Capítulo 10

1609 Palabras
Silvia miraba acusadoramente el documento que había dejado a un lado mientras, con un vaso de vino en una mano miraba el sello que tenía aquellos documentos. Un persona importante se lo había enviado, eso hacia ya dos semanas antes que pasara todo lo ocurrido esas semanas. Había una nota que decía que había sido hallado en un monasterio copto en el desierto, cerca de Alejandría, y ahora se enviaba a ella por ese la hija de los científicos que llevaron la expedición. Era un manuscrito muy extraño, que presentaba muchas de las características halladas en la selva dónde se había estado investigando, El papiro que le enviaron en ese sobre, titulado El templo de la Diosa, decontenía muchas imprecisiones y, aunque, irrefutablemente, había sido escrito hacía muchos siglos. Silvia dejó a un lado la copa. Estaba escuchando una música suave, casi subliminalmente. A menudo le ayudaba a concentrarse. Dentro del sobre saco un objeto que estaba envuelto, en papel pegamino, al desenvolver lo, este debió haber sido un objeto de gran valor durante siglos antes de ser abandonado. Silvia miraba con tanta atención, era una hermosa daga con incrustaciones de rubíes, porque le habían enviado ese objeto de gran valor. — Si, es que está hermosa esa daga amiga. Murmuró Perla al lado de ella. — Verdad que es hermosa, pero no sé quién la envío. — Ese fue el sobre que dejastes a un lado hace unos días. — Si, pero no lo abrí sino hasta hoy. — Wuaooo amiga es algo curioso. — Si pero tengo que ver quién lo envío, porque ni idea y menos para entregarme este objeto tan valioso. — Las dirección es de Inglaterra, y ese sello es otra cosa. — Bueno creo que tengo a alguien conocido que me diga que es todo, esto. — Alguien conocido. — Si tal vez pueda ayudarme en todo esto. — Bueno amiga ánimo. Después que su amiga la dejo sola, le estaba costando concentrarse en las escrituras. El vino no le había ayudado mucho, y también había olvidado pasar por casa de su tío otra vez. Ese papiro era una obra larga y con meticulosamente escrita. Algunas palabras estaban borrosas, por lo que algunas frases aparecían vagas y sin sentido. Silvia recurrió a varios textos para efectuar comparaciones y se encontró forzando su mente para centrarse en el tema. Cuando, a primera hora del amanecer, Safira la gata subió de un salto Silvia la cogió en brazos y comenzó a acariciarla. — Tenía razón, mi querida amiga Perla. es bella la daga, y valdrá la pena de hacer las cosas bien. Y no lo estoy haciendo bien. Se puso en pie con ella acurrucada en sus brazos, sintiendo el ronroneante motorcito contra su pecho, y fue a sentarse en uno de los dos sillones de su salón. Quedándose dormida. Antes de que ella se marchara, le regaló unos pendientes en forma de lirios con piedras de esmeraldas. Ella aceptó el obsequio emocionada, y sintió un bello sentimiento por el capataz y la despedida del mismo. —Quise hacer todo lo posible porque te quedaras conmigo, pero el rey compró a varios esclavos... Confesó, tomándola de las manos. —Desde que nací mi vida ha sido marcada por la tragedia. Se lamentó entre lágrimas, como la última vez que tuvo que partir. —Sé que algún día conocerás a alguien especial, y todo cambiará, mi pequeña. — Algún día mi bello Alber, se que fuiste bueno conmigo. — Sabes que siento algo especial por ti, mi chiquilla preciosa. — Oh¡ Albert cuanto te voy a extrañar. — Yo a ti mi chiquita pero el destino es así para con las almas como tu. Silvia llamaba a un tal Alber, cuando su amiga la mueve del mueble y le dice. — Que te pasa Silvia, porque llamas a un tal Alber, quien es ese. Ella se levantó del sillón y se pasó las manos por la cara. — No entiendo porque dice eso. — Te escuché chillar y me acerque sé que te habías quedado dormida en el sillón con Safira. — Oh Perla gracias, por tu preocupación. — Amiga no sé pero quién es el tal Alber, lo conoces. — No creo. — O es un enamorado o admirador tuyo. — Será no lo sé. — Bueno te voy a dejar, voy saliendo. — Si está bien nos vemos entonces más tarde. — Chau... Silvia pensó en sus padres, que había muerto misericordiosamente años atrás, y con igual rapidez apartó el recuerdo de su mente. No servía para nada recordarlos; del mismo modo, hacía largo tiempo que Silvia ya no rebuscaba entre los escasos recuerdos de su infancia un fragmento de su padres, fue ese día en que entró en aquel templo. Y habían