NISHA
—¿De verdad vives aquí?—, preguntó Salem con asombro, mirando por la misma ventana contra la que Flavia estaba presionando sus manos y su nariz.
—Sí—, respondió Blake con indiferencia, mientras metía el coche en el camino de entrada y lo aparcaba. —Entren ustedes. Yo cogeré sus maletas.
Flavia y Salem subieron corriendo las escaleras y se dirigieron a la puerta. Me adelanté a ellas y llamé al timbre.
Una mujer bajita y mayor, vestida con un vestido blanco y n***o, con el pelo canoso y una sonrisa amable, abrió la puerta. Como nos estaba esperando, nos dio la bienvenida.
Nos quitamos los zapatos en la puerta antes de seguir a quien supuse que era la ama de llaves por el vestíbulo.
—Soy Tyla, la ama de llaves del señor Herrera y una querida amiga del señor Carreras.
Esta casa es una locura. Todo aquí es muy moderno, desde los muebles hasta las ventanas que rodean el perímetro. Aunque la casa era preciosa y parecía acogedora, se notaba claramente que allí vivía un hombre. Tenía un aspecto muy soltero, con sus colores neutros y la falta de decoración.
—¿Quién es el señor Herrera?—, preguntó Flavia con curiosidad.
—Es el dueño de la casa, querida—. Nos acompañó al comedor. —Siéntense. Seguro que están hambrientas.
No tiene ni idea.
Sentada a la mesa, observé todos los alimentos que nos habían preparado. Jamón, puré de patatas, espinacas y panecillos. Hacía mucho tiempo que no comía un plato caliente y estaba deseando hincarle el diente.
—¿Y dónde está exactamente el señor Herrera? —preguntó Salem, mientras le servía un plato a Flavia antes de servirse ella misma.
—Está fuera por negocios, pero volverá mañana. Y esperemos que de buen humor.
—¿Qué quieres decir con eso?—, preguntó Salem. —¿Es un viejo calvo y gruñón?
—Salem —la regañé, disculpándome con Tyla por sus modales.
—No es calvo ni viejo —respondió Blake, uniéndose a nosotras en la mesa—. Pero sí que es gruñón. Blake se fijó en la mirada de preocupación de mi rostro y sonrió. —No te preocupes, no es tan malo.
Noté la expresión de preocupación en el rostro de Tyla. No parecía muy convencida con la respuesta de Blake.
—¿Sabe que nos alojamos aquí?—, pregunté, cogiendo un trozo de jamón con el tenedor y comiéndomelo lentamente.
—No, no lo sabe. Se va a enfadar muchísimo, pero se le pasará.
Blake está demasiado tranquilo para mi gusto. Supongo que sabe cómo es su jefe, por eso está tan tranquilo. Pero aun así, habría pensado que se lo diría a su jefe antes de invitarnos aquí. Aunque esta también sea su casa.
—Se está haciendo tarde. Tyla, ¿te importaría acompañarlas a sus habitaciones?
—Por supuesto—. Se levantó, hizo entrar a otra empleada doméstica para que se llevara nuestros platos a la cocina y nos acompañó por unas escaleras y por el pasillo hasta nuestras habitaciones. —Aquí es donde se alojarán ustedes dos.
Salem y Flavia abrieron la puerta y entraron en una habitación grande y espaciosa con dos camas de matrimonio. Era bastante sosa, con el tradicional color blanco del resto de la casa, pero era mucho mejor que el apartamento cutre en el que vivíamos antes.
—¡Wow!—, exclamó Flavia, saltando a la cama más cercana a la ventana. —¡Tengo mi propia cama!
Salem se sentó en el borde de su cama y acarició con la mano el suave tejido. Le sonreí porque sabía que le gustaba la cama, pero no quería decir nada. Aún no estaba totalmente preparada para confiar en Blake, lo cual era comprensible. Nosotras confiábamos en nuestros padres y ellos nos mintieron, así que no la culpo.
—Tu habitación está justo al lado, Nisha. El señor Carreras pensó que querrías estar cerca de tus hermanas.
