Aria Valli Me desperté antes de que el primer rayo de sol se atreviera a cruzar las cortinas de terciopelo. La habitación estaba sumida en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el eco lejano de mis propios latidos, que martilleaban contra mis costillas con una cadencia de pánico y revelación. Durante unos segundos, mantuve los ojos cerrados, intentando convencerme de que la noche anterior había sido un sueño febril, una alucinación provocada por el aislamiento y la tensión acumulada. Pero el dolor sordo en mi pelvis y la rigidez de mis músculos me recordaron, con una crueldad física ineludible, que cada gemido, cada estocada y cada roce habían sido reales. Me incorporé lentamente, ahogando un pequeño quejido cuando las sábanas de seda rozaron mi piel hipersensible. Al girarme,

