Capítulo 24

1535 Palabras
Su tío tuvo que llamar muy fuerte para que lo oyera. Silvia lo recibió con forzado entusiasmo. Y, para su sorpresa, estaba empapado. — ¡Está lloviendo a cántaros sobrina! Dijo el. — ¿No lo sabía, tío? — No, no lo sabía, bueno aquí estoy para ti. — Bueno tío ya lo sé de todos modos, el café está recién hecho pasa y secante. Llega en el momento preciso tío. Lo ayudó a quitarse su enorme chaqueta y la colgó en una puerta abierta para que se secara. Luego se dirigió a la cocina, diciendo algo mientras lo hacía. — No te oigo, que estás escuchando. Su tío miró en dirección al estéreo. — ¡Uy! Murmuró. Ella volvió en seguida y bajó el volumen. — Lo siento tío ya bajo el volumen. — Me apuesto que tus vecinos te adoran. — Sólo tengo uno tengo uno, y rara vez está en casa. — Siéntese tío. Lo toma solo, ¿no es así sin más no recuerdo? Su tío se recostó en el lujoso sofá y puso los pies sobre la mesita. Silvia regresó con el café y unas cuantas porciones de pastel que había sacado antes de la nevera. — Espero que no te moleste que nos quedemos en casa tío. No pensaba... — Oh, sí, ya ve no salir. — No cancelaría una cita tío para venir acá. — No soy exactamente alguien que salga mucho. Tengo bastante con mis libros. —¿ Y el perro, Bruno? — Mi compañero se lo deje a la vecina para que lo cuidaras. El cogió un pedazo de pastel, casi se lo llevó a la boca se lo comió. Pareció momentáneamente asombrado, luego se echó a reír. Mientras los dos intentaban recoger todas las migas del sofá blanco y de la alfombra, Silvia dijo: — Con Bruno como compañero de habitación, tío supongo que no necesita citas. Y se hecho a reír. — ¿Qué?. Entonces se rió aún más fuerte su tio. — ¡Oh!, profesor Robert se va de viaje me dijo cuando lo llame. Una voz del pasado la dejo en trance. — ¿Por qué Dios? Llévame a mí y no a ella. Con el poco aliento que tenía, Selva le dijo. — No llores amor... — Quien te hizo esto. — ¡Oh Carlos! Dios se encargará de todo. —Qué extraña es la vida. Amor, te amo tanto. — Lo sé Carlos y ya debo de partir, pero quiero que me prometas que llevaras mi cuerpo a la selva, de dónde no debí salir. ¿Me lo prometes, amor mío? musitó entrecortadamente con su amante llorando. —Te juro que te llevare a tu tierra y me quedare ahí para siempre. Ya no me importa nada de la vida si tú no estás aquí. Selva en sus últimos suspiros de vida, pasa una mano por su mejilla. —Te amaré... por siempre, así mi cuerpo no este... mi alma seguirá amándote para toda la eternidad. Volveré a nacer y nuestro amor vivirá... Su tío lavó ruidosamente algunas tazas en la cocina y abrió un bote de café. — Oh. Dijo Silvia; y se rió un poco más, al ver a su tío lavar los platos del café. Los dos se callaron al cabo de unos pocos minutos y volvieron a escuchar la armonía de Beethoven que escuchaba Silvia cuando se sentía estresada y la lluvia contra la ventana, era un día extraño Silvia se permitió reclinar la cabeza Y relajarse, y tras un breve período de tiempo, olvidó que allí estaba su tio. Silvia llevaban consigo el olor de la muerte. Apestaban a mal y bestialidad. Cuando volvió de nuevo en un trance profundo. Sólo eres una niña buena. Eres algo perfecto, sagrado y puro. Y entre los dos polos, eres tan joven y la muerte te persigue. Tenía algo que ver con aquella mujer que un día me dijo aquellas palabras. — ¿Silvia que te pasa donde estás? — ¿Hum? ¿Eh? Levantó bruscamente la cabeza. — Disculpa tío no te escuché. — Así es. Supongo que estaba divagando. Escucha, puede empezar a decirme que te pasa cuando te atrás en trance, que es lo que ves. — No sé cuánto tiempo estoy así me da miedo tío, todo esto. Ambos se pusieron en pie. Silvia entró en el despacho a coger los manuscritos y se los mostró. Mientras lo hacía, se detuvo para descolgar el teléfono. Una costumbre inconsciente que estaba comenzando a practicar. — Dime sobrina que quiere que te diga de todo