Dejando a las chicas en su habitación, Tyla abrió la puerta y yo entré. Inmediatamente me llamó la atención la gran ventana que ofrecía una hermosa vista de la animada ciudad de Los Ángeles.
—¿Estás segura de que al señor Herrera le parecerá bien que nos quedemos aquí?—, le pregunté a Tyla, sin dejar de contemplar las luces de la ciudad.
—A decir verdad, no estoy segura. Tú y tus hermanas serán las primeras en ocupar su casa. No es muy aficionado a la gente—. Me giro para mirarla, pensando en coger a mis hermanas y quedarme en un motel. Tyla se da cuenta. —No tienes por qué irte. Puede que el señor Herrera no sea muy sociable, pero tiene un gran corazón. Y nunca haría la vista gorda ante alguien que necesitara algo.
—Espero que tengas razón.
Antes de irse, Tyla me mostró dónde estaba el baño. Y también me mostró dónde estaban ella y la otra ama de llaves por si necesitaba algo. Le di las gracias y se marchó, cerrando la puerta tras de sí.
Necesitada de una ducha, me quité el uniforme y tiré la camisa a la papelera que había junto a la puerta. Ya no la iba a necesitar. Aunque me suplicaran que volviera, nunca volvería a poner un pie en ese lugar.
Encontré una bata blanca limpia en el armario, me la puse y crucé el pasillo hacia el baño.
—Maldit4 sea—. El baño era tan grande como el dormitorio, con una ducha de cristal, una bañera de hidromasaje y dos lavamanos que ocupaban el espacioso cuarto de baño.
Cerré la puerta con llave, me quité la bata y la colgué en la parte trasera de la puerta antes de acercarme a la ducha y abrir el grifo.
Cuando estuvo lo suficientemente caliente para mi gusto, cogí una toalla del armario del baño y entré. Sumergí completamente mi cuerpo bajo el agua, suspirando de satisfacción. Probablemente olía como una perr4 mojada por el agua que me había salpicado el autobús antes.
Cogí la pastilla de jabón sin abrir, abrí la caja y enjaboné la toalla. Empecé a frotarme el cuerpo hasta que dejé de oler a perr4 mojada y, en su lugar, olía a lavanda y vainilla.
Me quedé un rato más bajo la ducha y no salí hasta una hora más tarde. No sé cuándo fue la última vez que me sentí realmente limpia. La ducha de mi apartamento siempre echaba agua fría y, a veces, dejaba de funcionar por completo. Vivir en ese apartamento era duro.
Encontré un secador de pelo e incluso un cepillo de dientes nuevo debajo del lavamanos. Después de secarme el pelo y cepillarme los dientes, me volví a poner la bata y regresé a mi dormitorio.
Me detuve cuando vi a Blake sentado en mi cama con una camiseta gris y unos calzoncillos negros cuidadosamente doblados en las manos.
—Me di cuenta de que la mayoría de las cosas que había en tus maletas eran de tus hermanas, así que pensé que quizá necesitarías algo de ropa para esta noche.
—Gracias—, le dije, cogiendo la ropa de sus manos.
Desaparecí en el armario, me vestí rápidamente con su ropa y volví a salir. La camiseta me quedaba un poco grande, por lo que me quedaba un poco holgada en los hombros y casi me llegaba a las rodillas. Los calzoncillos me quedaban sorprendentemente bien. Y eran muy cómodos.
—¿Qué?—, pregunté con una sonrisa nerviosa, al darme cuenta de que Blake me estaba mirando fijamente. La expresión de sus ojos era difícil de descifrar. Y no podía saber qué estaba pasando por su cabeza.
Se aclaró la garganta y apartó la mirada.
—Deberías dormir un poco—. Luego se levantó y se dirigió hacia la puerta.
—Espera—. Blake se detuvo, girando el torso para mirarme, con la mano en el pomo de la puerta. —Gracias—, reiteré, verdaderamente agradecida por su hospitalidad.
Él ladeó la cabeza y me sonrió.
—No hay problema, Nisha.