Intercambiamos miradas entre todos, indecisos. El silencio era colectivo... Hasta que Javi lo rompió agitando el brazo, como si de un deportista que acababa de consagrarse campeón se tratara.
-¡A pasar respuesta manga de retrasados! -exclamó en un un susurro.
Enseguida, como si esto hubiera hecho click en la cabeza de todos, los demás chicos iniciaron un murmullo a la vez que asentían, mirándose entre ellos. Y de un segundo a otro, ahí estábamos... Veinticinco chicos intercambiando nuestros exámenes. El mas solicitado de todos era Alexander, el de pelo estilo hippie, sentado en el primer asiento de la fila del medio, justo delante del escritorio de (donde supuestamente tendría que estar) la profesora. Honestamente no me sorprendía que en ese momento todos se hicieron los simpáticos con él, pues, como todos sabíamos, sacaba puntaje perfecto en el noventa por ciento de las asignaturas.
Pero yo, a diferencia de los demás, no me apresuré a hacer aquello. Algo no terminaba de convencerme. Era como si una parte dentro de mi sospechara que la profe se estaba haciendo la tonta para ver si caímos en su trampa. La mayoría del curso tenia aprobada química, faltaba solo un mes para el cierre del año escolar, y además Rawson no tenía buena fama en el colegio, desde el punto de vista de los alumnos, por lo que es aun mas factible pensar que quería hacernos una especie de juego sucio irresistible como excusa para ponernos un uno, o acusarnos con el preceptor. De ambos modos terminaríamos metidos en problemas, sólo que ninguno de los chicos estaba reparando en esta posibilidad.
Si les digo la verdad, no me importaba las consecuencias por las que pudieran pasar los demás, pero si me preocupaban mis calificaciones (que no me brindaban mucha comodidad que digamos), así que si nadie mas lo hacia, yo mismo iba a comprobarlo.
Dejé mi hoja encima de mi pupitre, pisandola con la cartuchera para que la brisa que entraba por la ventana que daba a la calle no volara mi hoja. Eché un rápido vistazo a mi alrededor. Todos estaban reunidos en grupos de cinco, o seis, verificando y comparando respuestas, justificando puntos de vistas.
Los ignoré, así como ellos lo hicieron conmigo.
Estaban muy metidos en lo suyo, y yo en lo mio.
A paso pesado, casi arrastrando los pies, fui acercándome a la profesora, que seguía estirada en posición de gato exhausto a las tres de la mañana.
Sus ronquidos seguían resonando.
Mis piernas comenzaron a temblar.
Me sentía como si en cualquier momento, fuera a abrir los ojos y me pegara un grito en toda la cara. Creanme, se los digo por experiencia: es preferible ver una película del conjuro de inicio a fin con una de esas pinza abre párpados para no perderse ni un segundo del susto a comerte un reto de una profesora albina con voz de camionero.
Ya estaba llegando a la ultima hilera de asientos, a no mas de tres metros de la silla donde reposaba la profesora, cuando sentí un brusco tirón en mi brazo.
-¿Vos sos o te haces?
Santiago. Reconocí su voz pesada y amenazante de inmediato.
De por si me sentía intimidado por él, y mas todavía en una situación en la que estaba alerta hasta al sonido de la respiración de Rawson, así que, como era de esperarse, di un brinco digno de bailarina de danza clásica.
-Eh pará... No te cagués -bromeó Dylan, uno de los amigos de Santiago, al ver mi reacción.
-Yo... Yo... -traté de explicarme, peto entre la vergüenza y los nervios solo logré balbucear.
-No me digas que estabas por despertar a la profe para acusarnos de que estamos pasando respuestas.
-¡No! Claro que no -Me zafé de su agarré.
A unos pasos de mi, escuche un ruido de telas frotándose con la silla. Era Rawson, removiéndose. De seguro, a pesar de la somnolencia, debió de percatarse de mi grito.
-Callate mogólico -me ordeno Dylan, hablando fuerte, pero con la boca tan cerrada que sonó como un susurro.
Por si sus brazos tonificados y las venas gruesas en sus manos no le dieran un aspecto lo suficientemente fortachón, también se aparecieron unas lineas verdosas en su cuello y frente.
Solo faltaba el rapado, y ya teníamos un doble de Vin Diesel para la filmación de su próxima película.
