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El Mafioso quiere un bebé

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Descripción

Dos mundos. Un contrato. Una sola sangre.

​En las sombras de una Moscú helada y despiadada, Dominic Ferrante gobierna con mano de hierro. A sus treinta años, el Pakhan de la Bratva lo tiene todo: poder, dinero y el temor de sus enemigos. Pero el trono de la mafia rusa tiene una exigencia que el dinero no puede comprar y que su código de honor no le permite delegar: un heredero. Dominic es un hombre de estándares imposibles, un depredador que ha rechazado a cientos de mujeres porque ninguna es digna de llevar su linaje... hasta que un choque accidental en una clínica privada pone en su camino a la mujer perfecta.

​Aria Valli es todo lo que Dominic no es dulce, amable y desesperadamente honesta. Una enfermera americana que llegó a Rusia huyendo de las deudas y buscando salvar a sus padres de la ruina. Ella no sabe quién es el hombre de los ojos grises y tatuajes ocultos bajo trajes de miles de dólares; solo sabe que su presencia la aterra tanto como la fascina

​Cuando la desesperación económica choca con la obsesión de un hombre que no acepta un "no" por respuesta, se sella un pacto oscuro. Aria aceptará llevar en su vientre al hijo del mafioso a cambio de la libertad financiera de su familia. Pero en el mundo de los Ferrante, nada es tan simple como un contrato.

​Aria está a punto de descubrir que, una vez que permites que la mafia entre en tu cuerpo, nunca podrás sacarla de tu vida. Y Dominic está por aprender que, aunque puede comprar un heredero, el corazón de la mujer que lo carga tiene un precio que él no está seguro de poder pagar.

​¿Estás lista para entregar tu libertad a cambio de una vida?

