Jefe gruñón

1097 Palabras
NISHA —¡Que tengan un buen día en el colegio!—, grité mientras les decía adiós con la mano, y Salem y Flavia me devolvieron el saludo antes de subir al autobús. Volví a entrar en la casa, cerré la puerta y regresé a la cocina para ayudar a Tyla con los platos. —No tienes por qué hacerlo, querida. —Es lo menos que puedo hacer por todo lo que tú y Blake han hecho por mí. Ella sonrió y me quitó el plato de las manos. —Es muy amable por tu parte, pero es mi trabajo. Yo me encargo. Apartándome, le sonreí y le hice saber que estaba disponible si me necesitaba. Al entrar en el comedor, vi a Blake tomando café en la mesa. Llevaba un traje blanco y n***o, muy diferente de la camiseta blanca y los vaqueros que llevaba la noche anterior. —Buenos días, rayito de sol—, dijo, levantando la vista de su café. —Buenos días—, respondí, sentándome a la mesa. La otra empleada doméstica, cuyo nombre aún desconozco, se ofreció a servirme una taza de café y yo asentí. —Gracias—, le dije a la mujer mayor de cabello oscuro, quien me devolvió la sonrisa antes de volver a la cocina. —¿Cómo es que estás aquí y no con tu jefe si eres su guardaespaldas?—, le pregunté, tomando un sorbo de café. —Soy muy protector con él, así que a veces se molesta. —¿Pero no es ese tu trabajo? —Sí, pero a menudo es bastante terco—, respondió, bebiendo más café. —¿Entonces está solo, sin nadie que lo proteja?—, pregunté. —Eso es lo que él cree, pero tengo algunos amigos que lo vigilan. —Entonces, ¿por qué necesita un guardaespaldas?—. Me doy cuenta de que estoy haciendo demasiadas preguntas y casi me disculpo, hasta que Blake me sonríe, sin parecer molesto por la cantidad de preguntas que le estoy haciendo. De hecho, parece estar disfrutando de mi compañía. —Cuando eres el director ejecutivo de una empresa que gana miles de millones, te ganas bastantes enemigos. Mis ojos se agrandaron y casi me atraganto con el café. —¿Miles de millones? Blake se ríe y asiente con la cabeza. —Sí. Uno pensaría que me pagaría más con la cantidad de dinero que gana—, bromea. O al menos eso creo. * Pasé el día haciendo varias cosas. Tyla tuvo la amabilidad de enseñarme la casa para que supiera dónde estaba todo. E incluso me llevó de compras a petición de Blake, para que tuviera más ropa que ponerme. Estaba ayudando a Flavia con sus deberes de matemáticas en la mesa cuando una voz desconocida habló desde el vestíbulo. No pude oír lo que decía, pero no parecía contento. Me levanté de la silla y salí de puntillas al vestíbulo para poder ver más de cerca al dueño de la casa y oír lo que decían. —Cálmate, Sandro—, oí decir a Blake. —No se quedarán aquí—, gruñó la voz ronca que pertenecía a Sandro. —Pero necesitan un lugar donde quedarse—, respondió Blake. —¡Me importa una mi3rda!—, ladró Sandro, que parecía enfadarse más por segundos. Me mantuve escondida detrás de una pared mientras espiaba desde la esquina para poder ponerle cara al nombre. Jadeé suavemente. No era en absoluto lo que esperaba. Me había imaginado a un hombre de mediana edad con el pelo ralo y barriga. Pero era todo lo contrario. Era guapo. Incluso precioso. Tenía el pelo n***o y ondulado, barba de tres días y unos ojos azules como el hielo. Fruncía el ceño, lo que contrastaba con su rostro perfectamente estructurado. También llevaba un traje blanco y n***o, aunque mucho más caro que el de Blake. Tragué saliva cuando sus ojos se posaron en mí, con el corazón latiéndome a toda velocidad en el pecho por haber sido descubierta espiando. —Quiero que se vayan en una hora —gruñó, apartando la mirada de mí y alejándose en otra dirección. Cuando se hubo ido, salí de mi escondite. Blake me miró y se dio cuenta de que había estado allí escuchando todo el tiempo. —No pasa nada—, le dije. —No, no lo está. Iré a hablar con él. Me niego a perderlas de vista. —Blake...—. Se marchó antes de que pudiera terminar la frase. Al volver a la cocina, Flavia me miró con ojos tristes. —¿Tenemos que irnos? Me senté y le acaricié la cabeza con la mano. —Creo que sí. —Pero no quiero irme—, se quejó. —Me gusta estar aquí. —A mí también, pero el dueño no nos quiere aquí. Así que tenemos que buscar otro lugar donde quedarnos. —Vale—, respondió con tristeza. Lo último que quería era irme, pero no teníamos otra opción. Sandro no nos quería aquí. Así que más valía empezar a hacer las maletas y reservar una habitación en un hotel hasta que encontrara otro trabajo y, con el tiempo, ganara suficiente dinero para conseguir otro apartamento. Después de una hora, cuando ya habíamos hecho las maletas, me despedí de Tyla y me dirigí al coche para meter las maletas en el maletero. Blake nos observaba desde el porche con los brazos cruzados sobre el pecho. No le hacía mucha gracia que nos fuéramos. Se ofreció a pagar el hotel, pero lo rechacé. No quería que pensara que necesitaba que me salvara todo el tiempo. Además, ya ha hecho suficiente por mí y por mis hermanas. No debería haberlo involucrado en mi lío en primer lugar. Este es mi problema, no el suyo. —Llámame cuando lleguen al motel, ¿vale? —Vale—, le dije a Blake antes de subir al asiento trasero con mis hermanas. El conductor estaba a punto de llevarnos a nuestro destino cuando Sandro habló. —Está bien, pueden quedarse. Flavia salió del coche y corrió hacia Sandro, abrazándolo. —Gracias, señor Herrera. Él se tensó, sorprendido por la interacción. Pensé que iba a decir algo grosero, pero en cambio la miró, le puso la mano en la cabeza y sonrió. —De nada, pequeña. Mis labios se curvaron en una sonrisa. Así que Tyla tenía razón. Bajo toda la terquedad y el mal humor que ha mostrado desde que lo conocí, resulta que sí tiene corazón.
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