Aria Valli El despertador no tuvo que sonar. Mis ojos se abrieron a las cinco de la mañana, puntuales, sintonizados con un ritmo biológico que mi cuerpo no había olvidado a pesar de los meses de seda, desayunos tardíos y vigilancias asfixiantes. La habitación estaba sumida en una penumbra azulada, esa hora incierta donde el mundo de las sombras todavía no ha cedido paso a la luz. A mi lado, el peso de Dominic era una constante física, una montaña de calor y respiración acompasada que normalmente me habría incitado a acurrucarme contra su espalda. Pero hoy no. Hoy, ese calor se sentía como una marca, y su respiración como el metrónomo de mi cautiverio. Me deslicé fuera de las sábanas con la agilidad de una sombra. No miré atrás. Sabía que si lo hacía, si veía su rostro relajado por el s