esto. — Bueno quiero saber porque esos sueños, que eran pesadillas y se convirtieron en sueños despiertos reales. — Bueno dime qué es lo que ves en esos sueños — Tío el bendito templo, adentro con una mujer que no conozco que me saco de allí. — Por favor Silvia, no te tortures, sabes que siempre has tenido esos sueños. — Pero no sueños de un hombre a mi lado que me desea, que me ama, pero que me ve morir. — Por Dios que está pasando contigo, eso son solos sueños. — Tío se que esos manuscrito tienen que ver conmigo, así sean siglos lo que se interponen entre se esa persona y yo — Papá debe de saber el es el chamán el te puede ayudar, cuando te vayas a la selva puede verlo. — Como, si el abuelo siempre está ocupado. — Sabes que el tiene que hacer sus cosas en la selva. — Si, sobre todo irse días de la aldea me acuerdo de él, cuando me dejaba sola — No te dejaba sola, te decía que debías buscar tu yo interior. — Dejándome sola en medio de la selva, con un trauma terrible al ver mis padres morir. — Si pero tu abuelo es así. — Va tío, ya deja eso en el pasado. — Ha pero tú que quieres es saber algo que tú mente guardo, la borró. — Si borré todo de mi mente, no quiero recordar cómo murieron mis padres. — Y si ellos tal vez estuvieran vivos. — Por Dios tío estás loco. — Piénsalo dime tú los vistes morir. — Los escuches... Pero la voz de esa mujer me distrajo. — A ves que estás recordando cosas que tenías dormidas. — Si tío pero no puedo creer, lo que dices, que es lo que sabes. — Yo no, tu abuelo, el puede decirte algunas cosas que tú no sabes. — Por Dios, cómo va hacer eso mi abuelo es algo serio — si es serio pero el puede ayudarte en muchas cosas. — Bueno tío, trataré de hablar con el para que me explique porque me pasa todo esto. Su tío después de hablar con ella se fue a su casa, dejando a Silvia más confundida pero ya sabía que su abuelo la podía ayudar. Entonces se quedó un rato pensativa después de lo que se enteró y tuvo una sueño vivo. — Anda distraída. La mandaré a azotar con el capataz, bruta. Por eso los indios son animales. Selva solo se levantó del suelo, y tras mirarle orgullosamente a los ojos, salió corriendo entonces el fue detrás de ella porque había visto algo extraño en ella. — Espera no corras. Pero ella no se detuvo hasta llegar a la cocina, hay fue donde el la logro alcanza y le dice. — Cuando doy una orden es para que me obedezcan. — Sera con otras personas, conmigo no. Le dijo ella con altivez y orgullo por su color. — Vaya hasta respondona la chiquilla. — No soy una chiquilla mi nombre es Selva. — Que interesante la contesta. — Pues hace rato me ha dicho bruta y animal. — Vaya vuelves a contestarme de nuevo. — Ya basta que es lo que desea. — Que me mires a la cara, levanta la mirada. Selva poco a poco fue levantado el rostro, el cual tenía inclinado así abajo por respeto a las personas como le habían enseñado. Al hacerlo El hombre le miro y le dice. — Eres lo más bello que he visto nunca. — Porque lo dice de esa manera. — Eres diferente a los esclavos, tu color, en todo, tu piel, el cabello, y esos ojos. — Soy mestiza entre blanco y indio no lo vez. — Solo veo una criatura asustada de mi. — Bueno si, por la manera como me trato. — También, hablas muy bien para ser una esclava. — Tuve la dicha de ser enseñada por monjes de un monasterio, pero ya ve como todo esclavo mi destino es este, servir a los demás. Cuando escucha la voz de su amiga Perla a los lejos. — Silvia... Silvia... Que te pasa estás soñando despierta ahora. Al escucharla vuelve en su presente y dice: — Que pasó. — Estabas como ida amiga que está pasando contigo. — Nada solo cosas mías. — Cosas mías pero extrañas, amiga ha veces me das miedo porque no sé que está pasando por tu cabeza. — Si lo sé pero, necesito pensar. Y se fue a su habitación, allí se recostó en la cama y comenzó a llorar con dolor.
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