La primera noche en prisión
La prisión de mujeres era un mundo salvaje, oscuro, mucho más cruel de lo que parecía desde fuera. El silencio de la celda se quebró en la madrugada.
Unas manos ásperas la sacudieron de su cama improvisada, arrastrándola sin piedad. Eve abrió los ojos de golpe, rodeada por un círculo de reclusas de aspecto feroz, con sonrisas torcidas y miradas cargadas de malicia.
—¿Qué están haciendo? —preguntó con voz firme, tratando de no mostrar miedo—. Déjenme o llamaré al guardia.
Las carcajadas llenaron la celda.
—¡Oh, miren a la princesita! —se burló una mujer corpulenta, con cicatrices en el rostro—. Dice que llamará al guardia.
—Sí, sí, llama al guardia, muñeca —rió otra, mostrando los dientes podridos—. Vamos, grita.
Eve frunció el ceño, retrocedió un paso y apoyó la espalda contra la pared húmeda.
—No se acerquen a mí. Si lo hacen…
La líder del grupo se inclinó sobre ella y, con un manotazo brutal, le golpeó la cara.
El golpe resonó en toda la celda. Los oídos de Eve zumbaron, su mejilla ardía como fuego. Aun así, se mantuvo en pie. Sus ojos, cristalinos por las lágrimas, brillaron con orgullo. Y de pronto, cuando nadie lo esperaba, levantó la mano y devolvió la bofetada.
El silencio cayó como un rayo. Todas se quedaron mirando, incrédulas. ¿Cómo era posible que esa mujer frágil, de rostro encantador, tuviera el coraje de devolver el golpe?
La corpulenta mujer enrojeció de rabia, sus ojos se llenaron de furia.
—¡Zorra! —rugió—. ¡Vamos chicas, denle! No importa cómo la golpeen… el señor Demian ya lo ordenó: tortúrenla cuanto quieran… siempre y cuando no la maten.
El corazón de Eve se detuvo.
—¿Qué…? —susurró con horror—. ¿Demian… ordenó esto?
La risa cruel de las reclusas confirmó lo que temía. No había guardias, no había reglas. Todo estaba controlado para que sufriera.
Su cuerpo entero se heló. Temblando, corrió hacia la reja de la puerta, golpeándola con las manos y gritando con todas sus fuerzas:
—¡Me están golpeando! ¡Ayuda! ¡Por favor, ayúdenme!
Pero no hubo respuesta. Nadie acudió. Sus gritos se estrellaban contra el eco de los pasillos vacíos.
—¿Aún crees que alguien vendrá a salvarte? —la líder tiró con violencia de su cabello, arrancando un grito de dolor de sus labios.
Eve cayó al suelo, su cuerpo golpeado una y otra vez por puños y pies.
—¡Ah! —gimió, retorciéndose, con lágrimas cayendo de sus ojos.
Nunca había sentido tanta humillación, nunca había estado tan indefensa.
Cuando por fin se cansaron, las reclusas rieron a carcajadas y regresaron a sus camas, dejándola tirada en el piso, hecha un ovillo.
Eve yacía en el suelo, con el cuerpo adolorido y cubierto de moretones. Su respiración era débil, sus lágrimas se mezclaban con el polvo y la sangre en su rostro.
“Sólo me enamoré de Demian…”, pensó con amargura. “De un hombre al que no debí amar. Y ahora pago con odio, dolor y desprecio”.
Intentó cerrar los ojos, pero los recuerdos de aquella noche fatal la atormentaban. Había explicado una y otra vez que no fue ella quien llevó a Elia a Dream. Fue Elia quien insistió, movida por la curiosidad de conocer un lugar que siempre le habían prohibido.
El coche averiado en la carretera retrasó a Elia. Esa fue la razón por la que llegó sola. Pero nadie lo creyó. Nadie.
En los ojos del mundo, Eve era una mujer lasciva y envidiosa. Y Elia, en cambio, era pura, ingenua, incapaz de poner un pie en un lugar como ese.
A menudo se repetía las palabras de Elia, como un eco que la perseguía en las noches más oscuras:
—Eve, no tengo sentimientos por Demian.