muerto antes de que llegara a sacarlos, ya que no se podía hacer, eso había sucedido en la selva. Silvia dejó sonar tres veces el teléfono antes de contestar. — ¿Cómo te va? Preguntó su tío. El siempre manifestaba interés por su último proyecto de modelaje, y que su interés fuera genuino o no, le importaba mucho era su sobrina. — Despacio tío. Dijo ella. — Bueno tío, de hecho, no va en absoluto nada bien, quiero mostrarle algo. — ¿Has comido, ya desayunaste? — No pero tengo un hambre. — ¿Quieres venir a casa?. Ella hizo una pausa con el teléfono en mano. «Dios, sería agradable relajarse en casa de su tío. Sentarse ante ese sillón mullido que tiene y olvidar durante un rato todo su pasado. pensó ella. — Me gustaría muchísimo. — Vente te espero aquí en casa entonces. — Tío el otro día me dijiste algo, me gustaría hablar de ello. Su tío rió. A veces el tenía un notable don para animar a una persona. — Bueno para luego es tarde, te espero. Sus ojos regresaron a la daga y el sobre de papel manila que contenía los documentos que había leídos. Eso era lo que realmente le estaba atormentando. Eran los tres fragmentos de un manuscrito recientemente enviados de Inglaterra y las últimas líneas todavía no ha había leído. — Tío, voy a echarme un baño, así pondré mi mente a trabajar ¿Comprendes? verdad tio. — Claro. Y escucha: si tienes un gusanillo en la barriga, aquí te espero. Ella permaneció de pie junto al teléfono después de haber colgado, sin darse cuenta de que Safira se restregaba contra sus piernas, ronroneaba, aullaba; estiraba su lustroso cuerpo contra sus piernas. — Buen Dios... Volvió a murmurar. Luego, recogió la toalla del suelo, se sentó en el borde de la bañera y colocó sus dedos en los bordes de ella misma. Durante largo rato, Silvia permaneció sentada, en silencio, inclinada sobre la bañera. Disciplinando su mente para que calmara su acelerado corazón. Pero era inútil. Aquello era más de lo que había esperado, más de lo que había soñado. Silvia había fechado sus propias palabras para la posteridad con tanta seguridad como si hubiera escrito el año en brillante tinta roja. La emoción hizo que a Silvia le diera vueltas la cabeza. Tenía que hacérselo saber de inmediato que era ese papiro con esas notas escritas. Era demasiado fantástico para creerlo. Quien en Inglaterra enviaría esos documentos, habría más notas de ese papiro... Silvia comenzó a tranquilizarse. Mientras se secaba, su pasión fue apaciguada por su formación intelectual. Primero tenía que asegurarse de que decía esas notas. Después, tendría que revisar las dos fotografías que enviaron en el sobre y asegurarse de que eran reales. Al salir de la ducha, Silvia cogió a Serafina, acercó su cara a la suya y murmuró: — Eres una gatica tranquila, que maravillosa eres. La gata ronroneaba. Ahora, mientras permanecía frente al espejo. Mientras ella hablaba en voz alta, le había sorprendido lo distinto que era en la capital y la selva. y luego se sorprendió por lo extraño que eran las cosas. — Si estuvieran aquí padres, cuánto los extraños, mi vida sin ustedes es un caos, un desorden total. Silvia se reía sola. Cuando Perla entro y al verla en el mueble le dice. — Umm y esa sonrisa. — Recordando cosas de mi vida. — Y como te sientes. — Creo que mucho mejor — Bueno amiga si quieres, puedo hacer algo por ti y para donde vas. — Voy a casa de mi tío, destinaré con el y voy a mostrarle lo que me trajeron. — Espero que no le de un infarto. — Nada de eso, además yo sé que te gusta mi tío. — Tu tío es un viejo. — Mi tío apenas tiene 45 años y es hermoso. — Yo tengo 26 años. — Si pero se te ve en los ojos. Perla le lanza un cojín. — Eres tremenda lo sabía Silvia. — Cuando no pienso en el pasado. — Bueno dela se pensar y anda a desayunar con el viejito se tu tío. — Viste lo dices porque no eres tú la que vas a desayunar con el y lo le digas viejito, te gusta. — Vete antes que le lanza los cojines . Silvia tomo sus cosas y salió a casa de su tío. dejando a Perla con su duda. Ella iba por el camino pensando es esos manuscrito y en porque una persona extraña se los enviaba desde Inglaterra, no comprendía eso, para ella era algo anormal que la había sacado de toda su vida. Ahora lo que hacía era pensar en ello, en descubrir que decían, y porque ella tenía que tenerlo no lo comprendía, si su vida era normal hasta ese momento.
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