-¿Qué estabas haciendo, pa? -siguió interrogandome Santiago, haciendo caso omiso a los insultos de su amigo.
Tomé un poco de aire, procuré tranquilizarme, y volví a intentarlo.
-Nada mas estaba por fijarme si la profe esta despierta, porque para mi que se esta haciendo.
Sus ojos se quedaron fijos en los mios por unos segundos. No sabia si era porque tardaba en entenderme, o si estaba buscando algún indicio de mentira, pero la cosa es que luego de una espera que me pareció eterna, termino aceptándolo.
-Ahhh...
Y lo que dijo fue acompañado por un gesto de comprensión, con los ojos y la boca bien abiertos.
-De diez -Me hizo una seña con la mano para que me acercara, y añadió:- Vos fíjate entonces, hacé de campana y si ves que se está por despertar, avisanos rápido así volvemos a sentarnos.
-Ajá -No hacía falta que me dijera lo que debía hacer. De hecho ese plan era el que yo tenía desde el instante en que me levanté de mi silla.
Me alejé de ese grupo sin darles mas importancia y di los pocos pasos que me quedaban, hasta que llegué. Mis pies tenían una especie de parkinson no descubierto.
Ahora, a menos de un metro de Rawson, noté un extraño hilo brilloso que empezaba en las comisuras de sus labios y terminaba en la punta de su mentón.
Se estaba babeando toda como si fuera mi hermanito de tres años.
Una especie de risa mal reprimida salio de mi, y tuve que taparme la boca con ambas manos para no correr riesgo de despertarla. Enseguida sentí como mis músculos se tensaban por mi esfuerzo de silenciarme, y mi rostro, a modo de decir: "no puedo" comenzó a entibiarse. De seguro debía estar en modo tomate.
Me aclaré la garganta. En otro momento -como en el caso de esta misma evaluación, pero con la docente despierta-, habría resonado por todo el curso, pero en ese momento, entre tanto barullo y respuestas compartidas en susurros apresurados, fue solo un ruido mas del montón.
Traté de hablar. Decir algo como: "¿Profe?", pero simplemente, la voz no me salió. Sentía un nudo en la garganta que me lo impedía. Era como si el miedo fuera un boy scout y hubiera hecho uno de esos nudos que no se desamarran ni por hinchar las bolas.
Al ver que no podía hablar, lo pensé un poco, y opté por hacer algo que tenia el mismo grado de eficiencia: tocarla. Juro que por un momento pensé en buscar un lápiz, una regla o algo, para no hacer contacto directo con ella. Toda la vida me había dado miedo (ya que este no era el primer año que era alumno suyo) y nunca me relacione mucho con ella.
> pensé, y antes de que ese destello de valentía se desvaneciera dentro de mi, estiré mi brazo hacia ella de manera rápida, pero suave. Tampoco quería ser tan brusco como para llegar a despertarla, en caso de que en verdad estuviera durmiendo. Si eso pasara, sería indudablemente, el mas odiado de la clase hasta el fin del año escolar, o por lo menos durante las clases de química.
La punta de mi dedo se chocó contra la tela áspera del abrigo de Rawson. Tenía esa textura algodonada que tanto odiaba. Nunca puede usar ropa de ese tipo, porque siempre que me la ponía, me daba impresión tocarla. Cosas mías, supongo, aunque imagino que no debo ser el único al que le pasa.
Inmediatamente, me alejé dando unos pasos hacia atrás. Dirigí mi mirada a su rostro, pero para mi alivio, seguía en la misma posición vergonzosa, con su rostro de c*****r con muerte pasiva. Lo bueno que la anciana tenia auto propio. No me imagino lo mal que podría pasarlo un pasajero que se sentase a su lado en el autobús.
Sonreí. Se me hizo inevitable. Lo bueno que usaba barbijo, porque sino mas de un compañero burlista se habría partido de la risa con mi expresión estúpida.
Di un giro de ciento ochenta, y recién entonces me percaté del silencio. Era como si todo el curso se hubiera paralizado, pero yo estaba tan concentrado (o asustado) con lo mio que ni me cuenta me di, hasta ese momento. La mirada de todos estaba clavada en mi. Incluso noté que algunos de los chicos que recordaba haberlos visto parados pasándose respuestas, habían vuelto a sus asientos, preparándose para el peor de los casos: un puteadón de Rawson digno para orinarse.