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Capitulo 01
Dominic Ferrante El silencio en los pasillos de mi mansión nunca era sinónimo de paz; era el preludio de una tormenta. Caminé con paso firme, sintiendo el peso de mi abrigo sobre los hombros y la ligera presión del reloj de oro en mi muñeca derecha, ocultando la tinta que nacía en mi mano y se perdía bajo la camisa de seda. Cada paso resonaba contra el mármol, un eco de mi propia autoridad, hasta que la figura de Lev, mi mano derecha y hombre de mayor confianza, interceptó mi camino. Su rostro estaba más rígido de lo habitual. —Señor —dijo, inclinando levemente la cabeza—, el consejo lo espera en su despacho. No parecen estar de humor para cortesías. Sentí una punzada de irritación en la base del cráneo. El consejo. Esos ancianos que se aferraban a las tradiciones como si fueran oxígeno, olvidando que fui yo quien consolidó el poder de la Bratva en estos últimos siete años. —¿Cuánto tiempo llevan ahí? —pregunté, mi voz saliendo como un rugido contenido. —Quince minutos. Han exigido hablar con usted de inmediato. No respondí. Empujé las pesadas puertas dobles de roble de mi despacho. El olor a tabaco viejo y a cuero llenaba la habitación. Cuatro hombres, cuyas edades sumadas superaban los tres siglos, estaban sentados frente a mi escritorio. Al entrar, ni siquiera me molesté en saludarlos. Rodeé el mueble de caoba y me desplomé en mi silla de piel, cruzando los brazos sobre el pecho. Los miré con mis ojos grises, desafiándolos a romper el silencio. —Dominic —comenzó Viktor, el más antiguo de ellos, con una voz rasposa que me irritaba profundamente—. Han pasado cuatro años. Cuatro años desde que nos aseguraste que te encargarías de darle un heredero a esta organización. Cuatro años de promesas vacías. Sentí cómo la mandíbula se me tensaba. La furia comenzó a burbujear en mi estómago, caliente y amarga. Odiaba que me dijeran qué hacer. Odiaba que cuestionaran mi gestión basándose en lo que pasaba en mi cama. —He cumplido con cada expansión, he triplicado los ingresos y he enterrado a cada enemigo que ha osado mirar hacia Moscú —respondí, mi tono gélido—. Mi vida privada no es de su incumbencia. —Lo es cuando el futuro de la Bratva depende de tu sangre —espetó otro de los ancianos, golpeando la mesa con el bastón—. Un Pakhan sin hijo es un trono débil. La organización te presiona, Dominic. El linaje debe continuar. Me incliné hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio. La luz de la tarde resaltaba la blancura de mi piel y la frialdad de mi mirada. —He estado en ello —mentí parcialmente, aunque la verdad era más selectiva—. Pero entiendan algo no voy a poner mi semilla en cualquier mujer. Me he acostado con muchas, sí, pero ninguna ha sido digna. Ninguna tiene la casta, la fuerza o la pureza necesaria para llevar a mi primogénito en su vientre. No voy a engendrar a un heredero débil con una mujer insignificante. Viktor se levantó lentamente, apoyándose en la mesa. Sus ojos nublados por la edad se clavaron en los míos con una advertencia letal. —Este es el año, Dominic. No es una sugerencia, es un mandato de la organización. Antes de que el invierno vuelva a cubrir estas tierras, queremos saber que hay un Ferrante creciendo. Si no puedes elegir una, la Bratva elegirá por ti. Dicho esto, sin esperar mi respuesta, los cuatro hombres se levantaron al unísono y abandonaron el despacho. Me quedé solo, con el pulso acelerado y los puños tan apretados que mis nudillos estaban blancos. La frustración era un veneno. Sabía que tenían razón sobre el deber, pero el pensamiento de ser forzado a algo tan íntimo y vital me revolvía las entrañas. —¡Lev! —llamé a gritos. Mi mano derecha entró al segundo.—Prepara el auto. Voy a la clínica privada. Es momento de hacerme esos malditos exámenes. Si voy a buscar a la mujer "perfecta", primero debo asegurarme de que todo esté en orden de mi lado. Salí de la mansión quemando energía. Conducir yo mismo era la única forma de calmar la rabia. Tomé uno de los autos deportivos negros de mi colección y manejé directamente hacia la clínica de élite en el centro de la ciudad. El motor rugía, igual que mis pensamientos. Al llegar, estacioné de cualquier manera y bajé del auto. Entré a la clínica con la mente a mil por hora, repasando las caras de las mujeres que conocía y descartándolas una a una. Estaba tan sumido en mi propio infierno interno que no vi lo que tenía delante. El impacto fue seco. Alguien chocó contra mi pecho con fuerza suficiente para hacerme retroceder un paso. —¡Maldita sea! ¿Es que no puedes...? —las palabras murieron en mi garganta. Bajé la mirada, listo para descargar mi furia contra quien fuera, pero lo que vi me dejó mudo. En el suelo, una chica estaba de rodillas, apresurándose a recoger inyecciones y suministros médicos que se habían desparramado por el linóleo brillante. Era... indescriptible. Tenía una cabellera negra como el ala de un cuervo que caía en ondas pesadas, casi llegando a su cintura. Su piel era tan blanca que parecía emitir su propia luz, y a pesar de llevar el traje de enfermera, era evidente que poseía un cuerpo voluptuoso; una cintura pequeña que contrastaba con curvas naturales y generosas. —¿No puede ver hacia dónde va? —preguntó ella, levantando la mirada molesta. Me quedé helado. Sus ojos eran de un azul claro tan cristalino que por un momento olvidé cómo respirar pero lo que más me impactó fue la calidez que emanaba de ellos, incluso en medio de su irritación. Tenía una mirada dulce, una belleza natural que no parecía tocada por bisturí ni por la malicia del mundo en el que yo vivía.