Abrió la puerta que daba al exterior y se dio cuenta de que tenía tanta prisa que había salido descalzo y sin camisa. Rayos, qué frío hacía. La abuela estaba en el porche, bien abrigada, con una escoba en la mano, limpiando los restos de la tormenta. —Buenos días—, dijo, como si fuera lo más natural del mundo que Teo estuviera fuera, apenas vestido. —Buenos días, abuela—, respondió él. Sabía que Vivi no querría que la abuela se enterara de lo que había pasado, así que se dio la vuelta para volver a entrar, pero ella lo detuvo, poniéndole la mano en el brazo. —Probablemente hayas salido para esto—, dijo, metiendo la mano en el bolsillo y sacando el anillo. Sin decir nada, se lo tendió. Él extendió la mano y se lo quitó, sin saber muy bien qué decir, cambiando el peso de un pie a otro p