Negué con la cabeza, dándoles a entender que seguía igual de dormida. De nuevo, nos vimos envueltos en risas mal contenidas. Mas de uno pareció desconfiar de mi, porque se inclinaron sobre los bancos para mirar detrás de mi y comprobarlo por sus propios ojos.
-No me la contés... -soltó Javi, alargando la "e". Parecía ser el único que se animaba a hacer comentarios en medio del silencio.
-Ts -reí, con cuidado de no hacer mucho ruido.
-¿Cuanto falta para el cambio de hora? -preguntó Alba, una chica tímida, pero que por lo visto estaba planeando unirse al intercambio de respuestas. Es que no había otra razón para estar tan atento al tiempo.
-A las tres y cuarenta y cinco -respondió Javi, medio en tono dudoso.
-Treinta y cinco -corregí, separando en silabas.
-De diez... Entonces faltan veinte minutos. ¿Qué dicen si aprovechamos quince mas y cinco minutos antes del cambio la despertamos?
-Sisi, porque sino nos arriesgamos a que la profe de artes visuales llegue temprano y la vea dormida. Lo único que falta. Encima es bocona... Seguro le va a ir a acusar al preceptor y ahí terminamos jodidos todos: la profe, por quedarse dormida, y nosotros por hacernos los boludos y sacar provecho.
-Y vos Francisco, ¿no te vas a fijar las respuestas? -dijo alguien, aunque no reconocí muy bien de quien era la voz. Todos los días se aprende algo, y ese día me tocó aprender que los susurros son mas difíciles de ubicar.
-Sí, si querés te presto mi hoja así te fijas que puse yo -me ofreció Marcos, quien tenia muy buenas calificaciones. Un día la profe me dio su hoja por error, porque resulta que ambos somos de apellido Diaz, y me encontré con una nota que yo no alcanzaría ni sobornando a la profe con un pack de etiquetas de cigarrillos.
-Después de poner el lomo por todos nosotros sabiendo que te arriesgabas a que Rawson te salte en toda la cara como un zombie, es lo menos que te mereces -apoyó Juan, desde el primer asiento de la fila de la izquierda.
-Na... No lo creo -repliqué, en tono suave y con la cabeza gacha.
No es que tuviera vergüenza de hacer trampa. Eso que quede claro. Ya ni tengo memoria de cuantas veces hice machetes, o me soplaron respuestas para los exámenes. No es eso. Sino que desde hacía dos días que venia matandome con los repasos y el estudio como para que, cuando llegara el momento, tuviera que depender de alguien más. Además, Marcos era rencoroso de acá a la China, y si en algún momento llegara a tener problemas con él, lo mas seguro es que después me sacara en cara esta pequeña ayudita.
-Oh... ¡Dale! ¿Por qué? -quiso saber Aaron, quien se sentaba justo detrás mio. Sonaba decepcionado.
-Shh... No grites que la despertas a la vieja -le evadí, cambiando de tema-. Ahora ustedes ponganse a hacer lo que vayan a hacer, y yo sigo con lo mio -anuncié finalmente.
Los pocos que, llegada esta altura seguían prestandome atención, sacaron sus ojos de mi e hicieron caso sin oponerse. Tenían como diez minutos para terminar de encontrar errores. ¡Mira si se iban a preocupar porque un tontito como yo no quiere unirse al juego!
Pronto el barullo volvió al aula, lo que me dio algo de inseguridad. Volteé a ver a la profesora, y cuando comprobé que todo seguía en orden, comencé a retroceder sin sacarle los ojos de encima. Una vez que estuve como a unos dos o tres bancos de distancia de ella, tomé confianza nuevamente y volví a moverme como una persona normal, con la vista hacia el frente.
Llegué a mi silla y me senté. Mi hoja seguía intacta sobre el pupitre, tal como la había dejado. Estaba echándole un vistazo -otro más a mis respuestas, en busca de algún error, justo cuando Mati, quien se sentaba al lado mio, soltó:
-Mirá lo que voy a hacer -con una mirada pícara.