Eve lo recordaba con claridad. Si Elia hubiese amado a Demian, ella misma se habría apartado sin dudarlo. Pero Elia no lo amaba… no lo había amado nunca. ¿Entonces por qué cargar con esa condena? ¿Por qué todo el mundo insistía en verla como una mujer viciosa, envidiosa, capaz de vender a su propia amiga?
En los ojos de todos, Eve se había convertido en la villana de una tragedia. La muchacha cruel, la enemiga de la inocencia. Nadie quiso escuchar que aquella noche algo salió terriblemente mal, que los hombres que atacaron a Elia aparecieron de manera inesperada, como bestias salidas de la oscuridad. Nadie aceptó que ella jamás los buscó.
Y sin embargo, el destino le jugó en contra. Los gánsteres escaparon entre la confusión, y mientras algunos desaparecieron como sombras en la ciudad, otros se hundieron en lo profundo de las montañas y bosques, allí donde se escondían asesinos olvidados por décadas.
Eve, más que nadie, quería encontrarlos. Porque ellos eran la única prueba de su inocencia.
Pero Demian no necesitaba pruebas. Para él, su palabra era la única verdad. Y si él decía que Eve era culpable, entonces Eve merecía morir.
Hoy lo entendía: la condena más grande no provenía de un juez, sino del hombre al que había amado en silencio.
Y Demian se encargó de borrar cada huella de su vida:
Sin familia.
Sin archivos.
Sin estudios.
Sin nombre.
Eve Aston ya no existía.
Ahora sólo quedaba la prisionera número 546.
…
Esa madrugada, una reclusa la sacudió con brusquedad.
—¡Oye, despierta! Anda, levántate y limpia el retrete…
El cuerpo de Eve no reaccionó. Su rostro estaba tan pálido que la mujer retrocedió con un grito de horror.
—¡Ahhh! ¡Está muerta!
Otras prisioneras se acercaron, algunas con cautela, otras con una risa nerviosa. Una más valiente se inclinó, puso un dedo bajo su nariz y lo sostuvo varios segundos.
El silencio pesó como plomo hasta que la mujer murmuró:
—No griten… aún respira. ¡Está viva! ¡Llamen al guardia!
Eve tuvo suerte de ser rescatada esa vez. Aunque pronto comprendió que la suerte, en prisión, era una ironía cruel: significaba volver a abrir los ojos en medio de una humillación interminable, de golpes ocultos, de abusos que lentamente desgarraban no sólo el cuerpo, sino el alma.
La oscuridad y la tortura la estaban quebrando. Tres años fueron suficientes para arrancarle la inocencia, para borrar la luz de su rostro y dejarla marcada por cicatrices visibles e invisibles.
Tres años después
La pesada puerta de hierro chirrió al abrirse. El aire caliente del verano entró como una bofetada.
Una mujer salió lentamente, paso a paso, bajo el sol abrasador.
Su vestido blanco, el mismo con el que había sido encerrada tres años atrás, colgaba ahora como un saco sobre su cuerpo delgado. Llevaba en la mano una bolsa de plástico negra que contenía apenas tres dólares y una tarjeta de identificación.
El calor era insoportable: 33, quizás 34 grados. Pero su piel seca no sudaba ni una gota. Avanzaba en silencio por el camino de grava, cada paso arrastrado, cada respiración pesada.
Las cicatrices de su calvario eran evidentes. En la piel pálida aún se notaban moretones recientes. En el rostro, una marca cercana a la línea del cabello, una cicatriz de tres centímetros que llamaba la atención con crudeza.
Subió al autobús que esperaba en la carretera. Colocó con cuidado una moneda en la caja de pago.
El chofer la observó con una mueca de desagrado. Todos sabían quiénes eran esas mujeres que salían de la prisión. Para la sociedad no eran personas, eran criminales.
Eve bajó la cabeza, aferrando con fuerza la bolsa negra.
No era la misma mujer que había entrado tres años atrás. La cárcel no sólo le había quitado la libertad. Le había arrancado el nombre, el futuro y los sueños.
Ahora, bajo el abrasador sol del verano, sólo quedaba un cuerpo frágil que caminaba… con un corazón lleno de
cenizas.