Aria Valli El trayecto de regreso en el coche blindado fue una tortura de silencio y nieve. Las luces de Moscú pasaban veloces tras el cristal, convirtiéndose en borrones amarillos que no lograban iluminar el pozo de oscuridad en el que me había hundido. Mi mandíbula estaba tan apretada que sentía un dolor punzante en las sienes. A mi lado, Dominic emanaba ese calor familiar, esa presencia de animal dominante que solía hacerme sentir segura, pero esta noche, su cercanía me quemaba de una forma distinta. Me quemaba con el fuego de los celos. Él no dijo nada durante los primeros diez minutos. Solo colocó su mano grande y pesada sobre mi pierna, sus dedos hundiéndose levemente en la seda roja de mi vestido. Ese gesto, que normalmente era una caricia de posesión que yo aceptaba con sumisió