Se levantó de su asiento y caminó hacia el fondo. De inmediato pensé que alguna maldad se le habría ocurrido. Mati parecía no desperdiciar ni una oportunidad para ridiculizar a alguien. Por lo general no me molestaba, porque no lo hacía con malas intenciones, sino que con el único fin de divertir. Solo que esta vez, si lo que estaba por hacer era algo muy brusco, corríamos el riesgo de que la profe se despertara y nos comiéramos un uno general por aprovechadores.
Se detuvo a solo unos centímetros de ella. Juro que si una mínima brisa hubiera entrado por la ventana en ese momento, la tela de la remera de mi amigo habría acariciado el rostro senil y malhumorado de Rawson.
Vi que Mati se metió la mano al bolsillo de su pantalón. Instintivamente abrí los ojos, asustado. Creí que estaba buscando algún marcador, una lapicera o cualquier otra cosa que pudiera ser útil para vandalizar la piel pálida y estirada de la anciana.
-¿Qué querés inventar bol...? -estaba por reprocharle, pero me detuve aliviado al ver que nada mas sacó su celular.
Solté un suspiro. Ese pendejo era capaz de cualquier cosa.
Rápidamente, mi mirada, que hasta segundos antes destilaba nervios, ahora empezaba a achinarse y empecé a reírme al comprender cuál era su "maldad".
-¡Me parece que hoy cambiamos el logo del grupo! -anunció él, para toda la clase, forzando una voz como de vendedor de encendedores, de esos que ofrecen sus productos en la peatonal.
A continuación escuché el disparo de la cámara, y me apresuré a sacar mi móvil.
-No me digas que el desagraciado de verdad va a cambiar la foto del grupo -me dije a mi mismo, con una sonrisa que se extendía a lo largo de mi cara.
Saqué el celular rápidamente y esta vez, a diferencia de las decenas de veces que hacia esto a diario, no me preocupé en ser discreto, sosteniéndolo por debajo del pupitre: hoy (o al menos de momento) no había ninguna docente hartante que me retara por revisarlo en medio de clases.
Me metí a w******p, y el primer chat que aparecía en la lista, era "2J IPET 247". Entre, y leí: "Mati CriptoPollo cambió el icono del grupo".
En un acto reflejo toqué la esquina superior izquierda, y la vi: era una selfie en la que mi amigo aparecía mostrando la mitad de su rostro, y haciendo el signo de amor y paz. Pero él, por supuesto, no era el centro de la imagen. La protagonista de la foto, por lejos, era Rawson. No se si su expresión había cambiado desde que la tuve de frente hacía menos de un minuto, o si las cámaras tienen algún efecto que hacen aun mas cómicas las cosas, pero ahora me parecía el doble de ridícula que antes.
Me tenté... Me tenté, no me pude controlar y empecé a partirme de la risa.
De inmediato, todos se me dieron vuelta a ver como perros rabiosos.
-Ya, ya -No hacía falta que me reprocharan tanto si ellos también estaban haciendo un escandalo que me hacía dudar de si Rawson no estaría sedada, para mantenerse en un el mismo sueño profundo.
Las arrugas de diversión (esas que me hacian ver como vietnamita) alrededor de mis ojos empezaron a borrarse. Lo mismo paso con mi sonrisa, que fue perdiendo curvatura hasta volver a una posición neutra, inexpresiva. Poco a poco todas las miradas se dirigieron a otros sitios, cada uno con lo suyo, y me saqué esa sensación de los hombros, como si alguien me estuviera observando.
Bajé la mirada. Me topé con que el auto apagado del celular (que tenia configurado en quince segundos) no había tardado en actuar. Toqué el detector de huella de la parte trasera y la pantalla volvió a encenderse. Tuve que volver a pasar por el proceso de desbloqueo y cuando lo hice, entre a w******p nuevamente. Tenía que volver a ver esa imagen aunque sea una vez más, antes de que alguno de los otros chicos cambiara la imagen por el logo del colegio nuevamente.
Toque el icono del chat, y ahí estaba esa fotografía, solo que esta vez, lejos de causarme gracia, sentí un escalofrío muy intenso que me dio un tembliqueo digno de un epiléptico. Un cosquilleo se apoderó de mis muñecas y mi corazón no tardó en acelerarse, entrecortando mi respiración, mientras el horror crecía dentro de mí.