—Lo siento... —balbuceó ella de nuevo, esta vez con un ruso atropellado, con un acento extranjero que reconocí al instante. Americana Su voz era suave, melodiosa, a pesar de lo mal que pronunciaba algunas palabras. Me di cuenta de que jamás la había visto. En una ciudad como esta, y más en mi posición, si una mujer de este calibre hubiera cruzado mi camino antes, la recordaría hasta en mis sueños. Sin pensarlo, me incliné. Yo, Dominic Ferrante, el hombre ante el cual todos se arrodillaban, me puse en cuclillas para ayudarla a recoger las jeringas. —Perdóneme —dije, mi voz saliendo más profunda de lo normal—. La culpa ha sido mía. Estaba distraído. Ella me miró sorprendida. Su expresión molesta se suavizó al instante al notar que la estaba ayudando. Vi cómo sus mejillas se teñían de un rosa suave, un sonrojo tan genuino que me resultó fascinante. Sus manos rozaron las mías por un segundo al tomar una de las cajas de suministros, y sentí una chispa eléctrica que me recorrió el brazo tatuado hasta el pecho. Se puso nerviosa. Sus ojos azules evitaron los míos mientras se levantaba rápidamente. —Gracias... y lo siento de nuevo —dijo en voz baja, ajustándose el uniforme que remarcaba su figura perfecta. Se dio la vuelta y se alejó por el pasillo. La observé irse, hipnotizado por el movimiento de sus caderas y la longitud de su cabello oscuro. Estaba de espaldas, pero su presencia llenaba todo el corredor. Lev se acercó a mi lado, sacándome de mi estupor. —¿Señor? ¿Está bien? Nunca lo había visto disculparse con nadie. —Averigua quién es ella, Lev —ordené, mi voz volviendo a ser la del Pakhan, pero con un matiz de urgencia—. Ahora mismo. —Sí, señor. El doctor lo espera en el consultorio tres. Caminé hacia la cita, pero mi mente ya no estaba en los exámenes. Entré al consultorio y el doctor me recibió con la deferencia habitual. Me explicó los procedimientos, me tomó las muestras necesarias y, tras revisar unos análisis preliminares de rutina, se sentó frente a mí. —Señor Ferrante, sus niveles de testosterona y vitalidad son envidiables. Está en condiciones excelentes para concebir. Sin embargo, como siempre digo, la mitad del éxito depende de la madre. Ella debe someterse a un chequeo igual de riguroso para asegurar que el feto se desarrolle sin complicaciones. —Lo sé —respondí, pero en mi mente no aparecía una candidata anónima. Aparecía la imagen de la enfermera de ojos azules. Salí del consultorio diez minutos después. Lev me esperaba junto al auto, sosteniendo una tableta. Su eficiencia era la razón por la que seguía vivo. —Dime —exigí, abriendo la puerta del conductor. —Se llama Aria Valli. Veinticuatro años. Es americana, de una pequeña ciudad en Pensilvania. Se mudó a Rusia hace apenas seis meses y esta es su primera semana en esta clínica. Subí al auto y Lev se sentó en el asiento del copiloto, continuando con el informe mientras yo encendía el motor. —¿Familia? ¿Hijos? —Soltera, sin hijos. Su historial médico es... impecable, señor. Nunca ha estado enferma de gravedad, no fuma, no bebe en exceso. Es, literalmente, el cuadro de la salud. Hice una pausa, mirando a través del parabrisas.—Hay algo más —continuó Lev—. Tiene una deuda estudiantil enorme en Estados Unidos. Sus padres tienen la casa hipotecada y están a punto de perderlo todo. El informe confirma que envió el setenta por ciento de su primer sueldo a casa. Vive en un apartamento casi en ruinas en la periferia. Come lo mínimo. Básicamente, vive como una pordiosera para salvar a su familia. Una sonrisa lenta y predadora se dibujó en mis labios. La desesperación era la herramienta de negociación más poderosa del mundo. —Es ella, Lev —dije, sintiendo una certeza absoluta que me golpeaba el pecho—. No solo es hermosa; es sana, es joven, es fértil y está desesperada. Es la mujer que llevará a mi hijo. Mi organización quiere un heredero, y yo acabo de encontrar a la única mujer que considero digna de mi sangre. Imaginé por un segundo a un niño con mi cabello castaño y sus ojos azul claro. Un niño con mi fuerza y la calidez que vi en ella. Sería un heredero perfecto. Sería un rey. —Consígueme su dirección exacta —ordené, poniendo el auto en marcha—. Esta noche le haremos una pequeña visita a la enfermera Valli. Quiero ver dónde duerme la futura madre de mi hijo antes de cambiarle la vida para siempre. Manejé de regreso a la mansión con una sensación que no había sentido en años anticipación. Aria Valli no sabía nada de la mafia, ni de la Bratva, ni de mí. Pero esta noche, entendería que su destino ya no le pertenecía.

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