Aria Valli El aire en la habitación parecía haberse agotado de repente. Sus palabras seguían vibrando en el espacio, rebotando contra las paredes de mármol y los techos artesonados, recordándome que el hombre que tenía frente a mí no era alguien que soltara promesas al viento. Cuando Dominic Ferrante hablaba, el destino se sellaba. —Quédate con nosotros, Aria —había dicho. Lo miré fijamente, tratando de encontrar el rastro de una mentira, de una manipulación o de una estrategia de negocios. Pero no había nada de eso. Sus ojos grises estaban fijos en los míos con una intensidad que me quemaba. Con un movimiento lento y seguro, me tomó por la cintura y me colocó encima de él. Me sentó a horcajadas sobre sus muslos, de frente, obligándome a sostenerle la mirada mientras mi piel desnud

